En la actualidad, el concepto de «poner límites» es recurrente tanto en charlas cotidianas como en redes sociales y sesiones terapéuticas. Se asocia con el bienestar emocional, el autocuidado y la necesidad de resguardarse de vínculos que desgastan. No obstante, pese a su uso constante, su verdadero significado no siempre es comprendido.
Muchas personas experimentan frustración al intentar distanciarse de alguien y notar que sus pedidos no son acatados. Esto sucede en relaciones de pareja, amistades, ámbitos familiares y hasta laborales. Se solicita espacio, se exige respeto o se dice «no», pero el otro insiste, vuelve o persiste en su actitud. Entonces surge la sensación de impotencia.
Esa confusión en torno al término es justo lo que aborda el psicólogo Ángel Macías en una de sus publicaciones en redes sociales (@angelmaciaspsicologia en TikTok). El especialista opina que, con frecuencia, lo que se percibe como límites en realidad no lo son. «El motivo principal por el que las personas de tu alrededor siempre se saltan tus límites es porque lo que estás poniendo realmente no son límites, son otra cosa», asegura.

La clave está en distinguir regla de límite
Para Macías, el inconveniente surge desde la propia interpretación del vocablo. «Los límites, por definición, no se pueden saltar. Su propia palabra lo indica: hay un límite, más para allá no se puede ir». A su juicio, el término se emplea de forma equivocada porque muchas veces se mezcla con intentos de controlar la conducta ajena.
Pone como ejemplo: «Te pongo el ejemplo del típico ex que siempre vuelve. ‘Mira que le he dicho veces que no venga, mira que le he dicho veces que me dé espacio, mira que le he dicho que no me llame más, que no me escriba más y que no se presente más en mi casa. Pues vuelve, pues vuelve. Yo se lo he dejado claro, pero vuelve. Le estoy poniendo los límites y se lo salta'», ilustra Macías.
Según el psicólogo, en situaciones así, muchos creen estar estableciendo límites cuando en realidad formulan reglas que dependen de que el otro decida obedecerlas. «Es que eso no es un límite. Cuando tú lo que quieres hacer al poner el límite es controlar la conducta de los demás, cosa que realmente no se puede, lo que estás haciendo es ponerle una regla«.
La diferencia es clave porque las reglas pueden ignorarse. «Y claro, la otra persona es como dibujarle una línea en el suelo. Se la puede saltar como quiera». Desde esta óptica, la frustración aparece porque el bienestar propio queda sujeto a la decisión del otro.
Macías plantea que un límite auténtico no busca modificar el comportamiento ajeno, sino decidir qué hará uno mismo para protegerse. «Cuando ponemos los límites a una persona, lo que realmente estamos controlando es nuestra conducta. El límite es lo que voy a hacer yo para que tú no tengas acceso a poder contactar conmigo».
El psicólogo enumera medidas concretas que sí califican como límite real: «Te voy a bloquear, voy a eliminarte de redes. Si hace falta, tendré que hacer algo mucho más serio. Con ello impido que tengas acceso a mí». Así, «una regla habla del de enfrente y se la pueden saltar, y un límite habla de mi conducta«, concluye el experto.
Fuente: Infobae