El espectáculo comienza cuando el Mago Italo presenta a un pequeño conejo llamado “El Vampironejo”, una criatura de aspecto inofensivo. La atmósfera cambia de inmediato cuando el mago advierte que este conejo puede morder, que ya lo hizo con un niño y que, si repite la acción, alguien podría convertirse en vampiro. 
Los pequeños espectadores ya intuyen el desenlace y lo esperan con euforia. El conejito muerde al mago debido a un descuido, y los niños estallan en gritos. El mago intenta calmarlos asegurando que no hay problema… excepto que le empiezan a crecer orejas de conejo y colmillos. Cuando se dispone a guardarlo en su caja mágica, ya comienza a saltar como un conejo.
Los niños le advierten con pasión sobre su transformación, y él regresa con orejas rosadas. Los gritos se intensifican. Él vuelve a tranquilizarlos: no ocurre nada grave. Salvo que los colmillos aparecen. Entonces, los niños gritan, corren, se tropiezan, retroceden, se cubren el rostro y, al mismo tiempo, ríen con frenesí.
Esta escena resulta hipnótica porque nos transporta directamente a nuestra propia infancia, cuando deseábamos sentir esa mezcla de miedo y fascinación a la vez. No es casualidad que el muñeco lleve ese nombre que condensa significados opuestos.
Escapar del hombre de la bolsa, huir del fantasma debajo de la cama, cubrirse para que la sombra del techo no nos devore. Estos y otros terrores infantiles son parte de la formación de la personalidad. Los niños no solo temen al monstruo; muchas veces necesitan jugar con él.
El miedo es un componente del desarrollo infantil desde edades tempranas y evoluciona con el crecimiento. Hacia los nueve meses aparece el miedo a los extraños; después surgen el miedo a la separación, a la oscuridad, a la soledad, a los monstruos y fantasmas. 
Entre los cuatro y cinco años, cuando la imaginación infantil se expande con fuerza, las criaturas aterradoras aparecen más en juegos, dibujos, pesadillas y relatos. Más adelante, esos temores imaginarios se desplazan hacia preocupaciones reales: el rechazo, el fracaso escolar, la muerte o la pérdida.
El miedo no es algo ajeno a la infancia, sino parte constitutiva de cómo el psiquismo intenta dar forma a lo que aún no puede comprender del todo. Muchas veces los niños no solo evitan lo que les asusta: también buscan acercarse, jugarlo y dominarlo simbólicamente.
En los últimos años han surgido discursos que, con la intención de proteger, ven el miedo nimio únicamente como una experiencia negativa de la que habría que resguardar a los niños por completo.
Sin embargo, diversas investigaciones actuales han empezado a mostrar lo que Freud y otros pioneros del psicoanálisis infantil observaron hace más de cien años y que sigue viéndose en la práctica clínica.
Un estudio reciente publicado en Child Psychiatry & Human Development, con 1.600 familias y niños de entre 1 y 17 años, exploró las experiencias de “miedo recreativo”: juegos, historias, personajes o actividades que generan miedo y placer simultáneamente. 
Los investigadores hallaron que muchos niños disfrutan persecuciones lúdicas, monstruos, personajes siniestros, películas de terror suaves o atracciones embrujadas, siempre que el miedo se mantenga dentro de un límite tolerable.
El hallazgo más relevante es que el disfrute surge en una especie de zona intermedia: cuando el niño puede asustarse sin sentirse destruido por la experiencia y tiene la posibilidad de regresar a un puerto seguro.
Nada en la escena del Vampironejo parece improvisado. El mago regula los tiempos, anticipa reacciones, reduce la tensión cuando los niños se desbordan y la aumenta lentamente. El miedo funciona porque alguien sostiene y conduce la escena. Los niños quieren que aparezca el Vampironejo —negro, con orejitas rosas y colmillos— porque no buscan un terror real. Lo que desean es acercarse al miedo y volver de él intactos.
Freud observó que los niños repiten en el juego experiencias intensas o angustiosas no porque disfruten sufrir, sino porque jugar les permite transformar la pasividad en acción. El niño que teme intenta dominar lo que lo angustia: anticiparlo, exagerarlo, darle forma y sobrevivir a ello.
La infancia nunca estuvo separada del terror. Los cuentos clásicos ya estaban llenos de bosques aterradores, brujas, lobos y niños abandonados. 
Freud llamó “lo ominoso” a esa experiencia donde lo familiar se vuelve extraño e inquietante. La potencia del terror radica en que, de lo esperable, surja lo aterrador.
El monstruo infantil no es solo una amenaza; también es una herramienta simbólica para acercarse a lo desconocido y jugar con ello.
Es importante señalar una diferencia decisiva que suele perderse en los debates actuales: no todo miedo infantil pertenece al mismo registro. El historiador Lloyd deMause describió cómo durante siglos muchas prácticas de crianza usaron máscaras, figuras monstruosas y amenazas para disciplinar niños.
Su obra, influyente para pensar la violencia hacia las infancias, muestra hasta qué punto el terror se usó históricamente como forma de sometimiento y obediencia. Estas prácticas siguen vigentes y se ven en videos de redes sociales. 
Aparecen como algo gracioso para los adultos: asustar a un bebé o un niño pequeño, lo que tiene consecuencias nefastas para la confianza en el mundo. No es igual asustar a un niño para humillarlo o disciplinarlo que participar con él en una escena lúdica donde el miedo puede tramitarse simbólicamente. En un caso, el niño queda atrapado en el terror. En el otro, puede entrar y salir de la escena, reír, anticipar lo que viene y comprobar que sobrevive a lo monstruoso.
En el miedo traumático no hay control posible, ni protección suficiente, ni regulación emocional. El terror invade y desborda la homeostasis del aparato psíquico. En cambio, el miedo recreativo funciona porque existe un encuadre protector. El niño sabe que el juego lo sostiene y protege: hay un pacto.
Existe una corriente reciente que ha intentado eliminar de la infancia toda experiencia de incertidumbre, miedo o sobresalto cotidianos. No se trata aquí de escenas graves ni vulneraciones reales, sino de ciertos desconsuelos, frustraciones, pérdidas o tensiones propias del crecimiento, que muchas veces se intentan maquillar o evitar por completo bajo la idea falsa de que cualquier malestar dañará inevitablemente a los niños.
Sin embargo, ocurre lo contrario. Los niños necesitan atravesar experiencias emocionales propias de la vida para construir recursos psíquicos frente a lo que encontrarán más adelante: frustraciones, decepciones, ansiedad, miedo, espera, pérdida. No para “endurecerlos”, sino para que esas emociones puedan tramitarse dentro de vínculos protectores y experiencias simbólicas donde no queden solos frente al desborde. 
Mientras parte del mundo adulto intenta eliminar pequeños sobresaltos cotidianos, esas mismas infancias se enfrentan en las pantallas a formas de violencia mucho más brutales y desreguladas: escenas explícitas en redes sociales, consumos digitales extremos, discursos violentos permanentes, humillaciones públicas convertidas en entretenimiento y plataformas donde el horror aparece sin mediación ni presencia adulta que ayude a elaborar lo que se mira.
Aquí surge una de las grandes paradojas de nuestra época: en medio del mayor despliegue discursivo sobre protección infantil, muchos niños terminan profundamente solos donde más necesitan acompañamiento, y excesivamente protegidos donde el psiquismo necesita experimentar, jugar, frustrarse y construir recursos para habitar el mundo.
La infancia nunca existió sin monstruos. Los monstruos habitan los cuentos clásicos, las leyendas, los dibujos animados, las fantasías y las pesadillas infantiles desde hace siglos. El problema nunca fue su existencia, sino la posibilidad de atravesarlos acompañado por otros. No es lo mismo un miedo que puede jugarse, exagerarse, compartirse y simbolizarse que un horror que irrumpe sin posibilidad de metabolizarse.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
Fuente: Infobae