La habilidad de la cultura para derribar muros ideológicos, estéticos o religiosos quedó demostrada una vez más con la visita a Buenos Aires del premio Nobel chino Mo Yan. Este viaje permitió conocer de cerca a un hombre íntegro, sencillo y austero, cuya personalidad refleja fielmente lo que plasma en sus obras literarias.
Durante las gestiones previas a su arribo —llegó directamente desde Beijing con una escala de dos días en Madrid—, el escritor solicitó no hospedarse en un lujoso hotel cinco estrellas, como se había planeado inicialmente. Prefirió un alojamiento más modesto para estar cerca de sus pocos acompañantes, quienes viajaron junto a él en clase turista cubriendo una distancia de casi 20.000 kilómetros. Ni su pasaje ni el de su esposa fueron costeados por los organizadores, y tampoco pidió honorarios por sus charlas.
A la mañana siguiente de su llegada, lo llevaron a caminar por el barrio de Recoleta. De manera intencionada, lo invitaron a ingresar al bar La Biela, donde se sorprendió gratamente al ver las figuras de Borges y Bioy charlando en una mesa, recreando una escena que ocurrió en la realidad en más de una ocasión. Sin dudarlo, posó sus manos sobre las de Borges, pidió que lo fotografiaran y luego confesó: “Sentí en mis manos el calor de las suyas”. Después de recorrer el cementerio de la Recoleta, acompañado por sus directivos, observó las bóvedas de Bioy, donde descansan sus restos, así como las de la familia Borges, Evita y Sarmiento. En el frío otoño porteño, continuaron hasta el Museo Nacional de Bellas Artes. Andrés Duprat, su director, los esperaba en la entrada y durante una hora ofició como un anfitrión distinguido, con una brillante capacidad de síntesis que hizo sentir muy cómodo al visitante. Cuando Duprat mencionó que había sido guionista de la película Ciudadano Ilustre, Mo Yan lo miró con sus ojos rasgados y dijo: “vi esa película”, mientras su esposa, a su lado, susurró: “yo también”.

Al final de esa intensa mañana, lo acompañaron al Teatro Colón. Allí, la ministra de Cultura de la Ciudad, Gabriela Ricardes, le ofreció un solo de piano a cargo del excelso pianista Juan Roleri, quien interpretó obras de Piazzolla que fueron del placer del escritor Nobel. En esa ocasión, fue designado “huésped de honor de la ciudad”, junto al otro galardonado por la Academia Sueca que también visitaba Buenos Aires, el sudafricano John Maxwell Coetzee, quien no pudo asistir al evento debido a una indisposición pasajera.
Esa noche, lo invitaron a una cena familiar en casa de quien escribe estas líneas. Allí, junto a sus hijos, agasajaron al autor de Sorgo Rojo y le mostraron piezas importantes de la Colección Borges. A la velada se sumaron el embajador de la República Popular de China, Wang Wei, y el destacado editor y expresidente de la Fundación El Libro, Ariel Granica.

El sábado por la tarde, ofreció una conferencia de prensa en la Feria del Libro. Ante la pregunta de si podía haber alguna cuestión indiscreta que lo incomodara, respondió con una sonrisa y, quizá sin saberlo, parafraseó a Oscar Wilde: “indiscretas no son las preguntas, en todo caso lo son las respuestas”. El paseo por la Feria fue a paso lento; el predio hervía de visitantes, muchos lo reconocieron y él se detuvo a tomarse fotos con todos los que se lo pidieron. Lejos estaba de sentirse una estrella. Recorrió el stand de China, luego el de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y más tarde el de la Editorial Planeta, único lugar donde se podía conseguir un libro de su autoría: la novela breve Cambios, quizás su texto más personal.
Al llegar a la Sala José Hernández en el pabellón Rojo, una multitud que lo esperaba para escucharlo lo aplaudió con entusiasmo. Allí, junto a Ezequiel Martínez, director general de la Feria, dejó frases ingeniosas: “El premio Nobel no es una meta, para mí representa un comienzo”. También explicó los momentos previos a la llamada de la Academia Sueca que le anunció el máximo galardón literario. Le preguntaron si aceptaba y respondió afirmativamente de inmediato, en una escena que recordó a un cónclave vaticano.
Ese día concluyó con una comida en la sede José Hernández de la casi centenaria SADE, donde, rodeado de un nutrido grupo de escritores, se le concedió el Gran Premio de Honor. Cuando le comentaron que el primero en obtenerlo había sido Borges, respondió con una sonrisa pícara de aceptación y regocijo.
Su curiosidad por conocer la ciudad no se detuvo ni un instante. Así recorrió los barrios de La Boca y Puerto Madero, asistió a un estupendo espectáculo de tango del que salió maravillado por el movimiento de las piernas de los bailarines, y disfrutó de su visita a la librería El Ateneo Grand Splendid. Lo que se alcanzaba a ver en sus ojos transmitía felicidad.

En su último día completo en Argentina, ofreció una charla en el coqueto auditorio del Museo de Arte Latinoamericano (MALBA), a sala llena. Previamente, de la mano de la eficaz anfitriona Soledad Costantini, pudo degustar con su mirada expresiones plásticas de los más importantes exponentes del arte de la región.
Habló de la importancia que tuvieron en su camino literario las lecturas de Borges y Cortázar, así como los escritores del Boom. Con gran humildad, destacó la labor de dos escritores chinos, Suonancairang y Yang Zhihan, que integraron su comitiva, y sugirió que le hubiera gustado escucharlos a ellos más tiempo que a sí mismo. Un párrafo aparte merece la labor del profesor Sun Xintang, quien, siempre solícito, realizó una espléndida tarea como traductor, acortando la distancia del idioma. El profesor Sun es un extraordinario lector de la obra de Mo Yan y, además, su amigo.
Después de 5 días intensos, Mo Yan se despidió con palabras de agradecimiento. El tiempo dirá si su estadía en Buenos Aires fue verdaderamente placentera o si cumplió con un protocolo de buen visitante. Sin embargo, quien escribe tuvo la sensación de que, al partir, sin entender una sola palabra de su chino mandarín, dijo: “hasta pronto”.
Fuente: Infobae