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La coctelería se transforma con experiencias fugaces y sonido premium para seducir al público joven

El vínculo entre la noche y el alcohol está cambiando drásticamente. Según un estudio de Mazinn y Ansón+Bonet sobre el consumo en la generación Z, el 38,7% de los jóvenes asegura que no necesita el alcohol para divertirse. Ya no se bebe por costumbre o cantidad; cuando se decide hacerlo, se prioriza una experiencia de calidad. De hecho, un 20% prefiere degustar una sola bebida premium antes que varias durante la noche.

Los bartenders también perciben este fenómeno. Los planes de tardeo ganan terreno al trasnoche, mientras las bebidas healthy reemplazan a las copas tradicionales. Por supuesto, se trata de tendencias generales, no de verdades absolutas. Pero la inquietud recorre el mundo de los espirituosos: ¿cómo atraer a un cliente joven que ya no se siente cautivado por el cubata y las pistas de baile?

La coctelería parece tener la clave: las experiencias. El cliente actual no se conforma con beber bien; busca vivir algo diferente. Antes bastaba con un buen cóctel, calidad y una sonrisa. Hoy se quiere probar, descubrir y sentirse parte de algo. Los bartenders y fundadores de negocios cocteleros han asimilado esta lección y convierten la noche en un viaje lleno de sorpresas. En el marco del Día Internacional del Cóctel, varios expertos comparten su visión sobre el futuro de los negronis, daiquiris y espresso martinis.

Frank Lola, bartender con amplia trayectoria, cofundador y director del proyecto Lovo Bar, en el Barrio de Las Letras, conoce bien los entresijos del sector. En su local no solo diseñan cócteles, sino que construyen relatos y generan recuerdos. Puede sonar a cliché, pero allí todo gira en torno a dejar una huella en el cliente para que recuerde Lovo y, por supuesto, quiera regresar. Lo llaman “coctelería emocional”.

“Buscamos impactar al cliente para que se lleve un recuerdo bueno o tocar una emoción en concreto, para que no sea un paso indiferente”.

Una misión complicada en tiempos donde la atención es un bien escaso. “Estamos en una época en la que el impacto que generamos sobre el cliente es mínimo. Tenemos cada vez menos tiempo y el cliente está sobreestimulado”, afirma Lola.

Frank Lola, bartender y fundador de Lovo Bar (Cedidas)

Por eso, diferenciarse resulta vital. En Lovo Bar, las experiencias efímeras, puntuales y exclusivas se han convertido en la respuesta. “Cuando algo está disponible durante mucho tiempo, el público no lo valora igual”. La solución ha sido las ‘Full Moon’. Cada luna llena, La Cueva, la planta baja de la coctelería, se transforma. Esa noche casi mágica alberga una cena íntima para solo 14 comensales, concebida como una experiencia única y pasajera, donde el menú se marida con cócteles creados por un bartender invitado.

“Queríamos hacer interactuar a la gente, por eso ofrecemos preguntas y mezclamos a los invitados para que charlen y se conozcan. Muchos no están preparados para una experiencia así, tan diferente y con gente que no conoces”. Mientras tanto, la planta de arriba sigue funcionando, ajena a la fiesta subterránea, sirviendo cócteles y bocados originales que atraen a un público variado, desde transeúntes de distintas edades que buscan una copa para charlar hasta colegas del sector que vienen a intercambiar ideas.

Actividades como la ‘Full Moon’ o el Cluedo que organizan con sus clientes más fieles no representan una enorme fuente de ingresos, según Lola. “Lo hacemos porque nos gusta y para disfrutar. Y porque nos da pie a fidelizar clientes que luego repiten y traen al amigo, al padre o al abuelo”.

La música como sello distintivo

En esta línea de diferenciarse a través de experiencias, coincide el bartender Kevo Jacoby, argentino al frente del proyecto madrileño Planta Baja, a pocos metros del Paseo de la Castellana. “Hoy la gente no sale a tomar algo por salir”, asegura. “Frente a la enorme competencia y variedad de locales que hay, la gente busca vivir una experiencia completa. Para mí, ir a una coctelería no es únicamente lo que estás tomando en un bar, sino el contexto, la atmósfera y lo que recuerdas de esa noche”.

Equipo de Planta Baja (Cedida)

Quien visita Planta Baja recuerda algo muy concreto, aunque invisible: la calidad de la música. “La barra es importante, la bebida es importante, pero también es importante cómo suena la música”, opina Jacoby. Por eso, junto a su socio Juan D’Onofrio, invirtieron sus ahorros en un equipo de sonido de última generación, un sistema HI-END de alta eficiencia. “Hicimos esta inversión fuertísima en unos equipos descomunales para que la experiencia sea una locura. No entiendes cómo puede sonar así de bien un local en una cuevita en pleno Salamanca”.

El amor por la música impregna cada rincón de este local subterráneo. En la mesa del DJ, zona casi más relevante que la barra de bebidas, hay vinilos. “Es una consecuencia natural. No es nostalgia, no es marketing, no es postureo; usar vinilo es una obligación para nosotros. Queremos tener una relación con la música más consciente y más física, más humana, romper un poco este hiperdinamismo que tiene la generación en la que nos toca vivir”.

La inspiración proviene de los listening bars japoneses, lugares donde nadie cruza palabra y la música alcanza un respeto tan grande que compite de igual a igual con el producto o el servicio. Lo efímero también llegará a Planta Baja en los próximos meses, con experiencias programadas. “Además de nuestras sesiones de vinilo los viernes y sábados, queremos hacer sesiones de escucha dirigidas por discográficas”. Aforo limitado, cócteles exclusivos y silencio absoluto para escuchar cada canción y luego comentarla en grupo. “Una experiencia diferente donde realmente desconectamos de la vorágine del día a día”. Eso sí, con un buen cóctel en la mano.

Fuente: Infobae

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