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¿Por qué en Reino Unido se almuerza tan tarde? Las rarezas alimenticias europeas

Un fascinante recorrido por los hábitos culinarios del Viejo Continente demuestra que las costumbres a la mesa van mucho más allá del simple acto de alimentarse. Según revela el historiador italiano Alessandro Barbero en su obra ¿Cuándo se come aquí?, los horarios de las comidas han sido, desde principios del siglo XVIII, un indicador social tan poderoso como discreto, capaz de exponer tensiones de clase, diferencias regionales y el peso de la historia.

En una Europa donde las horas para almorzar y cenar se convirtieron en una convención social rígida a partir de la Ilustración, la posibilidad de comer “cuando nos entre hambre” dejó de ser una opción legítima, tal como lo subraya el autor. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, es el eje de un análisis que conecta lo cotidiano con las grandes transformaciones sociales.

'Mesa de huéspedes', ilustración de Thomas Rowlandson (1792)

Uno de los hallazgos más llamativos del libro se centra en cómo los cambios en los horarios de las comidas en el Reino Unido y Francia, especialmente entre los siglos XVIII y XIX, reflejan con precisión las distancias entre clases sociales y las tensiones entre las metrópolis y las provincias. Barbero, para documentar este fenómeno, recurre a fuentes tan insólitas como la correspondencia familiar, los manuales de conversación y la literatura popular. Por ejemplo, en un manual de alemán de 1856 se encuentra la frase “almorzamos a las cuatro”, una costumbre que hoy desorienta a los visitantes y que sirve como punto de comparación histórica.

Esta meticulosa atención a los pequeños detalles sitúa el ensayo de Barbero dentro de la microhistoria, una corriente nacida en Italia en los años setenta. Sus máximos exponentes, Carlo Ginzburg y Giovanni Levi, han defendido siempre el valor de lo cotidiano para interpretar las grandes transformaciones de la sociedad.

Una escena recogida por Barbero ilustra cómo las diferencias horarias trascienden la simple anécdota. Se trata de un poema satírico de Jonathan Swift que muestra el malestar físico y emocional de un personaje obligado a adoptar “horarios plebeyos” por amor, hasta terminar con “el estómago echado a perder”. Además, los contrastes no solo se limitaban al horario, sino también al contenido de las cenas. Mientras en las mesas opulentas era frecuente incluir hasta cuatro tipos de carne, existían posturas más frugales, como la de Carlo Goldoni, quien prefería terminar el día con “dos bombones y una copa de vino aguado”.

En una Europa donde las horas de comida y cena se convirtieron en una convención social rígida a partir del iluminismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Barbero expande el análisis al lenguaje adoptado por las élites. El historiador observa cómo el llamado “idioma internacional de las clases altas” ordenó el significado y uso de los términos déjeuner y dîner en Francia, desplazando horarios y sentidos de las palabras a medida que cambiaban las costumbres del grupo dominante. De este modo, cada ajuste del reloj implicaba un nuevo pacto social y lingüístico.

El libro también realiza incursiones puntuales en el caso de la Rusia zarista, Italia y Alemania, aunque omite el análisis de la Península Ibérica. La ausencia de un estudio local detallado invita, según el ensayo, a un abordaje específico de la diversidad de horarios y denominaciones en los países de habla hispana. La distinción entre términos como “comer” en Argentina (equivalente a “cenar” en España) y las distintas acepciones de “almorzar” a ambos lados del Atlántico, reclama la mirada de nuevos investigadores capaces de rastrear los matices culturales y horarios de cada región.

Fuente: Infobae

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