“En el aeropuerto Mataveri las gallinas comían las migas de mi turrón. Estábamos por embarcar en el vuelo de regreso al continente. Atrás quedaría la isla que durante cinco días nos había revelado sus misterios”. Así arranca el relato de una viajera que elige cerrar el círculo desde el final del trayecto, con un instante mínimo pero cargado de significado. En la escritura de crónicas, ese detalle no es un adorno: es el cimiento sobre el que se edifica la escena y el puente que transporta lo abstracto hacia lo concreto.
Un gesto fugaz, un aroma, una pausa o una manera de mirar pueden comunicar más que un discurso entero. Ahí radica la clave entre informar que algo ocurrió y lograr que el lector sienta que estuvo presente. La imagen de las gallinas picoteando en el piso del aeropuerto invita a emprender el viaje justo cuando la cronista regresa.
La Isla de Pascua, cuyo nombre original es Rapa Nui, continúa generando una impresión profunda en quienes la descubren. Así lo testifica Ana Verrilli, farmacéutica jubilada y tallerista de escritura, luego de una visita al territorio insular chileno junto a su esposo.
Su testimonio captura la esencia de un lugar donde la conexión con la naturaleza y la pervivencia de una cultura milenaria marcan tanto el paisaje como el alma de sus habitantes. Las percepciones de Verrilli se alinean con las estadísticas oficiales: en Rapa Nui, el 40 % de la población pertenece a la etnia polinésica y el idioma español coexiste con una lengua de solo catorce letras, que los isleños protegen con firmeza.

Durante su estadía, Ana y su esposo Jorge recorrieron el volcán Ranu Raraku, reconocido como la cantera de los moáis, esas estatuas megalíticas que fascinan al mundo entero. “La motivación de querer honrar la memoria de grandes jefes de clanes, la obsidiana como herramienta y el tiempo que dedicaban para tal fin, eran suficientes para construirlos. Luego serían erigidos en las grandes plataformas, los ahu, que están en toda la isla”, comenta la visitante sobre uno de los misterios que pudo despejar al estar en el lugar de origen de los monolitos.

El entorno, compuesto por colinas verdes y volcanes apagados, ofrece a los viajeros actuales la visión de “naturaleza pura que emergía audaz en el medio del océano”, según las palabras de Verrilli, quien resalta la sensación de aislamiento y lo califica como un “oasis de paz”. Ese aislamiento geográfico es una de las marcas distintivas de Rapa Nui: la isla está a más de 3.500 km de la costa continental de Chile y a 2.075 km de las islas Pitcairn, el asentamiento más cercano.
Ana Verrilli explica cómo la preservación cultural persiste a pesar de los embates históricos, que incluyen episodios de esclavitud y destrucción del patrimonio. “La mayoría de sus jeroglíficos fueron destruidos, extraviados o son indescifrables porque los ancianos letrados que sabían su interpretación, fueron capturados como esclavos. El poder y la explotación del ser humano por ambición, aparecen en la historia como constante en todos los tiempos”, sostiene. El idioma rapanui ha quedado reducido a la transmisión oral, protegido desde la anexión del territorio a Chile y su declaración como “territorio especial” a través de la Ley Constitucional 20.193 de 2007.

Entre los relatos más personales que Verrilli recopiló en la isla, destaca la historia de Mako, descendiente de madre rapanui y padre marinero suizo, que condensa la fusión de tradiciones y la persistencia de la memoria. “Supo que esperaba un nuevo ser, que nacería de piel mestiza y con ojos del color del océano. Esa inmensidad que ella miraba día a día, esperando un barco, desde el amanecer hasta que el rojo del cielo se hundía. Recibió al niño en el agua tibia del pukao y con el grito gutural de sus ancestros”, resume la narradora. A través de estas enseñanzas familiares, las nuevas generaciones se vinculan al baile, la música y las destrezas que se transmiten para competir en la Tapati, la festividad cultural más relevante de la isla.
Rapa Nui: legado mundial, presión ecológica y anhelo de autonomía
Rapa Nui, con una población de 7.750 habitantes según el censo de 2017, se caracteriza por su empeño en conservar la herencia milenaria de la etnia rapanui frente a los desafíos que imponen el contacto con el continente y la actividad turística. El Parque Nacional Rapa Nui, gestionado desde 2016 por la Comunidad Indígena Polinésica Ma’u Henua, es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1995. Las autoridades locales también regulan el flujo de visitantes, fenómeno que ha transformado la economía y el paisaje cultural y natural de la isla.

La incursión de esclavistas en el siglo XIX y la colonización chilena en 1888 provocaron una ruptura en la continuidad histórica rapanui, reduciendo la población a apenas 101 personas en 1892. La posterior recuperación demográfica y cultural ha ido de la mano con la exigencia constante de derechos territoriales y autonomía de gestión, un tema aún vigente: en 2026, el 87 % de los participantes en una consulta indígena rechazaron un proyecto de gobierno autónomo propuesto por el gobierno central, según fuentes oficiales.
Con una superficie de 163,6 km² y una geografía definida por tres volcanes principales —Terevaka, Poike y Rano Kau—, Rapa Nui posee un clima tropical oceánico. Las palmeras nativas y el árbol toromiro, hoy en proceso de reintroducción, son testimonio de la fragilidad de un ecosistema que los registros botánicos describen como “uno de los ejemplos más extremos de destrucción forestal en el Pacífico”.

El rostro contemporáneo de Rapa Nui oscila entre la autoafirmación cultural y el impacto de la modernización: el turismo y la pesca concentran la actividad económica, mientras que la infraestructura —incluido el Aeropuerto Internacional Mataveri— conecta la isla con el resto del país y con Polinesia. En materia de servicios, operan entidades bancarias, medios de comunicación locales y acuerdos de cooperación con organismos internacionales enfocados en la preservación cultural y ambiental.
Rapa Nui es “un oasis de paz”, afirma Ana Verrilli luego de su paso por el territorio. Su descripción resalta la vigencia de un espacio donde la naturaleza, la transmisión oral y la memoria colectiva hacen posible la supervivencia de una identidad resistente frente a siglos de colonización y cambio. “Él cuenta en la isla, la historia y la tradición, sueña con la independencia de su pueblo y defiende su lengua”, narra la visitante sobre los habitantes, que ven en su presente la continuidad —a veces frágil— de un pueblo que gestiona su futuro junto al poder continental y el flujo global de visitantes.

Ana participa del taller de escritura que dicta Natalia Brandi, escribe poesía, relatos de viajes, crónicas y cuentos.
Fuente: Infobae