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Proxémica sexual: cómo el espacio íntimo fortalece la conexión de pareja

La proxémica es el campo que estudia el espacio de interacción entre las personas, y está determinada por factores personales, sociales y culturales. Mientras que en culturas anglosajonas o nórdicas se mantiene una mayor distancia física, en las latinas el acercamiento al territorio personal —incluso el contacto físico como abrazos o besos— no necesariamente indica intimidad. Se trata más bien de un gesto afable y de confianza mutua.

Se distinguen tres espacios proxémicos que pueden variar según los patrones culturales: el espacio social, el personal y el íntimo.

En primer lugar, la distancia social supera el metro y abarca la mayoría de las relaciones con desconocidos o en entornos laborales. La distancia personal —menor a un metro— incluye vínculos más cercanos como familiares, amigos o personas que inspiran confianza. La distancia íntima implica un acercamiento casi cuerpo a cuerpo: madre e hijo, familiares, amigos muy cercanos y parejas. Cuando no existe la intención de acercarse ni de permitir que el otro se acerque, surge malestar y se intenta evitar el contacto; es una sensación inconsciente de rechazo, a veces sin una razón clara.

Existen tres espacios proxémicos que pueden modificarse según los patrones culturales: el espacio social, el personal y el íntimo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Junto con la proxemia de la intimidad aparece el contacto físico (comportamiento háptico), como caricias, tomar la mano, abrazos y la intimidad sexual. Tanto la proxemia íntima como el contacto físico elevan los niveles de oxitocina, conocida como la hormona del acercamiento y del amor.

Estamos juntos, pero separados

Los cambios en las dinámicas vinculares, la virtualidad y el modelo de encierro impuesto por la pandemia han generado que muchas parejas enfrenten dificultades para encontrarse en el espacio íntimo.

Justo cuando las parejas se adaptaban a un equilibrio entre demandas personales y vinculares, llegó la pandemia con un modelo de encierro que obligó a compartir todos los días el espacio con la pareja y la familia, difuminando la línea entre lo personal y lo íntimo. La distancia social se redujo al mínimo o superó los dos metros entre las personas.

Ya sin pandemia, las parejas se quejan de que el otro no comparte como antes (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ya sin pandemia, pero con mayores responsabilidades y la virtualidad como telón de fondo, las parejas se quejan de que el otro ya no comparte como antes, está inmerso en sus problemas personales —no vinculares—, pegado al teléfono con la excusa del trabajo y sin iniciativa para provocar un encuentro erótico. Y quien reclama la falta del otro recibe la misma respuesta: “Si vos hacés lo mismo, cuando estamos juntos, te la pasás con el celular y ni me mirás”.

La proxemia de la intimidad y las conductas de contacto han pasado a un segundo plano, atrapadas por quejas, reclamos, proyecciones del problema hacia el otro y viceversa, culpas; y en un nivel más profundo, la angustia y la impotencia por saber conscientemente que algo se está perdiendo sin poder hacer nada al respecto.

Tapar el problema

La ambivalencia entre “quiero que estemos juntos” y “necesito tiempo para estar conmigo” se convierte en posiciones extremas, sin encontrar estrategias de salida.

Quizá sea necesario crear una nueva categoría proxémica: el espacio propio, donde uno está inmerso en sus temas personales, sin contacto físico ni psicológico con el otro. Cuando hay hijos, la crianza y la educación se convierten en la excusa perfecta para no encontrarse.

 Cuando se tienen hijos, la crianza y la educación de los pequeños es la justificación perfecta para no encontrarse (Imagen Ilustrativa Infobae)

Es comprensible que, en tiempos de tanto estrés y exceso de responsabilidades, la intimidad quede relegada, pero no así las ganas de recomponerla. Subyace un malestar —“algo falta en la relación”— que alimenta la esperanza de que llegará el momento para dedicarse a la pareja. Sin embargo, cuando esa oportunidad llega (los hijos se van), nada cambia; al malestar se suma la promesa incumplida.

No se vive esta etapa como una oportunidad para el cambio. Surgen preguntas como: ¿Cómo comunico al otro que necesitamos un cambio? ¿Y si lo toma a mal? ¿Y si cree que es un reclamo, que no me está dando lo que necesito? Muchas de estas dudas quedan en la mente de cada uno, sin plantearse como se merecen. Pero no es un tema personal, es del vínculo, por lo que ambos deberían asumir la responsabilidad del cambio.

¿Qué hacer?

  • No todo se puede reprimir o negar: la falta de distancia íntima y contacto provoca malestar que a menudo no se expresa o se justifica. Sentimientos de angustia, culpa y desesperanza circulan en lo bajo sin ser comunicados.
  • Dejar de lado los pensamientos anticipatorios como “si le digo va a reaccionar mal”, “va a creer que me quiero separar” o “no va a entender lo que le digo”.
  • Plantear el problema describiendo la situación como si se contara una película: relatar con datos objetivos ayuda a comprender mejor lo ocurrido.
  • Concientizar las conductas que impiden el acercamiento y modificarlas.
  • Integrar las actividades personales con las vinculares. La presencia física cercana del otro no garantiza comunicación, compromiso o intimidad. Se puede estar en el mismo espacio, cada uno en lo suyo, pero igual sentirse juntos. La proxémica de la intimidad se mide por la calidad del encuentro, no por la frecuencia o el grado de contacto físico.
  • Proponer un día para salir, dedicarse tiempo o tener sexo puede parecer poco romántico para algunas parejas, una responsabilidad más que agendar. Sin embargo, es un buen recurso para, en medio de la vorágine cotidiana, destinar unas horas para encontrarse.
  • Recuperar el contacto físico es fundamental: tomarse de la mano, mirarse a los ojos, acariciarse, besarse. Todas esas manifestaciones afectivas estimulan el deseo de estar juntos.
  • Los años de convivencia no garantizan que el cuerpo responda con confianza al contacto íntimo sexual. Puede haber un desfase entre los estímulos táctiles y el deseo o la excitación sexual. Si los estímulos táctiles son eficaces (tocan zonas erógenas que se activan), la libido aparecerá con más fuerza.
  • Prolongar el contacto íntimo permite focalizar la atención en la relación sexual, dejando de lado los pensamientos intrusivos.
  • Hablar de lo sucedido en la relación, no solo del placer genital, sino de todo lo que sintieron desde el inicio de la actividad erótica, completa el panorama de la proxémica íntima.

Fuente: Infobae

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