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El misterioso vuelo de Rudolf Hess a Escocia para pactar la paz

Era una noche cerrada en Escocia, el sábado 10 de mayo de 1941, cuando el granjero David McLean escuchó el ruido de un avión que volaba peligrosamente bajo. Al asomarse a la ventana, lo vio caer y estallar en llamas. Corrió para ayudar al piloto, pensando que sería un compatriota, y se encontró con un hombre que aún forcejeaba con su paracaídas. Al ver su uniforme, le preguntó si era alemán.

—Sí, soy el capitán Alfred Horn. Traigo un importante mensaje para el duque de Hamilton —respondió el piloto en inglés.

El hombre se había lastimado un pie, y el granjero lo ayudó a llegar a su casa, donde su madre le ofreció una taza de té. Mientras el supuesto capitán Horn se reponía en un sillón, McLean llamó a la policía. Poco después llegó el comandante Graham Donald, del Scottish Royal Observer Corps, y el oficial alemán le repitió su pedido.

Al día siguiente, cuando por fin estuvo frente a Douglas Douglas-Hamilton, duque y oficial de la aviación británica, el presunto capitán Alfred Horn reveló su verdadera identidad: “Soy Rudolf Hess”, dijo, y acto seguido explicó que había llegado en misión de paz para terminar la guerra entre Alemania y el Reino Unido, con la intención de entrevistarse con Churchill.

El duque, incrédulo, le pidió que detallara su propuesta para transmitírsela al primer ministro. Hess enumeró las condiciones:

  • Las zonas de influencia serían Alemania en Europa y Gran Bretaña en su imperio, excepto las antiguas colonias alemanas.
  • Indemnizaciones recíprocas a los súbditos británicos y alemanes sancionados por el conflicto.
  • Devolución de las antiguas colonias a Alemania, y que Rusia fuera “incluida” geopolíticamente en Asia.
  • Acuerdo simultáneo de un armisticio, seguido de un tratado de paz tripartito que incluyera a Italia.

Hamilton, sorprendido, consideró que ese no era el modo adecuado de hacer diplomacia, incluso en tiempos de guerra. Hess no se molestó en explicar cómo había llegado hasta allí.

Rudolf Hess protagonizó uno de los episodios más enigmáticos de la Segunda Guerra Mundial al lanzarse en paracaídas sobre Escocia en 1941

Un vuelo clandestino

Nadie lo sabía. Esa tarde, Rudolf Hess, lugarteniente del führer, se despidió de su esposa Ilse diciéndole que viajaría a Ausburgo y luego a Berlín, y que no lo esperara hasta el lunes. Vestía un uniforme azul grisáceo de la Luftwaffe —camisa azul, corbata azul oscuro— con insignias de capitán y botas altas. En el aeropuerto militar de Ausburgo-Haunstetten lo esperaba un pequeño avión Messerschmitt 110, equipado con dos depósitos adicionales de combustible que le daban una capacidad de 1.800 litros y un alcance de casi 2.500 kilómetros. A las 17:45, encendió el motor, tiró suavemente de la palanca y el aparato se elevó lentamente.

Tras tres horas de vuelo sobre el mar del Norte, Hess se aproximó a la costa de Northumberland y a la cadena de estaciones de radar que vigilaban la llegada de aviones enemigos. Llegó a territorio escocés a las 22:30 y empezó a buscar el lugar donde había planeado aterrizar: cerca del castillo del duque de Hamilton, el hombre que, creía, lo pondría frente a Winston Churchill.

Aunque había memorizado la imagen aérea de Dungavel House —el castillo del duque—, no pudo encontrarlo. Todo estaba oscuro y no veía un lugar para aterrizar. Había perdido la orientación por completo cuando una rápida mirada al indicador de combustible le hizo saber que no tenía tiempo para seguir buscando. No podía aterrizar en la oscuridad, y la única posibilidad de salvar su vida era saltar en paracaídas.

Ascendió hasta los 1.800 metros, apagó los motores y abrió la cabina, pero la enorme presión por la velocidad le impidió salir del aparato, que caía rápidamente. Para evitar el choque, tuvo que poner el avión panza arriba. Entonces se empujó con las piernas y salió despedido hacia atrás. Ya en el aire, abrió el paracaídas. El avión se estrelló contra el suelo, explotó y quedó envuelto en llamas, todo bajo la mirada de Hess, que segundos después rodó envuelto en su paracaídas en un campo.

Ese fue el insólito comienzo de uno de los episodios más sorprendentes y enigmáticos de la Segunda Guerra Mundial, protagonizado por el hombre que, hasta ese día, era considerado el principal colaborador y potencial heredero político de Adolf Hitler.

Cuando se cumplen 85 años de aquel vuelo de Hess a territorio enemigo, los interrogantes persisten: ¿por qué y para qué uno de los más altos jerarcas del Tercer Reich voló en plena guerra, solo y clandestinamente, desde Alemania a Gran Bretaña para arrojarse en paracaídas? Hay versiones que afirman que Hess actuó a espaldas de Hitler, y otras que aseguran que el líder nazi estaba detrás del plan, pero que negó saberlo cuando fracasó y acusó a su viejo lugarteniente de traidor. Las primeras se apoyan en que, para marzo de 1941, Hess había perdido terreno en la estima de Hitler y en la estructura de poder, y que con ese vuelo quiso recuperar el aprecio del führer. Las segundas se basan en la estrecha relación que ambos cultivaron desde los viejos tiempos en que compartieron una cárcel alemana, donde prácticamente a cuatro manos escribieron el libelo firmado por Hitler que se convirtió en la biblia del nazismo: Mein Kampf (“Mi Lucha”).

La relación personal de Hess con Hitler incluyó la participación conjunta en el putsch de Múnich y la redacción de Mein Kampf en prisión

El camarada más cercano

Hijo de alemanes pero nacido en 1899 en la Alejandría bajo dominio británico, Rudolf Hess era cinco años menor que Adolf Hitler. Ambos tenían muchas experiencias y obsesiones en común: combatieron durante la Primera Guerra Mundial —uno como aviador, el otro como cabo de infantería— y compartían la creencia de que la derrota alemana fue causada por una conspiración de judíos y bolcheviques infiltrados en el estado prusiano.

La primera vez que se vieron fue en 1920, durante un acto político en Múnich donde Hitler pronunció uno de sus primeros discursos incendiarios. El 1° de julio de ese año, Hess se unió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) como el afiliado número 16. En 1923 participaron codo a codo en el intento de golpe de Estado conocido como el “putsch de Múnich”. También juntos fueron a parar a la prisión de Landsberg, donde Hess ayudó a Hitler en la redacción de Mi Lucha.

Adolf Hitler fue puesto en libertad condicional el 20 de diciembre de 1924, y Hess diez días después. Poco después el NSDAP volvió a ser legalizado y se presentó a las elecciones de 1928, donde obtuvo el 2,6% de los votos. El porcentaje era exiguo, pero contrastaba con el impactante crecimiento del partido, que para 1929 superaba los 150.000 miembros. En ese momento Hess fungía como secretario privado de Hitler y más tarde pasó a ser su asistente personal. Lo acompañaba en todos los actos públicos y era una de las pocas personas que podía reunirse con él en cualquier momento sin necesidad de pedir audiencia. Esa cercanía se reflejó también en su ascenso dentro de la estructura del partido, al punto que fue nombrado comisionado político central del NSDAP en diciembre de 1932, cuando los nazis estaban a punto de llegar al poder en Alemania.

El vuelo clandestino de Hess tenía como objetivo negociar la paz entre Alemania y el Reino Unido sin conocimiento previo de Churchill

Ascenso y caída del número dos

Cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller del Reich a fines de enero de 1933, la acumulación de poder de Hess se hizo vertiginosa. Fue nombrado lugarteniente del führer en el NSDAP y luego miembro del gabinete, con el cargo de ministro sin cartera. Desde esa posición era responsable de varios departamentos, como Asuntos Exteriores, Finanzas, Salud, Educación y Asuntos Jurídicos. Además, toda la legislación pasaba por su oficina para su aprobación, excepto la relativa al ejército, la policía y la política exterior, y redactaba y firmaba conjuntamente muchos de los decretos con el propio Hitler, incluyendo aquellos que apuntaron a perseguir a los judíos.

Hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el lugarteniente del Führer mantuvo ese poder e incluso lo acrecentó, pero el conflicto bélico comenzó a afectar su suerte. Las exigencias de la guerra hicieron evidente que, si bien el fanatismo y los discursos de odio le habían permitido llegar a lo más alto, el amigo más fiel de Hitler era un hombre de pocas luces para la gestión en tiempos de crisis. En pocos meses, fue perdiendo terreno frente a otros jefes nazis como Hermann Göring, Martin Bormann, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler, que lo fueron desplazando de sus funciones. Todos lo acusaban de blando e ineficiente. Seguía cerca de Hitler por la historia compartida, pero ya no tenía el mismo poder que en tiempos de paz.

Esa era la situación de Rudolf Hess en la estructura de poder del Tercer Reich cuando, en marzo de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética y abrió un nuevo frente de batalla. Una de las hipótesis más difundidas es que, tras la apertura de ese nuevo frente, Hess pretendió recuperar la estima de Hitler —y el poder perdido— cumpliendo un anhelo del Führer: firmar la paz o, por lo menos, pactar una tregua con Gran Bretaña para poder concentrar más tropas en el frente oriental y arrasar la Unión Soviética. Eso lo habría llevado —con o sin la anuencia de su jefe— a subirse a un avión y lanzarse sobre territorio inglés para negociar. La idea era en sí misma rayana con el delirio: entre junio y octubre de 1940, la Luftwaffe había bombardeado ciudades y bases aéreas británicas para obligar a Inglaterra a rendirse, en lo que se conoció como la Batalla de Inglaterra. Esa ofensiva resultó un fracaso, y Winston Churchill lo sabía. Difícilmente aceptaría una negociación de ese tipo.

Más allá de las hipótesis, la cuestión es que la noche del 10 de mayo de 1941, Rudolf Hess se arrojó en paracaídas sobre territorio escocés y vio desde el aire cómo su avión se estrellaba contra el suelo y se incendiaba.

Durante cuarenta años, Hess fue el prisionero número 7 de la cárcel de Spandau, donde permaneció recluido hasta su muerte en 1987

En Londres y en Berlín

Ese era el hombre caído del cielo que le exigía a Douglas Douglas-Hamilton que lo llevara ante Churchill. El duque le pidió que esperara, que iba a consultar al primer ministro, y voló de inmediato a Londres, donde a primera hora de la tarde del domingo 11 fue recibido por Churchill en el número 10 de Downing Street.

El primer ministro escuchó la historia y las propuestas y, de inmediato, decidió enviar a un experto en relaciones con Alemania, sir Ivone Kirkpatrick, que conocía personalmente a Hess, para que confirmara su identidad y lo interrogara. Después de recibir el informe de Kirkpatrick, en lugar de entrevistarse con Hess y escuchar lo que tenía que decirle, Churchill decidió que lo encerraran en la Torre de Londres y luego lo trasladaran, bajo estrictas medidas de seguridad, a la mansión de Mytchett Place —un lugar con el nombre en clave de “Campo Z”—, en Aldershot, unos 50 kilómetros al suroeste de la capital inglesa.

Mientras todo esto ocurría en el Reino Unido, en Berlín la cúpula del Tercer Reich no salía de su asombro. El domingo 11, bien temprano por la mañana, Adolf Hitler recibió una carta escrita de puño y letra por Hess. “Mi Führer, cuando reciba esta carta, estaré en Inglaterra”, comenzaba el texto, para después explicar sus razones. “Y si este plan, que, lo admito, no presenta sino una débil posibilidad de éxito, termina con un fracaso y la suerte me es adversa, ni usted ni Alemania tendrán que padecerlo: siempre les será posible declinar toda responsabilidad. Dígase simplemente que he perdido la razón”, terminaba.

En los más altos niveles del nazismo corrió el rumor de que después de leer la carta de Hess, el líder nazi tuvo un ataque de furia y convocó a Göring, Goebbels, Bormann y al ministro de Relaciones Exteriores Joachim von Ribbentrop, contra quienes desató su ira. Al diplomático le ordenó que se comunicara con Benito Mussolini para asegurarle que Alemania jamás firmaría una paz por separado con Gran Bretaña, pero quien se llevó la peor parte fue el jefe de la Luftwaffe, a quien acusó de haberle permitido volar a Hess.

A su vez, Göring descargó su ira contra el ingeniero Willy Messerschmitt, fabricante del avión que había usado Hess, por habérselo prestado. El diálogo que mantuvieron fue relatado por el propio Messerschmitt años después de terminada la guerra:

—¿Cómo pudo prestarle un avión de guerra a Hess? —preguntó Göring, amenazante.

—Señor ministro, no puedo negarle un avión al lugarteniente del Führer, que es un excelente piloto y que, tras sus experiencias, me ha dado interesantes consejos para incrementar la autonomía del aparato —respondió el ingeniero.

—Pero, Messerschmitt, ¡Hess está loco! —se desesperó el jefe de la aviación alemana.

—Señor ministro, ¿cómo quiere usted que yo imagine que el lugarteniente y amigo del Führer está loco? —se defendió Messerschmitt, y Göring ya no supo qué responderle.

El suicidio de Rudolf Hess en la prisión de Spandau, a los 93 años, mantuvo el misterio sobre los verdaderos motivos de su histórico vuelo

En silencio hasta la tumba

Después del fracaso de su “misión” y hasta el final de la guerra, Rudolf Hess estuvo detenido en Gran Bretaña. En octubre de 1945 fue enviado a Alemania para sentarse en el banquillo de los acusados en el juicio de Núremberg, junto a otros 23 líderes nazis. El hombre que había sido el número dos de Hitler fue declarado culpable de crímenes contra la paz en la planificación y preparación de una guerra de agresión y de conspiración para cometer crímenes. En cambio, evitó los cargos de crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad, lo que le salvó la vida. Fue condenado a cadena perpetua.

El 18 de julio de 1947 lo encerraron en la cárcel de Spandau, junto con otros seis dirigentes nazis que habían evitado la horca: Konstantin von Neurath, Walther Funk, Erich Raeder, el almirante Karl Dönitz, Baldur von Schirach y Albert Speer, el arquitecto del Reich. En 1966, cuando Speer recuperó la libertad tras cumplir su condena, Hess se convirtió en el único huésped de la prisión, aunque siguió conservando el número que le habían asignado desde un principio: 7.

El “prisionero número 7” llevaba cuarenta años y un mes menos un día en Spandau cuando, la mañana del 17 de agosto de 1987, salió de su celda, como todos los días desde hacía mucho tiempo, para encerrarse en la “casa de verano”, una sala de lectura que sus carceleros le habían habilitado en el jardín para que pasara las horas del día. El anciano de 93 años caminó de su celda hasta el ascensor —instalado seis años antes para facilitarle el traslado—, que lo llevó hasta la planta baja, y desde allí se dirigió, con paso lento y vacilante, hasta su destino. Entró en la biblioteca y, apenas quedó fuera de la mirada de sus carceleros, desenchufó y cortó el cable de una de las lámparas, lo ató a una de las rejas altas de la ventana y se ahorcó.

Dentro de uno de los bolsillos de su saco encontraron una carta escrita de su puño y letra, junto con otro papel que decía: “Agradezco a los directores por enviar este mensaje a mi hogar. Escribo unos minutos antes de mi muerte”. En la carta dirigida a su familia agradecía lo que habían hecho por él durante su cautiverio, y nada más. Sobre su insólito vuelo a Gran Bretaña jamás escribió ni dijo una palabra.

Fuente: Infobae

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