La frase «No lo vi venir» resuena con frecuencia cuando un adolescente cae en depresión y decide aislarse del mundo. Lo que muchos adultos interpretan como una etapa pasajera suele ocultar un sufrimiento profundo. Detrás de la puerta cerrada de su habitación, el joven no está solo: una multitud de voces digitales, a través de las redes sociales, amplifica su sensación de vacío.
En plataformas como Instagram o TikTok, abundan los perfiles de emprendedores que recorren el planeta, jóvenes que madrugan para entrenar y comparten dietas sin ser expertos, o quienes muestran una vida perfecta. Frente a ese escaparate de logros, la realidad de muchos adolescentes se vuelve gris y desmotivante. Conseguir un empleo decente se torna difícil, y quienes lo logran sienten que la rutina los aplasta. A esto se suman el acoso escolar y la exclusión social, ingredientes que convierten el panorama en algo sombrío.
Quienes trabajan con juventudes desde hace años reconocen que internet trajo ventajas, pero también un atractivo adictivo difícil de controlar. Pasar horas desplazando la pantalla en busca de un video más entretenido genera una dependencia que afecta incluso a los adultos. Es frecuente ver cenas entre amigos donde cada uno mira su teléfono en lugar de conversar. En las comidas familiares, la batalla por alejar los dispositivos se vuelve una hazaña, y los padres muchas veces caen en la misma trampa al esperar mensajes laborales.
En Argentina, la crisis de salud mental juvenil ya no puede ignorarse. Según datos oficiales, durante 2023 se registraron 386 suicidios de chicos y chicas entre 10 y 19 años. El Boletín Epidemiológico Nacional reveló que, hasta la semana 48 de 2025, hubo 10.848 intentos de suicidio sin resultado mortal y 682 con resultado mortal. La organización UNICEF Argentina señala que seis de cada diez adolescentes vinculan la salud mental con depresión y ansiedad, mientras que el bullying, la discriminación y el ciberbullying son factores centrales de malestar. Lo más preocupante: solo dos de cada diez jóvenes afirman que en sus hogares se habla o se busca ayuda sobre estos temas.
Los recientes episodios de violencia escolar encienden las alarmas. En San Cristóbal, Santa Fe, un estudiante de 15 años mató a un compañero de 13 e hirió a otros dos. Luego vinieron amenazas de tiroteos en distintas escuelas del país. El “no lo vi venir” llega tarde cuando los adultos minimizan las señales de encierro, tristeza, bullying, soledad o uso compulsivo de redes. Detrás de esas conductas suele haber un pedido de ayuda que no podemos desatender.
La medida de suprimir los celulares en los colegios ha mostrado efectos positivos: los estudiantes volvieron a estar presentes, recuperaron las risas y los juegos. La sociedad empieza a tomar conciencia de que la tecnología, cuando se vuelve invasiva, resulta gravemente nociva.
Para devolver la alegría a los jóvenes, es necesario reconectarse con uno mismo y abrir el corazón al prójimo. El encuentro genuino con otros permite descubrir que compartimos problemas, inquietudes y alegrías. En esa búsqueda de sentido, la espiritualidad juega un papel clave, como recordaba San Pablo:
“En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17,28).
Salir de uno mismo, paradójicamente, nos ayuda a reencontrarnos y a darle sentido a la vida. La Madre Teresa de Calcuta lo expresaba en su oración para aprender a amar:
“Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo; cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro; cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado”.
Fuente: Infobae