Un tercio de los adolescentes en España recurre a la inteligencia artificial para pedir consejo sobre cómo terminar una relación de pareja. El 87,5% afirma haber experimentado soledad no deseada, y casi cuatro de cada diez jóvenes de entre 15 y 29 años padece ansiedad con frecuencia, un porcentaje que ha aumentado ocho puntos en los últimos cuatro años.
Estas cifras, extraídas del Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, fueron el eje del seminario Aprende de los Mejores, organizado por el Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP). Durante el encuentro, la doctora en psicología sanitaria y educativa Silvia Álava señaló que el problema no radica en los adolescentes, ya que “el cerebro no ha cambiado”, sino en el “entorno en el que se desarrolla”.
La adolescencia es la etapa en la que el ser humano construye su narrativa personal: quién es, de dónde viene, hacia dónde va. También es el período de maduración de la memoria autobiográfica y donde la pertenencia se vuelve una necesidad casi fisiológica. “Es un periodo especialmente vulnerable, donde la autoestima se vuelve más frágil”, explica Álava a Infobae. Y hoy, ese proceso, siempre intenso pero privado, ocurre prácticamente en público gracias a las redes sociales.

Una identidad medida en ‘likes’
Las redes sociales han trasladado la construcción de la identidad a un espacio donde todo se cuantifica. La validación ya no proviene del interior, sino que “muchas veces es externa”. Es decir, “ya no me valido yo mismo diciendo: ‘Eh, esto que estoy haciendo es interesante y está bien’, sino que hay una métrica”, indica la especialista.
“Lo que aprendo es que lo que más likes obtiene, lo que más interacciones genera, es lo que voy a reproducir”. Y puede que lo reproducido no sea la versión más auténtica, sino la que mejor funciona. El resultado: una identidad moldeada hacia fuera, no hacia dentro.
El adolescente deja de preguntarse quién es y empieza a preguntarse qué funciona. “Lo importante es descubrir qué es lo que consigue más likes, no quién soy yo”, resume Álava. Cuando una publicación no recibe respuesta, puede vivirse como si aquello compartido, o quien lo compartió, careciera de valor.

Filtros, imagen y distancia con la realidad
La presión estética es uno de los factores que más afecta a los adolescentes. El 35% de las niñas entre 9 y 12 años en España ya utiliza productos de cosmética, y el 70% de los menores de 12 años usa maquillaje.
Cuando la imagen que acumula más likes es la que tiene el rostro más alterado por un filtro, el mensaje es perturbador. “Esa es la versión de mí que a la gente le gusta, pero no es la real. Mi versión real es otra, sin ese filtro”. Pero esa versión sin filtrar parece que “no es suficiente”, subraya la doctora.
Esto genera que la versión idealizada de uno mismo crezca en contraposición a la insatisfacción con la propia imagen. “Tal y como eres, no eres válida; así no gustas. Para gustar, debes ser una versión mejorada de ti misma”. Un mensaje que a veces llega transformado en un regalo de Reyes: “¿Cuál es el mensaje cuando con 8 años reciben una mascarilla?”, reflexiona Álava.

Compararse con una realidad inexistente
La comparación social siempre ha existido. La diferencia es que antes los adolescentes se comparaban con chicos de su barrio o instituto. Ahora lo hacen con versiones editadas, seleccionadas y a menudo falsas. “La gente miente en redes sociales y al adolescente le falta esa perspectiva”, apunta la especialista.
En la adolescencia, el cerebro desarrolla el pensamiento crítico, pero carece de experiencia para filtrar lo que ve. “La presión que reciben las chicas en redes es mucho mayor”. Los adolescentes con una vida razonable (mañanas de instituto y tardes con extraescolares o amigos) sienten que fracasan porque lo que ven en redes es diferente. “Te comparas con una realidad que ni siquiera existe”, señala. Y esa comparación “es la base de la inseguridad, de una autoestima muy baja”, sentencia Álava.

Cuando la IA responde lo que debería decir un adulto
Un aspecto positivo de la IA en estas circunstancias es el mensaje de apoyo sin que el adolescente se sienta juzgado. “Pero la IA puede dar una respuesta inteligente, pero fría, sin considerar tus emociones, tu situación, tu realidad”, expone la psicóloga.
Construir la identidad requiere “activar la red por defecto del cerebro”, un sistema que conecte experiencias pasadas, genere perspectiva y favorezca la creatividad. Para funcionar, necesita silencio. “Si continuamente estoy con una IA, si mi cerebro está sobreestimulado artificialmente, no logro esta estimulación natural”.
Lo que necesita un adolescente, concluye Álava, no es una respuesta técnica, “necesita sentir apoyo incondicional, necesita un abrazo, unos ojos que le vean y sentirse visto e importante para sus referentes”. Eso no puede hacerlo ninguna tecnología y, además, es “un factor protector de la salud mental”.

¿De quién es la responsabilidad?
Para Álava, el problema no recae exclusivamente en las familias o los colegios. La alfabetización digital y el acompañamiento adulto son necesarios, pero insuficientes si las plataformas no hacen su parte. “Las redes sociales están hechas para hackear la atención del cerebro”, afirma.
El scroll infinito, el refuerzo intermitente, las notificaciones… todo está diseñado para dificultar la desconexión. “Creo sinceramente que hay que empezar a exigir a las plataformas su responsabilidad”, enfatiza la especialista.
No obstante, esto no implica prohibirlas. Hay que interesarse más por la comunidad online del adolescente —qué cuentas sigue, cómo le hacen sentir—, que puede dar más información que preguntar cómo le va en el colegio. Detectar que ciertas cuentas generan malestar es, a veces, el primer paso para dejar de seguirlas.
Fuente: Infobae