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Trump: el riesgo de pasar de lo sublime a lo ridículo

Existe un viejo adagio que advierte que lo peor de apuntar alto no es fallar el blanco, sino disparar al vacío. Napoleón Bonaparte lo expresó con crudeza en 1812, tras el desastre de la invasión francesa a Rusia: “De lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso”. En aquella ocasión, la Grande Armée, con 600.000 soldados, quedó reducida a unos pocos miles de sobrevivientes. Sin duda, las guerras del presidente Donald Trump no son equiparables a las del “Petit caporal” que soñó con conquistar Europa y terminó sus días prisionero en una isla británica en medio del Atlántico. Sin embargo, la posibilidad de pasar de lo sublime a lo ridículo es un riesgo real que también enfrenta el mandatario estadounidense.

Ese peligro no se mide por la magnitud de los objetivos planteados —todos de alto voltaje—, sino por la posibilidad de dejarlos inconclusos. Aún queda tiempo y todos los frentes están abiertos, por lo que cualquier conclusión definitiva sería prematura. No obstante, ya se pueden identificar síntomas preocupantes. Intentar resolver el conflicto palestino y derrocar a tres de las dictaduras más longevas y perversas del mundo es, sin duda, una ambición política que aspira a entrar en los libros de historia. Desde Gaza hasta Venezuela, pasando por Irán y Cuba, y de paso controlar el expansionismo chino con su satélite ruso, la agenda es colosal. Si Trump logra ser el presidente que resuelve el conflicto palestino, restaura la democracia en Venezuela, fulmina el régimen de los ayatolás, libera a Cuba y reordena el equilibrio mundial, su legado sería excepcional. Pero si, por el contrario, abre todos los frentes y no logra cerrar ninguno, o los cierra de manera defectuosa, entonces habrá culminado un mandato errático.

Gaza: del acuerdo prometedor al estancamiento

Comencemos por Gaza. El denominado “plan de paz integral”, que contó con la firma de Turquía, Egipto y Qatar, además del presidente palestino Mahmoud Abbas, y la posterior creación de la “Junta de Paz” respaldada por 25 países, fue un momento de gran valor político que auguraba una situación esperanzadora. Trump tenía razón al afirmar en Sharm al-Sheikh que se “había conseguido lo imposible”. Se acababa la guerra, volvían los secuestrados, se desarmaba a Hamas, se reconstruía Gaza y nacía un nuevo Medio Oriente, con la expansión de los acuerdos de Abraham en el horizonte. Sobre el papel, todo era espléndido, y por ello “The Donald” regresó eufórico a la Casa Blanca. Sin embargo, seis meses después, el plan de paz naufraga en la mayoría de sus puntos: Hamas se niega a desarmarse y mantiene una violencia sostenida; el proyecto de la “Nueva Gaza”, presentado por Jared Kushner como una oportunidad de reconstrucción, está paralizado por falta de recursos (se necesitan 71.000 millones de dólares, se han prometido 17.000 millones entre EE.UU. y países del Golfo, y solo se han recibido 1.000 millones); y Hamas aún controla el 60% del territorio, sin señales de perder el poder. Es cierto que la situación es muy compleja, pero existe un enorme abismo entre la euforia de Trump al firmar el acuerdo y su silencio actual, mientras la pesada realidad de una Gaza que no sale del atolladero se impone.

Venezuela y Cuba: lentitud y ruido declarativo

El resto de los expedientes siguen una pauta similar: un gran inicio, un objetivo con vocación histórica, y luego un lento caminar por arenas movedizas donde nada es certero y los objetivos más ambiciosos son devorados rápidamente. En el caso de Venezuela, la vía elegida por Estados Unidos —un proceso de desmontaje de la dictadura desde dentro— parece la más sensata. Pero aún quedan 500 presos políticos, los liberados tienen derechos restringidos, los Diosdado (en referencia a Diosdado Cabello) actúan con libertad, y el aparato represivo sigue siendo poderoso. Trump debería dar señales de aceleración del proceso democrático para evitar una cronificación de la situación que solo generaría más dolor. De Venezuela pasamos a Cuba, donde navegamos entre declaraciones grandilocuentes y amenazas clásicas, pero sin una estrategia definida. Si la opción de Estados Unidos ha sido provocar el colapso económico de la isla para forzar el fin del régimen, cabría esperar menos ruido declarativo y más acción gradual. Por ahora, el ruido lo llena todo.

Irán: el frente más preocupante

Lo más inquietante es Irán. Iniciar una guerra de tal magnitud, anunciar al mundo el fin de una dictadura atroz, asegurar que no existirá ninguna amenaza nuclear iraní, y luego sumergirse en un proceso surrealista de negociaciones y rupturas, declaraciones y respuestas, amenazas y anuncios de final de la guerra, mientras el estrecho de Ormuz permanece bloqueado, es alarmante. Lo peor es la sensación de que Estados Unidos no midió adecuadamente dónde se metía: no calculó la capacidad de resiliencia del régimen iraní, no logró controlar el estrecho de Ormuz (el principal arma iraní), y no consideró que el poder se fragmentaría y caería en manos de la Guardia Revolucionaria. Tras un primer momento de poderío militar y control absoluto, la continuación ha sido un festival de declaraciones contradictorias que han creado una enorme confusión y, de paso, han dado tiempo al régimen para reorganizarse. Cuesta entender qué estrategia ha seguido la administración estadounidense después de la primera fase de la guerra, más allá de dar la imagen de un profundo hartazgo y de no saber cómo concluir el conflicto. Si al final esta guerra terminara con el régimen intacto, la cuestión nuclear sin resolver y con Irán dominando el Líbano a través de Hezbolá, el desastre sería completo.

“Arrancada de caballo, parada de burro”, reza el refrán popular, y a menudo esa es la impresión que deja Trump: una gran ambición al inicio, mucho histrionismo dialéctico durante el camino, y un globo que luego se desinfla sin gloria. Por ahora, Gaza en punto muerto, Venezuela en el limbo e Irán en una fase surrealista. Todo empezado y todo incierto.

Fuente: Infobae

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