La Gran Guerra, como se conocía entonces, apenas llevaba un año desangrando a Europa cuando, en la tarde del 7 de mayo de 1915, el submarino alemán U-20 de la Armada Imperial navegaba por el Mar del Norte, cerca de las costas de Irlanda. Tras hundir tres naves británicas, el capitán Walther Schwieger regresaba a su base para reabastecerse: apenas le quedaba combustible y solo conservaba un torpedo. No planeaba entrar en combate, pero a las 14:00 divisó por el periscopio un enorme barco que navegaba a estribor. “Frente a nosotros aparecen cuatro chimeneas y dos mástiles… sigue curso vertical al nuestro virando desde Galley Head. El barco parece ser un buque de pasajeros de grandes dimensiones”, anotó en su bitácora. Diez minutos después, al ver que la nave giraba alejándose de la costa, tomó una decisión: “El vapor vira a estribor, rumbo a Queenstown y así facilita nuestro acercamiento para lanzar torpedos. Navegamos a gran velocidad para colocarnos en posición al frente”.
El U-20 tardó solo dos minutos en disparar su último torpedo y acertar. “Disparo de proa a 700 metros, el proyectil da al costado de estribor, algo detrás del puente. Se oye una detonación extraordinaria seguida de otra fuerte explosión y de una nube que se eleva. Debe de haber habido además de la explosión del torpedo otra (caldera, carbón o pólvora)… La nave se detiene y se escora rápidamente. Al mismo tiempo, se hunde cada vez más a proa…”, describió Schwieger. En ese momento, ignoraba que la nave que se hundía era el transatlántico británico Lusitania, que había zarpado el 1 de mayo desde Nueva York con destino a Liverpool. A bordo viajaban 1959 personas.
Tras el impacto, el Lusitania comenzó a inclinarse velozmente y la tripulación apenas logró arriar seis de los cuarenta y ocho botes salvavidas. En solo 18 minutos, el enorme buque desapareció bajo las aguas. El saldo fue devastador: 1198 personas murieron ahogadas, entre ellas 94 niños y 35 bebés. Se trató del mayor desastre marítimo de la Primera Guerra Mundial.
La tragedia sacudió al Reino Unido y a Estados Unidos. Entre las víctimas había 126 estadounidenses, lo que marcó un punto de inflexión en el conflicto, mientras Washington aún se mantenía neutral. El diario The Nation calificó el hundimiento como “una deuda por la que un huno enrojecería de vergüenza, un turco se sentiría avergonzado, y un pirata bárbaro se disculparía”, y la opinión pública británica exigió que Estados Unidos le declarara la guerra a Alemania de inmediato.
Sin embargo, el presidente Woodrow Wilson evitó dar ese paso: “Existe algo como pueda ser que un hombre sea lo suficientemente orgulloso como para no luchar. Existe algo como pueda ser una nación tan cargada de razón que no necesita convencer a otros por la fuerza de que está en lo cierto”, argumentó. Estados Unidos tardaría dos años en entrar en la guerra. Por primera vez en la historia se habló de un “crimen de guerra”, pues en apariencia el Lusitania solo transportaba pasajeros civiles y ninguna carga militar. Las investigaciones posteriores demostrarían lo contrario.

Engaños de guerra
Cuando el U-20 atacó al Lusitania, Gran Bretaña ya había declarado el Mar del Norte como zona de guerra, lo que le permitía atacar cualquier embarcación alemana en esas aguas, incluso si solo llevaba civiles o alimentos. Los británicos sabían que eran superiores en el mar, pero la llegada de los submarinos U-Boot cambió el equilibrio. Para 1915, el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, había ordenado camuflar barcos de guerra como mercantes. Al descubrir la maniobra, los alemanes comenzaron a torpedear toda nave que encontraran, sin detenerse a auxiliar a las tripulaciones.
En ese contexto, y con Estados Unidos aún neutral, el 23 de abril de 1915 —dos semanas antes del ataque— la embajada alemana en Washington difundió un comunicado en varios diarios: “Se recuerda a los viajeros que tengan la intención de cruzar el Atlántico que existe el estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y sus aliados; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las islas británicas y que, según advertencias formales del Gobierno Imperial Alemán, los barcos que lleven la bandera de Gran Bretaña, o de cualquiera de sus aliados, son susceptibles de ser destruidos en estas aguas y que los pasajeros que viajen a la zona de guerra en barcos de Gran Bretaña o de sus aliados lo hacen por su cuenta y riesgo”.

Al llegar a la zona de guerra, el capitán del Lusitania, William Turner, debía esperar un buque de la Armada Real que lo escoltara hasta el puerto. Al no encontrarlo, decidió continuar solo e indefenso rumbo a Liverpool. Esa decisión resultó fatal.
Cuando británicos y estadounidenses acusaron a Alemania de crimen de guerra, Berlín respondió justificando el ataque: afirmaron que el Lusitania era en realidad un buque militar camuflado, con la misión de romper el bloqueo para llevar armas. Sostuvieron que en su bodega llevaba cuatro millones de proyectiles fabricados en Estados Unidos, repartidos en 5.400 cajas, además de cobre y latón para uso militar.

Un arsenal en la bodega
Investigaciones posteriores a la guerra confirmaron que los alemanes tenían razón. Al revisar los manifiestos de carga reales —que habían sido reemplazados por otros falsos que solo mencionaban comida y pasajeros— se descubrió que el material de guerra estaba a bordo, con destino a Liverpool. En 2011, una expedición submarina a los restos del transatlántico corroboró los datos: las bodegas estaban repletas de munición, lo que explicaría la serie de explosiones tras el impacto del torpedo que hundieron el barco.
Otras investigaciones apuntan a Churchill, acusándolo de saber que el transatlántico corría riesgo y de haber mirado hacia otro lado. “En una reunión en la sala de mapas del Almirantazgo, el 1 de mayo, se le advirtió que espías británicos en Alemania habían informado de la salida del U-20 y que este podía cruzarse con el Lusitania. A pesar de las advertencias, Churchill ordenó que el Juno, el crucero que debía escoltar al Lusitania, abandonara la zona y se dirigiera a puerto”, explica el especialista J. M. Sadurni en National Geographic. Y pregunta: “¿Fue el gran transatlántico una víctima sacrificada exprofeso para que Estados Unidos pudiera justificar su participación en la Primera Guerra Mundial? ¿Fueron las 1.200 personas que murieron en el ataque ‘daños colaterales’ perfectamente asumibles?”. Aunque Estados Unidos no entró en la guerra hasta dos años después, muchos historiadores consideran que el ataque al Lusitania fue determinante para que Washington decidiera participar.

Un punto de inflexión
Cualquiera sea la explicación, el hundimiento del Lusitania marcó el primer hito hacia la participación estadounidense en la guerra. Tras el ataque, Woodrow Wilson exigió una disculpa a Alemania y le pidió limitar la guerra submarina, promesa que Berlín cumplió hasta 1917, cuando reanudó los ataques.
Esa violación, sumada al descubrimiento del telegrama Zimmermann —en el que el canciller alemán proponía una alianza entre México y Alemania si Estados Unidos entraba en guerra— llevó a Washington a declarar la guerra a los alemanes.
El ingreso estadounidense fue determinante para el desenlace del conflicto a favor de la Entente. Con la ayuda de Washington, los aliados lanzaron la Ofensiva de los 100 Días, que provocó la derrota militar de Alemania. La guerra terminó oficialmente a las 11:11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918.
Los restos del Lusitania yacen en el fondo del mar. Algunas partes han sido rescatadas en expediciones y hoy forman parte de la exposición permanente del Merseyside Maritime Museum de Liverpool.
Fuente: Infobae