Mientras otras civilizaciones antiguas erigían monumentos para dioses y gobernantes, los habitantes de la cultura del Indo en Mohenjo Daro, situada en la provincia de Sindh, Pakistán, prefirieron dedicar sus mayores recursos a sistemas de baños públicos y drenaje subterráneo.
Entre 2600 y 1900 a.C., esta urbe llegó a albergar hasta cien mil personas. Su infraestructura comunal, compuesta por pozos privados, plataformas de baño con desagüe y letrinas conectadas a alcantarillas cubiertas, no tuvo paralelo hasta la Roma clásica.
La arqueóloga Uzma Rizvi, del Pratt Institute de Brooklyn, explicó que la singularidad de Mohenjo Daro radica en su monumentalidad horizontal: a diferencia de otras culturas coetáneas, no existen pirámides ni templos que impongan distancias sociales, sino una ciudad planificada en función del bienestar colectivo. Los ladrillos estandarizados y las pesas de piedra halladas en el sitio revelan producción en masa, coordinación regional y un sistema común de medidas.
Los pisos pulidos en los cuartos de baño —algunos con residuos de aceites usados para el cuidado de la piel— y la presencia de juguetes de arcilla en los desagües dan cuenta de la vida cotidiana de sus habitantes, donde incluso los niños llevaban sus juguetes al baño, según documentaron los arqueólogos.
A diferencia de otras culturas, Mohenjo Daro no presenta restos visibles de grandes gobernantes ni de guerras. La ausencia de jerarquías y violencia en su iconografía y arquitectura desconcierta a los especialistas.
Adam Green, arqueólogo especializado en desigualdad social, remarcó a National Geographic que la inexistencia de reyes, castas o élites dominantes es un patrón que se repite en más de 1.500 yacimientos harappenses, distribuidos en 930.000 kilómetros cuadrados —desde Irán hasta los alrededores de Delhi—, todos con características arquitectónicas y de ingeniería sanitaria comunes.
Un modelo urbano avanzado en la civilización del Indo
El redescubrimiento de Mohenjo Daro ocurrió en 1917, cuando Rakhaldas Banerji, del Servicio Arqueológico de la India, halló herramientas talladas de roca en un montículo que la tradición local consideraba maldito. Las excavaciones iniciadas en 1922 revelaron muros de ladrillo, brazaletes de vidrio, dados y, principalmente, sellos de esteatita con inscripciones desconocidas.
En 1924, sir John Marshall, director del Servicio Arqueológico, anunció internacionalmente el hallazgo, aunque con una datación errónea por dos milenios. Poco después, un asiriólogo de la Universidad de Oxford identificó sellos similares en Susa, Irán, fechándolos en el tercer milenio a.C. y ubicando a la civilización del Indo como contemporánea de Egipto y Mesopotamia.

Redescubrimiento y principales hallazgos
Entre los hallazgos más conocidos de Mohenjo Daro se encuentran la Chica Bailarina —una estatuilla de bronce de 10 centímetros—, el llamado Rey Sacerdote y el sello Pashupati, que muestra una figura sentada, probablemente con tres cabezas. Los nombres dados a estas piezas obedecen más a la imaginación de sus descubridores que a certezas sobre la sociedad que las produjo.
Al no encontrarse archivos, cuentas comerciales ni equivalentes a la piedra de Rosetta, la escritura del Indo sigue siendo indescifrable. Se han hallado casi 5.000 sellos de esteatita con símbolos, aunque la falta de textos largos o bilingües priva a los especialistas de claves para su interpretación.
En cuanto a la organización social, la ausencia de grandes edificaciones políticas o militares refuerza la hipótesis de una sociedad sin élites dominantes y orientada al bienestar común.

El dilema de la conservación y el impacto climático
El suelo salino de Sindh supone el mayor desafío para la conservación: la sal asciende y daña los restos arqueológicos, agravado por obras hidráulicas del siglo XX. Cuando las excavaciones se reanudaron en 1950, las aguas subterráneas ya inundaban parte del yacimiento. Los restos se extienden hasta 23 metros bajo tierra, pero el tercio inferior permanece sumergido e inaccesible.
En agosto de 2022, lluvias monzónicas extremas —que afectaron a treinta y tres millones de personas en Pakistán— golpearon Mohenjo Daro con siete veces su precipitación anual, provocando el colapso de muros y el hallazgo de nuevas piezas, como monedas de cobre de época budista.
Desde 1965, el dilema entre excavar o preservar marca el destino del sitio. La campaña de conservación de la UNESCO, finalizada en 1997 tras una inversión de USD 23 millones, dejó resultados ambiguos: intervenciones mal planificadas dañaron estructuras aún no exploradas y plantas introducidas para absorber sal también perjudicaron los cimientos.
En mayo de 2025, tras décadas de indecisión, las autoridades de Pakistán autorizaron nuevas excavaciones. Un equipo binacional de tres decenas de especialistas, dirigido por J. Mark Kenoyer de la Universidad de Wisconsin-Madison, abrió dos zanjas al oeste de la estupa principal.
Aunque la excavación fue superficial, permitió localizar muros previos y sentar las bases para datar con precisión el asentamiento más antiguo del lugar. Kenoyer informó a National Geographic que buscan confirmar una antigüedad de 3300 a.C., como ya se logró en otros puntos del Valle del Indo.
Uzma Rizvi, quien trabaja en Mohenjo Daro desde 2019, señala que excavar sin las preguntas adecuadas puede ser contraproducente, pues la arqueología es un proceso destructivo. Su investigación actual utiliza informes históricos y tecnología de teledetección para analizar cómo los habitantes modificaron espacios y viviendas a lo largo del tiempo, revelando así sus prioridades y estrategias de adaptación.
Fuente: Infobae