Una de las joyas más queridas de la fallecida Cayetana de Alba, la tiara conocida como ‘la rusa’, ha reaparecido al otro lado del Atlántico. La pieza fue vendida en Estados Unidos por dos millones de dólares (aproximadamente 1,7 millones de euros), según reportó El País. El comprador, un coleccionista cuya identidad se mantiene en anonimato, ahora posee esta carga sentimental de la aristócrata más titulada del mundo.
La venta de esta joya tiene su origen en una decisión que la duquesa tomó en los años noventa. Con su carácter apasionado y entrega a sus hijos, Cayetana decidió desprenderse de la diadema heredada de su abuela materna, María del Rosario Gurtubay, para cumplir el sueño de su hijo Cayetano.

En sus memorias, Yo Cayetana, la aristócrata recordó: “Tuve que vender la diadema rusa para que Cayetano se pudiera comprar un caballo maravilloso, Gigoló, y pudiera dedicarse a la equitación y competir”. Aquel caballo de competición no fue una inversión menor. Hoy, el duque de Arjona logró, gracias a ese apoyo, un cuarto puesto por equipos en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Para Cayetana, la joya era “una muy querida y simbólica para la Casa y para mí”, pero el futuro profesional de su hijo pesó más que el platino y los diamantes.
Una joya imperial bajo el sello de Eduardo VII
La pieza es una rareza en el mercado internacional, ya que es poco común encontrar tiaras de este calibre fuera de colecciones reales o museos. Apodada ‘la rusa’ por su forma de kokoshnik —el tocado tradicional de campesinas rusas que las zarinas llevaron a la alta joyería—, la tiara destaca por su diseño geométrico y por estar cubierta de centenares de diamantes antiguos.

Según la galería estadounidense M.S. Rau, ubicada en Nueva Orleans y mediadora en la venta, la diadema es “una maravilla del estilo de la época del rey Eduardo VII”. Los joyeros de principios del siglo XX usaron platino para crear “círculos concéntricos elaborados con delicados calados y perforaciones que imitan el bordado y el encaje”. Esta técnica permitía ligereza y resistencia, convirtiendo la pieza en una obra de arte de la orfebrería.
Entre bodas reales y desencuentros familiares
Aunque Cayetana posó con ella en su juventud ante el objetivo del fotógrafo Juan Gyenes, la tiara también fue testigo de tensiones familiares en los Alba. La duquesa la prestó para las bodas de sus hijos mayores, pero no siempre con buenos augurios. En julio de 1977, María de Hohenlohe-Langenburg la lució en su enlace con Alfonso Martínez de Irujo, aunque, según la duquesa, lo hizo a regañadientes. “El incidente de la diadema marcó ya un inicio desagradable con María, mi primera nuera”, confesó Cayetana en sus memorias.
Una década después, en 1988, la tiara volvió a brillar en la cabeza de Matilde Solís-Beaumont durante su boda con Carlos, el primogénito y actual duque de Alba. Curiosamente, ambos matrimonios terminaron en separación, alimentando una leyenda negra sobre quienes lucían el imponente kokoshnik. Tras salir de las manos de la duquesa, la tiara inició un periplo internacional. Fue expuesta en el prestigioso museo Victoria & Albert de Londres junto a joyas de las coronas rusa y francesa. Luego, fue vista en anticuarios neoyorquinos antes de acabar en la colección privada del hombre que, a través de Bill Rau —dueño de M.S. Rau—, ha formalizado su venta.
Esta venta coincide con otra operación sonada de la misma galería: la venta de un cuadro de Renoir, El sombrero de cerezas, que también perteneció a la duquesa de Alba y fue adquirido por un español por 8,7 millones de euros para que la obra regresara a España. Sin embargo, a diferencia del cuadro, no hay noticias de que la tiara vaya a volver al país.
Fuente: Infobae