Lupe de la Cuesta tiene 22 años y desde los 16 supo que debía hacer algo para que todos los niños pudieran disfrutar de su infancia. Su historia comenzó en un viaje escolar a Añatuya, Santiago del Estero, donde conoció a Maia, una niña de 7 años que no sabía las vocales. Ese encuentro le mostró una realidad muy distinta a la suya: Lupe creció en una familia acomodada en la provincia de Buenos Aires, estudiaba en un colegio privado y escribía cuentos desde pequeña. «Me duele sentir que no llegamos a tiempo», confiesa Lupe, refiriéndose a los niños que han sufrido situaciones difíciles antes de recibir ayuda.

La organización Volver nació de esa experiencia. «Volvimos con el corazón rebalsado», recuerda Lupe. Lo que empezó como un viaje anual a Añatuya se convirtió en un proyecto constante. Ahora, más de 30 voluntarios trabajan en un hogar del barrio de Parque Chas llamado María del Rosario, donde realizan actividades como hacer pulseras, jugar con masa, saltar la soga y jugar al fútbol. «Nos llamamos Volver, si no vas a volver no vengas», explica con firmeza.
Lupe es referente afectiva de Santiago, un adolescente de 14 años. Lo conoció haciendo apoyo escolar y desde entonces lo acompaña en partidos de fútbol y en su día a día. «Hay un dolor muy grande de decir no llegamos a tiempo, si te hubiese conocido cuando tenías cinco en vez de cuando tenías diez…», reflexiona. Sin embargo, destaca la importancia de no conocer los detalles de las historias pasadas de los niños para evitar relacionarse desde la lástima. «Nos gusta conocerlos por lo que es hoy: un pibe que le encanta jugar al fútbol, que es de River», aclara.

El proyecto también impulsa salidas recreativas y referentes afectivos: voluntarios que establecen un vínculo especial con uno o varios niños. «Cuando los chicos ingresan tratamos de saber lo menos posible sobre su historia», afirma Lupe. Esta metodología permite que los niños se sientan mirados de forma individual, algo que en las instituciones suele faltar. «Hasta el mejor hogar es una institución y hay veintidós chicos», comenta.

Lupe recuerda con emoción cuando una niña la vio en un acto escolar: «La cara cuando me ve y me reconoce, deja de cantar, le dice ‘está Lupe’ y me señala». Esos momentos reafirman su compromiso. «Mutuamente nos cambiamos la vida, nos cambia el propósito, el levantarnos a la mañana», asegura.

La organización también realiza viajes a Añatuya durante Pascua y el Día de la Infancia. Recientemente volvieron de uno y ya planean el próximo en agosto. «Necesitamos siempre voluntarios y donaciones», pide Lupe. Invita a quienes quieran sumarse a escribirles.

Uno de los momentos más gratificantes para el equipo es cuando un niño es adoptado. «Cuando llega el momento, no podíamos explicar la felicidad», dice Lupe. «Hay historias que hacen que valga la pena todo y a cada chico que entra soñamos con que tenga una historia tan linda como algunos de los que vimos irse en adopción».

Lupe reflexiona sobre el privilegio y la responsabilidad: «Soy una privilegiada, y hay que entender que no todos viven la misma vida». A pesar de los desafíos, su determinación es clara: «Nos vamos a olvidar de que hay chicos viviendo así y nos vamos a convertir en lo que criticamos. Eso no puede pasar».

Para Lupe, el trabajo con los niños le da un propósito mayor. «Me dan un porqué mucho más grande. No me fue tan bien en el parcial, no pasa nada, estoy yendo para otro lado», concluye.

Fuente: Infobae