En los últimos meses, la editorial Tusquets ha emprendido una campaña para recuperar la obra de la escritora suiza Fleur Jaeggy. Tras lanzar títulos como El dedo en la boca y Las estatuas de agua, a principios de año llegó el turno de una de sus novelas más galardonadas: Los hermosos años del castigo. Esta obra la colocó en el centro de la escena literaria a inicios de los años noventa como una autora inclasificable y desconcertante.
Los hermosos años del castigo transcurre en un internado femenino situado en el cantón de Appenzell, Suiza, durante la década de 1950. Narrada desde la perspectiva de una protagonista sin nombre, la novela retrata la vida de alumnas sometidas a un entorno de disciplina y contención. La autora explora cómo se forja la identidad en medio de rituales rígidos y lazos afectivos apenas esbozados. Jaeggy emplea una prosa medida para dibujar un microcosmos donde la obediencia y la violencia sutil marcan el destino de las jóvenes.
La narradora, cuyo recorrido vital se asemeja en varios puntos a la biografía de la autora, crece lejos de sus padres: la madre reside en Brasil y dirige su educación por correspondencia, mientras que el padre vive en un hotel suizo. Entre los hechos más relevantes, la madre decide internarla desde los ocho años y le asigna una compañera de dormitorio alemana, obligándola a convivir con las alumnas más pequeñas. Esta situación le provoca vergüenza y agrava la falta de intimidad y afecto. Las relaciones familiares son escasas y carentes de gestos de cariño, lo que profundiza el aislamiento de la protagonista.

El comienzo se distingue por un tono sombrío: la narradora imagina su propia muerte por congelación, evocando la figura del escritor suizo Robert Walser, también marcado por la enfermedad mental y su fallecimiento en la nieve. Walser, además, escribió una novela de iniciación en un internado, Jakob von Gunten. Aunque sus estilos sean radicalmente distintos, hay algo que los emparenta de forma inevitable.
Represión, control y deseo
La irrupción del personaje de Frédérique Conte alterará la rutina y dará paso a una relación de cercanía intelectual y personal. Desde el primer momento, la atracción por la nueva alumna estructura el vínculo entre ambas a través de caminatas solitarias y visitas a la habitación de Frédérique después de clases. En este contexto, la narradora rechaza la amistad de Marion, una alumna menor, para preservar el vínculo exclusivo con Frédérique, llegando incluso a imitar aspectos de su escritura y comportamiento.

La novela examina la evolución emocional de las estudiantes en el internado suizo. Destaca la influencia de Frédérique y la presencia de personajes como Marion o la llamada ‘negrita’, quien, por ser hija de un dirigente africano, sufre una discriminación silenciosa basada en su origen racial y es marginada por sus compañeras.
La narradora experimenta una infatuación que nunca se concreta en el plano físico, dominada por la nostalgia y la idealización. Frédérique, segura de sí misma y con más experiencia sentimental, ostenta una posición dominante, mientras que la narradora la imita, aprendiendo de sus gestos y actitudes.
El relato alterna las evocaciones del pasado y el presente, remarcando la distancia emocional y la imposibilidad de recuperar la inocencia previa al internado. El avance pausado de la trama y los resultados académicos mediocres de la narradora evidencian su vacío y su aspiración a una “vida verdadera” fuera del internado, un anhelo que le infunde temor.

La llegada de Micheline, una nueva alumna con una actitud marcada por la energía y la franqueza, junto a la partida repentina de Frédérique tras la muerte de su padre, suponen cambios en la vida escolar. Terminadas las vacaciones junto al padre, la narradora es enviada a otro internado con formación práctica en tareas domésticas, pero esta vez rechazará seguir los designios maternos.
Una escritora dueña de un estilo esencial
Fleur Jaeggy desarrolla en Los hermosos años del castigo un estilo esencial, contenido y directo, que evita el exceso emocional para ofrecer una aproximación crítica mediante la observación precisa y un lenguaje mesurado. La autora recurre a sugerencias evocadoras que muestran la complejidad de los sentimientos y la violencia emocional inherente a los lazos familiares y escolares.
Es una de esas obras que son indómitas por naturaleza, aunque su apariencia resulte lo contrario, y una de las mejores formas de aproximarse al universo malsano de esta escritora magnífica que domina el arte de la incomodidad y el extrañamiento. Frases como
“La alegría sobre el dolor es maliciosa, tiene veneno. Es una venganza. No es tan angélica como el dolor”
y la confesión
“No sentía ya nada en particular”
, son un ejemplo del estilo de la autora.
Los hermosos años del castigo reflexiona en torno al aprendizaje emocional, a la meditación sobre el deseo y la identidad, donde la disciplina rigurosa y la obediencia esconden jerarquías invisibles y una violencia moral que pueden conducir a la depresión, la insubordinación o, incluso, la locura, también al vacío más absoluto.
Fuente: Infobae