Todo comenzó con una caída desde un trampolín. El pequeño se golpeó el ojo y su madre, Michelle Bodzsar, lo llevó de urgencia al médico, quien determinó que no era nada grave.
Esto ocurrió en Adelaida, al sur de Australia. Al salir de la consulta, la mujer le comunicó a su esposo, familiares, amigos y a la escuela que su hijo de seis años padecía cáncer ocular. Más precisamente, dijo que tenía tres tumores en el nervio óptico y que requería ocho sesiones de quimioterapia.
Durante semanas, la rutina del niño cambió drásticamente. Dejó de correr, jugar y comportarse como cualquier pequeño de su edad. Su madre se encargó de que así fuera.
Un montaje minucioso
Para que nadie sospechara, Michelle preparó una puesta en escena milimétrica. Le rapó la cabeza al niño, le colocó un parche en el ojo y lo sentó en una silla de ruedas.
Además, le suministró medicamentos innecesarios, obligándolo a ingerirlos “incluso cuando claramente no quería”, según consta en la resolución del juez, citada por 7NEWS. La manipulación fue tan profunda que logró convencer al propio menor de que estaba realmente enfermo.
Paralelamente, abrió una campaña de recaudación en redes sociales. Publicó imágenes del pequeño con la cabeza rapada y redactó mensajes que se difundieron ampliamente en su círculo. “Es insoportable ver a mi hijo pasar por esto”, escribió en una de sus publicaciones.
En otro mensaje agregó: “El tiempo pasa día y noche con gritos de angustia al tomar su medicina, y un calor indescriptible en el cuerpo”. La comunidad local reaccionó. También lo hizo la escuela privada del menor. Entre mediados de noviembre y el 13 de diciembre de 2024, la campaña logró reunir cerca de 6.400 euros, destinados a un tratamiento inexistente.

“Me siento como un peón”
Su esposo, Ben Miller, creyó cada palabra durante meses. Michelle le aseguró que una tomografía había detectado los tumores, que el tratamiento era urgente y que no había tiempo que perder. Por supuesto, Miller no dudó.
Solo supo que su hijo no tenía cáncer cuando la policía tocó a su puerta y lo arrestó. En una declaración leída ante el tribunal, escribió: “Tenía plena confianza en ti como mi esposa y nunca dudé. Ahora me siento como un peón en una partida de ajedrez, usado y luego desechado”.
Fuera de la sala, fue más contundente: “Ninguna condena puede justificar jamás lo que se les hizo a mis hijos”. Los cargos en su contra fueron retirados en 2025, tras confirmarse que ignoraba el engaño.
El desenlace
La policía identificó inconsistencias en su relato y abrió una investigación. La conclusión fue rápida: “El niño no está recibiendo ningún tratamiento médico”, declararon las autoridades en conferencia de prensa.
Sin embargo, la enfermedad ficticia ya había provocado un grave daño psicológico al menor y también a su hermano. Michelle fue detenida en diciembre de 2024.
En un principio, enfrentó más de 60 cargos, incluido uno por negligencia criminal. Tras un acuerdo, admitió un cargo por actos que dañaron a su hijo y diez por engaño. Los demás fueron desestimados.
El 16 de octubre compareció por videoconferencia desde la prisión de mujeres de Adelaida. Durante la audiencia se mostró impasible. Solo cuando el tribunal confirmó su declaración de culpabilidad, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Deudas de juego detrás del fraude
La defensa intentó contextualizar los hechos. Según sus abogados, Michelle desarrolló una adicción al juego tras la pandemia y acumuló deudas que no podía pagar. Vivía por encima de sus posibilidades, obsesionada, según sus propias palabras, con “las últimas marcas”.
Sus representantes legales calificaron lo ocurrido como un “error de juicio monumental y grave” y señalaron que tenía diagnosticado un trastorno límite de la personalidad. Afirmaron que intentaba, de forma “tontamente equivocada”, aliviar la situación económica familiar.
Finalmente, el juez la condenó a cuatro años, tres meses y 20 días de prisión, con posibilidad de solicitar libertad condicional tras cumplir dos años y cuatro meses.
Fuente: Infobae