En mayo de 1998, Craig Venter sorprendió al mundo al anunciar que su empresa privada descifraría el genoma humano antes que el consorcio público internacional financiado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y China. La comunidad científica quedó atónita. Así era Venter: un científico y empresario que falleció ayer en San Diego, California, a los 79 años, “tras una breve hospitalización por efectos secundarios inesperados derivados del tratamiento de un cáncer diagnosticado recientemente”, según el comunicado oficial de su instituto.
Venter fue una figura polarizante: admirado por su visión y criticado por su egocentrismo. Nació el 14 de octubre de 1946 en Salt Lake City, Utah, y creció en un suburbio obrero al sur de San Francisco, en una casa junto a las vías del tren. En la secundaria destacó en talleres prácticos, no en aulas. Tras graduarse, se alistó en la Marina durante la Guerra de Vietnam y fue destinado al hospital de Da Nang durante la ofensiva del Tet. “La guerra de Vietnam cambió totalmente mi vida. La vida era tan barata allí. De ahí viene mi sentido de urgencia”, recordaría después.

Tras dos estancias en el calabozo por desobedecer órdenes, estudió en la Universidad de California en San Diego y completó su licenciatura y doctorado en solo seis años. En 1984, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EE.UU. lo contrataron, donde desarrolló el método EST para identificar genes de forma más rápida y barata que el Proyecto Genoma Humano que recién comenzaba.
La carrera por descifrar el genoma humano

La polémica estalló cuando el NIH intentó patentar fragmentos de genes de función desconocida, desatando un debate internacional. James Watson, director del proyecto, se opuso y renunció. Venter dejó el NIH, fundó el instituto sin fines de lucro TIGR y en 1998 lanzó Celera Genomics con el objetivo de ganar la carrera. Su estrategia se basó en el método “shotgun”: cortar el ADN en miles de fragmentos pequeños, leerlos por separado y ensamblarlos como un rompecabezas.
El investigador Lluís Montoliu, del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC) de España, matizó que aquella batalla fue más una colaboración: “No existió tal batalla y fue más una colaboración que una competición”, dijo a Science Media Center España.

Celera necesitaba el mapa físico del proyecto público, y este necesitaba los fragmentos de Celera para completar el genoma. El resultado fue una publicación doble el 15 de febrero de 2001: el consorcio público publicó el genoma en Nature y, un día después, Celera publicó el suyo en Science. Un detalle revelador: su propio ADN fue la principal fuente entre las cinco personas usadas para construir el genoma de Celera.
Crear vida desde cero

Venter nunca se detuvo. En 2010, su equipo construyó desde cero el genoma completo de una bacteria, lo fabricó con componentes químicos a partir de un archivo de computadora, lo introdujo en una célula y logró que esa célula viviera y se reprodujera. “Un médico puede salvar cientos de vidas en toda su carrera. Un investigador puede salvar al mundo entero”, sostenía Venter. La bacteria, llamada Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0, fue la primera forma de vida controlada por un genoma diseñado digitalmente, dando origen al campo de la biología sintética, con aplicaciones en medicina, energía y alimentación.
A través de la expedición Sorcerer II, Venter y su equipo recorrieron los océanos del planeta para analizar el ADN de millones de microorganismos.

El resultado fue el descubrimiento de millones de genes desconocidos y una comprensión más profunda de la vida microscópica que sostiene los ecosistemas marinos. Apenas tres meses antes de morir, en enero de 2025, Venter lanzó su última apuesta: Diploid Genomics, Inc., una empresa que combina inteligencia artificial, secuenciación genómica e imágenes médicas para diagnósticos más precisos y personalizados.
El doctor Montoliu lo describió como “uno de los científicos más influyentes, vehementes, agresivos y ambiciosos” de su época, y añadió que merece ser recordado “no por sus frecuentes posicionamientos personalistas, sino por sus aportes”: haber demostrado que los seres humanos son la primera especie capaz de leer e interpretar su propio genoma.

En diálogo con este medio, el científico Lino Barañao, ex ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de Argentina, recordó: “Conocí a Craig Venter cuando viajamos en una misión para ver el proyecto de secuenciación de la bacteria antártica. Ese proyecto, llamado Genoma Blanco, se concretó en 2008 y fue la primera secuencia de un organismo local argentino en publicarse, presentado incluso en Casa de Gobierno. Fue un hito y el puntapié inicial al desarrollo de la genómica en Argentina”.
Barañao añadió: “Venter era un personaje fuera de serie. Tenía una foto de él mitad con guardapolvo y mitad con traje de empresario, y eso resumía su esencia. Contribuyó a instalar la figura del científico empresario y a demostrar que ambos roles no eran incompatibles. Para él, la única manera de que los descubrimientos científicos llegaran a la población era a través del puente entre el laboratorio y el mercado”.

La participación en la carrera por el genoma humano “aceleró los tiempos y tuvo un efecto mediático enorme. Sin esa competencia entre lo público y lo privado, difícilmente la opinión pública habría prestado tanta atención. En ese sentido fue positivo”. Aclaró que la decodificación del genoma “no fue el negocio que Venter esperaba. Recién ahora empiezan a comercializarse productos basados en genes específicos. Pero Venter tuvo esa visión y dejó una contribución real: cambiar el estereotipo del científico como alguien ajeno al mundo de los negocios”.
Fuente: Infobae