En la Antigua Grecia, Afrodita era venerada como la diosa del amor y la belleza. Fue el mortal Paris quien, en el famoso juicio de la manzana, la proclamó como la más hermosa del Olimpo. Este episodio mitológico, narrado por el poeta romano Ovidio en Heroidas (XVI, 65-68), tuvo lugar durante las nupcias de Tetis y Peleo. Allí, la diosa de la Discordia arrojó una manzana dorada, desafiando a la más bella a tomarla. Hera, Atenea y Afrodita reclamaron ese honor, y Paris fungió como juez. Cada una le ofreció una tentadora recompensa; él escogió a Afrodita, quien le prometió el amor de Helena, desencadenando la Guerra de Troya.
Este concurso de belleza fundacional revela que las representaciones artísticas de Afrodita que perduran hoy reflejan el ideal estético del clasicismo: una belleza idealizada, libre de imperfecciones, acorde con la divinidad. Las esculturas helénicas, copiadas por los romanos, marcaron el canon estético del Renacimiento y más tarde del Neoclasicismo. Aunque se dice que sobre gustos no hay nada escrito, el concepto de gusto ha sido ampliamente debatido por la filosofía y la estética.
¿Quién determina qué es bello?
La reflexión sobre la belleza existe desde la Antigüedad, pero la estética como disciplina filosófica surgió en el siglo XVIII con A. G. Baumgarten. Él la definió como la ciencia de los objetos sensibles, las “cosas percibidas” (aisthetá), en contraste con las cosas conocidas (noetá), propias de la lógica. Immanuel Kant sostuvo que lo bello provoca un juicio desinteresado con pretensión de universalidad, sin un fin práctico. En cambio, el empirista David Hume argumentó que la belleza no reside en las cosas mismas, sino en la mente que las contempla, variando según la sensibilidad y experiencia de cada individuo.
Pese a sus diferencias, estas perspectivas comparten un rasgo común: fueron formuladas mayormente por hombres, cuya mirada se presenta como universal. La belleza de Afrodita es incuestionable, repetida en el arte y certificada por la manzana dorada. Pero en el mito, ¿quién actuó como juez y jurado? Paris, un hombre mortal.
La mirada masculina en la actualidad
El concepto de male gaze (mirada masculina) ha cobrado relevancia en los últimos años, especialmente en redes sociales y el ámbito audiovisual. Se refiere a la construcción de personajes femeninos desde el punto de vista de hombres heterosexuales, a menudo hipersexualizados y reducidos a objetos de contemplación. Autoras como Martha Nussbaum y Sandra Bartky denominan este proceso cosificación. El término fue acuñado por la feminista Laura Mulvey en su ensayo Visual Pleasure and Narrative Cinema (1975), donde analiza cómo el cine clásico reproduce desigualdades de poder.

Esta mirada parece intensificarse en la nueva temporada de la serie Euphoria. El personaje de Cassie (interpretado por Sydney Sweeney) crea contenido erótico para redes sociales, introduciendo la monetización de la mirada masculina. El tráiler generó críticas por la exagerada sexualización del personaje y la actriz.
Persona versus personaje
En los nuevos episodios, Cassie vive en su “burbuja residencial republicana”. La primera imagen, donde aparece vestida de perrito sobre una caseta, ejemplifica la cosificación y la mirada masculina. Su prometido le reprocha venderse por dinero; ella alega que solo busca contribuir a la economía familiar. Sydney Sweeney encarna a la mujer despampanante, siguiendo la línea de Marilyn Monroe o Dolly Parton. Pero, ¿qué ocurre con la persona real? ¿Es ella la nueva Afrodita? ¿Quién lo decide?
Euphoria es creada, escrita y dirigida principalmente por un hombre: Sam Levinson. La mirada sobre la actriz, que alcanzó la fama con esta serie, ha sido moldeada por un creador masculino, entrelazando el valor que el personaje y su entorno dan a su físico con la forma en que la serie la observa. Tras su éxito en Euphoria, Sydney Sweeney ha protagonizado películas y colaborado con marcas como American Eagle, consolidándose como un ícono femenino.
El público masculino ha aprobado vocalmente el cuerpo de la actriz. Bajo esa mirada, Sweeney representa una voluptuosidad afrodisiaca que ha sido objeto de deseo durante siglos. Como comentó un usuario en X: “Sydney Sweeney puede quedarse quieta como una estatua, y aun así los hombres pagarían por verla”. Esto ocurre independientemente de su aprobación o deseo; es la mirada externa, considerada mayoritaria, la que la ha erigido en un ícono sexual sin consultarle.
La belleza de Afrodita en la era moderna
Los estándares de belleza han cambiado desde Las tres Gracias de Rubens hasta las Kardashian. En cada década, un ideal estético determina la belleza femenina, sin considerar gustos personales. Lo bello en el cuerpo femenino adquiere esa categoría bajo la mirada masculina, que se atribuye universalidad. Como señaló el novelista André Malraux:
“Hay gustos así como hay colores; pero los hombres se ponen de acuerdo más fácilmente sobre la belleza de las mujeres que sobre la de los cuadros, porque casi todos han estado enamorados y no todos han sido ‘amateurs’ de la pintura”.
Profesora de Historia del Arte, Universidad de La Rioja.
* Profesor de Filosofía, Universidad de La Rioja.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Fuente: Infobae