Mientras la inteligencia artificial avanza a un ritmo vertiginoso, las cifras educativas en América Latina encienden alarmas: más de la mitad de los estudiantes no alcanza niveles mínimos de comprensión lectora y una alarmante proporción no logra resolver operaciones matemáticas básicas. En este contexto, la UNESCO para América Latina y el Caribe lanzó recientemente el Observatorio de Inteligencia Artificial en la Educación, una plataforma regional destinada a ayudar a los Estados a integrar la IA en la educación con un enfoque en equidad, calidad y desarrollo sostenible.
Durante la presentación, su directora señaló que la irrupción de la IA debe asegurar que se traduzca en más y mejores oportunidades para todos. En medio de una crisis de aprendizajes y una rápida adopción tecnológica, planteó que es necesario actuar con urgencia, pero también con responsabilidad ética y sentido pedagógico, para que la inteligencia artificial fortalezca los aprendizajes, apoye la labor docente y contribuya a cerrar, no a ampliar, las brechas existentes. Hoy, la IA no viene a resolver los problemas de la educación ni a reemplazarla, sino a exponer sus deudas. Entre ellas, una especialmente crítica: la deuda cognitiva. Sin comprensión profunda, sin pensamiento crítico, sin capacidad de argumentar, la IA no amplifica capacidades humanas, sino que las reemplaza.
Está comprobado que los estudiantes con una base educativa sólida, al usar la IA, amplifican y expanden sus capacidades cognitivas. En cambio, quienes no tienen esa base la utilizan como sustituto y le delegan el razonamiento. Por lo tanto, la brecha es más didáctica que tecnológica. La pregunta clave es:
“¿cómo usar pedagógicamente una tecnología que ya está transformando la forma de aprender, enseñar y producir conocimiento?”
En los últimos tiempos, el debate educativo se ha estancado en falsas dicotomías: prohibir o permitir el uso de tecnologías en el aula. Pero esa discusión es insuficiente. La verdadera pregunta no es si los estudiantes usan inteligencia artificial, sino si la escuela les está enseñando a pensar con ella. El Observatorio de la UNESCO plantea un cambio de enfoque: no se trata de incorporar herramientas, sino de construir condiciones. Esto implica asumir que el valor pedagógico de la IA no está en el algoritmo ni en la información que aporta, sino en las decisiones didácticas que la orientan. Sin un marco pedagógico sólido, la innovación tecnológica puede profundizar las desigualdades en lugar de reducirlas.
En este escenario, es imprescindible avanzar en varias direcciones. Por un lado, tener claros los aprendizajes fundamentales. La lectura, la escritura y el pensamiento crítico no son habilidades del pasado, sino la base sobre la que cualquier tecnología adquiere sentido. Sin ese piso, la inteligencia artificial deja de ser aliada y se convierte en un atajo que debilita el aprendizaje. Por otro lado, se necesita formar docentes no solo en el uso de estas herramientas, sino también en criterio pedagógico. La clave no es saber “usar IA”, sino decidir cuándo, cómo y para qué integrarla en una propuesta de enseñanza. En la era de “todo dado”, enseñar no es explicar mejor, sino hacer pensar más. Para ello, se requiere un docente capacitado para actuar como curador, mediador y formador de pensamiento, menos transmisor y más diseñador de experiencias.
Además, es fundamental promover una alfabetización digital crítica que vaya más allá de lo instrumental. Comprender cómo funcionan los algoritmos, reconocer sesgos, interpretar resultados y cuestionar respuestas se vuelve tan importante como saber leer y escribir en otros momentos de la historia. Asimismo, hay que entender que la IA no es neutral, sino que reproduce lógicas, prioridades y sesgos de quienes la diseñan. Por eso, América Latina enfrenta un desafío estratégico: no limitarse a consumir tecnología, sino producir conocimiento situado que contemple su diversidad cultural y sus realidades sociales.
Finalmente, es necesario redefinir el rol de la escuela. Ya no como espacio de transmisión de información —función que hoy cualquier dispositivo puede cumplir—, sino como lugar de construcción de sentido, de encuentro con otros, de desarrollo de pensamiento y ciudadanía. La inteligencia artificial llegó para quedarse. Pero su impacto no está escrito de antemano. Dependerá de las decisiones que tomemos hoy. El riesgo no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos dejemos de pensar.
Porque si la educación no asume el desafío de formar sujetos capaces de cuestionar, comprender y transformar el mundo que habitan, la inteligencia artificial no será una herramienta de emancipación, sino una nueva forma de dependencia. Educar, hoy más que nunca, es enseñar a pensar incluso cuando todo parece pensar por nosotros.
Fuente: Infobae