El apagón masivo que sumió en la oscuridad a España y gran parte de Portugal ocurrió hace doce meses. Algunas zonas estuvieron sin electricidad casi un día entero. Más allá del caos, aquella jornada evidenció nuestra dependencia total de la energía y la conectividad digital. Sin luz, fallaron pagos, comunicaciones y la vida cotidiana.
Tras el apagón, se debatieron lecciones para prepararse ante un posible nuevo corte. Sin embargo, un año después, muchas de esas conclusiones se han olvidado. Desde la importancia de llevar efectivo hasta el uso de linternas, radios a pilas y kits de emergencia, los aprendizajes prácticos que hoy cobran sentido porque ya no los recordamos.
El efectivo no era opcional
Cuando el sistema eléctrico colapsó, también lo hicieron los pagos electrónicos. Los datáfonos dejaron de funcionar, las aplicaciones móviles quedaron inactivas y los cajeros automáticos no dispensaban efectivo. Miles de personas se quedaron sin su medio de pago habitual. Aquí el dinero en efectivo, especialmente olvidado por los jóvenes, se convirtió en el único recurso. Permitió comprar alimentos y medicamentos en un momento en que cualquier transacción digital era imposible. No solucionó el problema de raíz, pero amortiguó el impacto.

El Banco de España recuerda que el efectivo es el único medio de pago que no depende de electricidad ni internet, dándole una autonomía total en emergencias. Esa independencia tecnológica lo hace relevante cuando otros sistemas fallan. Además, el efectivo garantiza privacidad, es inclusivo, permite control del gasto, es ampliamente aceptado y las transacciones son inmediatas, sin intermediarios.
La radio a pilas volvió a ser la protagonista
Otra tecnología resurgió: la radio a pilas. Dejamos las aplicaciones móviles para sintonizar emisoras, y en minutos la radio ocupó un lugar central. Donde quedaban pilas o baterías, la escena se repetía: personas agrupadas alrededor de un pequeño receptor intentando entender qué ocurría. Se escuchaba en bares oscuros, estaciones de transporte, establecimientos a medio gas, aulas y viviendas. Aquella jornada devolvió al transistor su papel como principal canal de información en tiempos de incertidumbre, como ocurrió el 11 de marzo de 2004, el 23 de febrero de 1981 o durante la DANA de Valencia.
Kits de emergencia: de la recomendación a la necesidad
Durante años, preparar un kit de emergencia parecía exagerado. Pero el gran apagón y otros episodios cambiaron la percepción. Semanas antes del apagón, la Comisión Europea insistió en reforzar la preparación ciudadana ante crisis como catástrofes naturales, pandemias, conflictos o fallos en infraestructuras. Las primeras 72 horas son decisivas para una respuesta organizada. Esto se enmarca en la estrategia ReArm de Ursula von der Leyen, que busca una cultura de preparación donde la ciudadanía asuma un papel activo en su seguridad. La resiliencia no solo depende de instituciones, sino de los hogares para afrontar emergencias. La recomendación es que cada hogar tenga un kit con agua potable, alimentos no perecederos, medicamentos, linternas con pilas y baterías. Pero en la práctica estos kits suelen quedarse en recomendaciones hasta que una crisis recuerda su utilidad.

No hace falta estar siempre conectados
Durante el apagón, la conexión permanente a internet, móvil y aplicaciones desapareció. Se evidenció que la cotidianeidad depende de una conectividad constante. Sin embargo, la desconexión total no generó un colapso social, sino una adaptación improvisada. Vecinos se informaban entre sí, se desplazaban físicamente, usaban medios alternativos. La vida continuó, aunque de forma menos eficiente. El apagón no solo apagó la luz, sino la sensación de estar permanentemente conectados. Una vez restablecido el sistema, la normalidad volvió. Pero ¿hasta qué punto esa conexión es necesidad o costumbre?
Fuente: Infobae