Invertir un breve lapso de tiempo adicional en actividades recreativas con los perros tiene la capacidad de transformar profundamente el vínculo entre humanos y animales. Así lo ha demostrado una investigación realizada en Suecia, la cual determinó que la conexión afectiva se robustece de manera significativa únicamente cuando se prioriza el juego por encima del entrenamiento habitual.
Este estudio fue encabezado por los especialistas Per Jensen, Caisa Persson-Werme y Lina Roth, investigadores pertenecientes a la Universidad de Linköping. Los hallazgos fueron difundidos a través de la prestigiosa publicación científica Royal Society Open Science.
Compartir tiempo: el motor que une corazones

La dinámica de juego entre canes y personas es una constante que perdura a lo largo de toda la existencia del animal. Si bien diversas investigaciones previas habían vinculado el juego con el bienestar general, no se tenía certeza sobre si este realmente incidía en el fortalecimiento del lazo sentimental. Los expertos detectaron que, a diferencia de otras especies, los perros mantienen el interés por jugar con humanos tanto en su etapa de cachorros como en la adultez.
El objetivo de los científicos era determinar si el incremento del tiempo recreativo podía producir una mejora directa y cuantificable en la interacción entre el perro y su dueño. Asimismo, buscaron comparar el impacto del juego con el del adiestramiento, para comprender si ambas actividades aportaban los mismos beneficios al vínculo emocional.

Un punto relevante es que muchos perros se integran a nuevos hogares siendo ya adultos, lo que implica que pierden la fase crítica de socialización temprana. La doctora Lina Roth, quien lideró el proyecto y convive con su perra Hedda, explicó al respecto:
“Esto significa que se pierde la llamada ventana de socialización al principio de la vida del cachorro, que es importante para la construcción de la relación. Entonces el juego puede ser una muy buena manera de construir una nueva buena relación incluso con perros adultos”.
Metodología para medir el afecto y la alegría canina

El proceso de investigación inició con un sondeo a cerca de 3.000 propietarios de canes, quienes aportaron datos sobre su cercanía emocional, la frecuencia de actividades, la edad y raza de la mascota, así como la composición del núcleo familiar. Se utilizó la herramienta técnica Monash Dog–Owner Relationship Scale (MDORS) para medir aspectos como la interacción, la cercanía afectiva y los costos percibidos de la convivencia.
Posteriormente, un grupo de 1.667 voluntarios se distribuyó en tres categorías específicas:
- Un grupo dedicado a jugar al menos cinco minutos adicionales cada día con su mascota.
- Un grupo que incrementó las sesiones de entrenamiento con refuerzos positivos (premios).
- Un grupo de control que mantuvo su rutina cotidiana sin variaciones.
Las dinámicas de juego incluyeron el «tira y afloja», persecuciones, juegos de contacto físico y las escondidas. Por su parte, el grupo de entrenamiento se enfocó en ejercicios de obediencia reforzados únicamente con alimento. Todos los participantes completaron encuestas semanales y, al finalizar el mes, repitieron la evaluación bajo la escala MDORS.
El impacto invisible de la diversión compartida

Tras analizar la información recolectada, los resultados mostraron que únicamente el grupo dedicado a jugar más tiempo con su perro experimentó un avance notable en la cercanía emocional. Curiosamente, el entrenamiento suplementario no generó cambios en la percepción de cercanía ni en otros factores evaluados por los expertos.
Variables como la edad del can, su origen, el género del propietario o el número de mascotas en la vivienda no alteraron los resultados finales. En el grupo enfocado al juego, aproximadamente el 80% de los participantes percibió mejoras en la relación, frente a un escaso 20% observado en el grupo de control. Los dueños notaron que sus perros se mostraban más alegres y proactivos al proponer nuevas interacciones lúdicas tras unas semanas de actividad extra.
Hábitos diarios para una convivencia más armoniosa

Los académicos sugieren integrar rutinas de al menos cinco minutos diarios de juego compartido, prestando especial atención a las actividades que el perro disfruta más individualmente. Se destacó que estas breves sesiones diarias son una vía sencilla y accesible para optimizar el bienestar tanto humano como animal.
Si bien los investigadores reconocieron que el estudio se fundamentó en la percepción subjetiva de los responsables de los animales y no en mediciones fisiológicas directas del estado emocional del can, las conclusiones subrayan que el juego cotidiano es una herramienta potente y efectiva. Este recurso está al alcance de todos para estrechar vínculos, incluso en casos de animales rescatados o de edad avanzada. En definitiva, unos minutos de diversión compartida pueden redefinir positivamente la relación diaria.
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