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Crisis y educación: La escuela no puede reparar lo que se rompe en casa

La semana concluye con una alerta que despierta inquietud generalizada: un desafío viral que promueve amenazas de tiroteos en centros educativos. Este escenario reaviva el temor y la angustia, empujándonos a cuestionar nuevamente el funcionamiento del sistema escolar.

Sin embargo, es probable que estemos enfocando mal la raíz del problema. Quizás la verdadera interrogante debería centrarse en lo que ocurre dentro de nuestra sociedad y en la privacidad de nuestros hogares.

Frente a cada incidente crítico, la reacción adulta suele ser recurrente: señalar a la escuela como la responsable exclusiva de todo. Se le demanda, casi por mandato, que brinde contención, eduque emocionalmente, detecte patologías, imponga disciplina, transmita valores, detenga la violencia y supervise el comportamiento en entornos digitales. Pretendemos que la institución repare en apenas unas horas las carencias que no logramos gestionar durante el resto de la jornada.

Es imperativo preguntarnos si realmente creemos que los docentes pueden cargar con esta responsabilidad de manera aislada.

La era digital y el impacto en la crianza

El entorno actual ha mutado de forma drástica. Los niños y adolescentes tienen acceso a teléfonos móviles a edades cada vez más tempranas, dedicando gran parte de su tiempo a las pantallas. Diversas investigaciones a nivel global alertan sobre las consecuencias del uso intensivo de plataformas digitales: exposición prematura a contenidos de alta violencia, incremento de cuadros de ansiedad, aislamiento social y dificultades severas para la regulación de las emociones en edades muy bajas.

Surgen entonces preguntas críticas: ¿Quién está monitoreando lo que nuestros hijos consumen en la red durante horas? ¿Existe un diálogo real sobre lo que visualizan? ¿Quién establece los límites necesarios cuando el algoritmo reemplaza la guía de la palabra adulta?

No podemos ignorar la base material de este fenómeno. La coyuntura económica obliga a muchas familias a extender sus jornadas laborales, buscar múltiples empleos y vivir bajo el agobio de la supervivencia financiera. Esta presión inevitablemente reduce el tiempo de calidad y debilita los vínculos familiares. No es una cuestión de culpas individuales, sino de condiciones sociales que golpean directamente los procesos de crianza.

¿Educación o guardería?

No obstante, debemos enfrentar una duda incómoda: ¿con qué propósito enviamos a los hijos al colegio? ¿Buscamos su formación académica y personal, o simplemente un lugar donde estén resguardados mientras cumplimos con nuestras rutinas? ¿Entendemos la escuela como una institución de enseñanza o como un espacio de cuidado con horario extendido?

La respuesta a esta pregunta define nuestra visión sobre los profesionales de la educación. Si vemos la escuela solo como contención, cualquier adulto se convierte en un simple cuidador. Pero si consideramos que la escuela forja personas, transmite conocimientos y abre oportunidades, entonces la labor docente exige respeto, jerarquía y un genuino reconocimiento social.

Existe una contradicción que es necesario debatir. Nos preocupa la falta de hábito de lectura en los jóvenes, pero en casa apenas ven a los adultos con un libro. Nos asusta su dependencia digital, pero recurrimos a los dispositivos para silenciar berrinches o compensar la falta de tiempo. Exigimos disciplina escolar mientras en el hogar los límites son objeto de negociación constante o simplemente inexistentes.

Responsabilidades compartidas

Esto no implica, bajo ninguna circunstancia, eximir de responsabilidad a los poderes públicos. El Estado posee deberes que no puede delegar: optimizar la infraestructura, fortalecer los departamentos de orientación escolar, respaldar a directivos y maestros, actuar ante conflictos, coordinar con servicios de salud mental y asegurar entornos de aprendizaje seguros. No basta con el diagnóstico; se requiere acción inmediata.

Sin embargo, no es suficiente con apuntar el dedo hacia el colegio cada vez que surge una falla.

«Educar no puede tercerizarse por completo. La escuela acompaña, enseña y ordena. Pero la primera referencia adulta sigue estando en casa».

Proteger a la escuela implica también dejar de pedirle milagros. Significa valorar el inmenso esfuerzo de sus trabajadores, apoyarla con políticas estatales coherentes y asumir, como miembros de la sociedad, la cuota de responsabilidad que nos compete.

La institución escolar no puede resolver esto en soledad, pero sin ella, el progreso como sociedad es simplemente inalcanzable.

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