Un experimentado médico anestesiólogo, con una trayectoria de 15 años en el sector público y privado de Buenos Aires, describe la situación actual como una verdadera sala de crisis. Ante la reciente ola de escándalos por el uso indebido de propofol en Argentina, este especialista, quien es padre de familia y conocedor profundo de la dinámica en quirófanos, manifiesta su consternación por cómo la opinión pública ha descubierto que profesionales de la salud utilizan con fines recreativos los mismos fármacos destinados a sus pacientes.
El experto es tajante sobre la realidad del sector:
“Pasa, eh. Y pasa hace años. En el rubro lo sabemos muy bien. Pero nunca vi algo así. No con este nivel de frivolidad. Y mucho menos, con dos colegas en la Morgue”
.
En un lapso menor a dos semanas, el fenómeno denominado como “propofest” —reuniones donde se administran cócteles de fentanilo y propofol a domicilio— ha quedado vinculado a los fallecimientos del anestesiólogo Alejandro Salazar y el enfermero Eduardo Bentancourt. Salazar fue localizado sin vida con una vía intravenosa en su pie; en el sitio se halló midazolam y propofol. Por su parte, Bentancourt presentaba marcas de punción y en su vivienda de la calle Oro se incautaron más de 50 ampollas, incluyendo cinco de propofol y una de fentanilo ya utilizada.
Simultáneamente, la justicia sigue el rastro del anestesista Hernán Rodolfo Boveri y la residente de tercer año del Hospital Italiano, Delfina Lanusse, conocida como “Fini”, por su presunta implicación en estos hechos.

Las redes de consumo y el avance judicial
Tras el deceso de Salazar, la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (AAARBA) formalizó una denuncia ante el juez Javier Sánchez Sarmiento y el fiscal Lucio Herrera. La organización alertó sobre irregularidades graves como la sustracción y el consumo de fármacos críticos, lo que derivó en la apertura de una causa el pasado 23 de febrero.
Informes internos firmados por Gonzalo Domenech, jefe del servicio de anestesia del Hospital Italiano, señalan que otros residentes habrían visto a Lanusse bajo los efectos de drogas dentro de la institución. Según los documentos judiciales, la residente admitió mantener un vínculo personal con Boveri y haber consumido propofol en entornos extrahospitalarios. Boveri, por su parte, confirmó el uso de la sustancia en la vivienda de Lanusse, lo que llevó al hospital a exigirle una licencia obligatoria ante la sospecha de que el fármaco fuera robado de sus inventarios.
El caso suma el testimonio de Julieta Salazar, hermana del médico fallecido, quien declaró ante el vicepresidente de AAARBA, Carlos Bollini. Ella sostiene que su hermano fue presuntamente inducido al consumo meses antes de morir y mencionó la existencia de festejos donde residentes se inyectaban mutuamente bajo el liderazgo de un referente médico. Estos relatos coinciden con la viralización de audios que detallan la logística de estas celebraciones.

Mientras la investigación por la muerte de Bentancourt a cargo del fiscal Carlos Vasser avanza sin imputados directos, la causa de Salazar, supervisada por el fiscal Eduardo Cubría y el juez Santiago Bignone, ha tenido movimientos recientes. La doctora Chantal Leclercq, apodada “Tati” y allegada a Lanusse y Salazar, fue objeto de un allanamiento en su residencia del country Santa Bárbara, donde se incautaron dispositivos electrónicos.

Leclercq también fue señalada por sus superiores en el Hospital Rivadavia. En testimonios ante AAARBA, la profesional habría admitido el consumo de un peligroso cóctel que incluía ketamina, fentanilo, midazolam y propofol, sustancias que presuntamente fueron sustraídas del hospital donde laboraba.
Desde la perspectiva clínica, el anestesiólogo consultado subraya la diferencia entre esta nueva tendencia y el pasado:
“Es apagar la cabeza. No tiene viaje. Aquí es por placer. Los médicos siempre se drogaron por estrés y depresión. Sacar sustancias de un hospital es una pavada. Te la podés llevar metida adentro de una jeringa. Esto se discute y se estudia hace años dentro de la medicina y la ciencia, pero explota hoy”
.
Análisis del riesgo profesional y adicción
La Federación Argentina de Asociaciones de Anestesistas (FAAAAR) ya advertía en 2012 sobre los peligros de la especialidad. En un artículo de Gustavo Calabrese sobre el estrés laboral, se mencionaba explícitamente el abuso de opiáceos y propofol como un riesgo latente debido a las extensas jornadas y la presión constante por la productividad.
La literatura médica internacional respalda la gravedad del asunto. Un estudio de 2013 del Journal of Addiction Medicine en EE. UU. identificó que la dependencia al propofol es extremadamente agresiva, siendo utilizada frecuentemente por médicos para combatir el insomnio o la depresión. El informe destaca que muchos casos se descubren solo tras accidentes automovilísticos o cuando el profesional es hallado inconsciente.

Asimismo, una investigación de 2023 publicada en el Canadian Journal of Anesthesia, que analizó casos en el hospital Mount Sinai de Nueva York, determinó que en la mayoría de los 88 incidentes de uso indebido analizados, la muerte fue la única forma en que se pudo identificar el problema.
Actualmente, el proceso judicial en Buenos Aires se centra en el presunto hurto de insumos médicos por parte de Boveri y Lanusse. Aunque las “propofest” no constituyen un delito per se, el uso de material robado podría derivar en cargos por encubrimiento. Se investiga además la posible desaparición de equipos de alta complejidad, como monitores BIS y bombas de infusión, sobre los cuales el Hospital Italiano aún mantiene reserva mientras concluye su auditoría interna.
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