Una mezcla de profunda expectativa y máxima vigilancia se percibe en el interior de la cápsula Orion. Para el astronauta Victor Glover, quien forma parte de la cuarterna de tripulantes de la misión Artemis II, el retorno a nuestro planeta es un pensamiento que “ha estado rondando su mente desde el día en que fue seleccionado” para este viaje histórico. Esta etapa de reentrada constituye, para todo el equipo de la NASA, un reto de ingeniería y una carga emocional intensa en los momentos previos a la operación más determinante: el amerizaje frente a las costas de California.
A lo largo del descenso final, quienes viajan en la nave deben gestionar tanto la complejidad técnica como el desgaste psicológico. Con el respaldo de una preparación exhaustiva y una sincronización total con las unidades de rescate, los astronautas se alistan para encarar calores extremos, un silencio absoluto en las comunicaciones y los peligros inherentes al tramo final antes de ser rescatados y sometidos a chequeos médicos exhaustivos tras su llegada.
Antes de que inicie la caída, Glover y sus compañeros de equipo invierten días enteros en la planificación de seguridad. Estos ensayos incluyen la revisión de protocolos críticos y pruebas rigurosas de cada componente del equipo de supervivencia.
El experimentado astronauta ha calificado el proceso de reingreso como “montar una bola de fuego a través de la atmósfera”. Esta descripción gráfica resalta la magnitud del evento que vivirán cuando la Orion inicie su caída libre desde una altura superior a los 120.000 metros. Según las palabras de Glover, este periodo anterior a la secuencia de entrada atmosférica es el de mayor exigencia y el más esperado para los tripulantes de una expedición de tal envergadura.
Maniobras previas y ajustes de la Artemis II
Las tareas preparatorias han contemplado una corrección en el rumbo mediante la activación breve de los propulsores, permitiendo que la cápsula alcance el ángulo exacto necesario para penetrar la atmósfera. Bajo la supervisión de Rick Henfling, quien se desempeña como director de reingreso, el equipo también ha validado el uso de trajes presurizados especiales. Estos implementos son vitales para estabilizar la presión sanguínea y el flujo circulatorio, factores críticos tras la exposición prolongada a la falta de gravedad.
En las 24 horas previas al retorno, la tripulación ejecuta movimientos manuales para orientar la Tierra hacia una de las ventanillas y posicionar los paneles hacia el Sol para garantizar la reserva energética. Tras estos pasos, los astronautas analizan con precisión cada fase del manual operativo, plenamente conscientes de que la última jornada de la misión es la más riesgosa.
Justo antes de la fase de fuego, el módulo de servicio se separa de la cápsula Orion aproximadamente 20 minutos antes del descenso final. Este componente, que suministró energía y soporte vital durante la travesía, está diseñado para desintegrarse al chocar con la atmósfera. En ese punto, la tripulación tiene una ventana final para ajustar su trayectoria con un encendido de motores denominado “raise burn”, previo a su caída en las cercanías de San Diego, California.

El vertiginoso descenso sobre el Océano Pacífico
La estructura espacial entrará en contacto con la atmósfera terrestre a una altitud de 121.920 metros, cubriendo una distancia de aproximadamente 3.200 kilómetros sobre el mar antes del contacto final. Tan solo 24 segundos después de ingresar, se producirá un inevitable bloqueo de comunicaciones. Este silencio radial durará cerca de seis minutos debido a la capa de plasma generada por la fricción, dejando a los astronautas sin contacto alguno con el centro de control terrestre.
Para proteger a sus ocupantes, la Orion cuenta con el escudo de calor más extenso jamás fabricado para este tipo de naves, diseñado para resistir temperaturas de hasta 2.760 ℃. Una vez superada la zona de interferencia, la cápsula se encontrará a 45.720 metros de altura, moviéndose velozmente hacia su destino en el Pacífico.
En los momentos finales, se activa el sistema de paracaídas: inicialmente se despliegan dos de tamaño reducido a 7.620 metros para estabilizar la caída; posteriormente, entran en acción tres paracaídas principales que reducen la velocidad de la nave a 38 km/h. Esto garantiza un contacto suave con el agua. Al tocar el mar, se activan cinco bolsas de flotación de color naranja en la parte superior, asegurando que la cabina permanezca en posición vertical para la salida de la tripulación.


Logística de recuperación y asistencia médica
En cuanto la Orion impacta el océano, se pone en marcha el protocolo de salvamento. Unidades militares dirigidas por Liliana Villarreal desde el buque USS John P. Murtha, apoyadas por botes auxiliares, se desplazan al punto de amerizaje tras confirmar que no existen riesgos ambientales. Los especialistas proceden a la apertura de la escotilla y ayudan a los astronautas a pasar a una plataforma inflable conocida como “Front Porch”, donde esperan la llegada de dos helicópteros para ser llevados a una clínica móvil.
“Esperamos recuperar a la tripulación y llevarla a la sala médica en dos horas desde el amerizaje”, señaló Villarreal.
La responsable de la recuperación de Artemis manifestó su total confianza en el esquema establecido: “Tuvimos una recuperación exitosa durante la misión Artemis I y confiamos en que Artemis II será igual de exitosa”.

El plan incluye el traslado de la cápsula a bordo del USS John P. Murtha hacia la instalación naval más cercana, una tarea que debe completarse en un plazo menor a 24 horas. Tras esto, la Orion será revisada y transportada vía terrestre hasta las centrales de la NASA en Florida.
Durante el regreso, cada segundo es crucial y demanda una respuesta inmediata. La secuencia de cierre de la misión ocurre con tal celeridad que el proceso termina incluso antes de que los protagonistas logren procesar la magnitud de su retorno a casa.
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