La Unión Europea se encuentra en un estado de alerta permanente debido a diversas presiones externas que acechan sus fronteras. El peligro más próximo es Rusia, cuya agresividad militar ha vuelto a poner en jaque la estabilidad del continente. Sin embargo, este no es el único frente abierto para el bloque: la inestabilidad en Oriente Medio, la guerra comercial con China y la interferencia política de Estados Unidos en procesos electorales europeos complican el panorama internacional.
Si bien Bruselas posee herramientas sólidas para gestionar conflictos de carácter político o comercial, el escenario cambia drásticamente cuando se trata de la seguridad común. Actualmente, la Defensa es una competencia exclusiva de los Estados miembros. Esta estructura operativa implica que cualquier medida militar o de protección conjunta requiere la aprobación por unanimidad de los Veintisiete, un proceso donde los intereses nacionales suelen anteponerse a las necesidades globales del bloque.
Aunque la guerra en Ucrania inicialmente forjó un frente unido en el continente, el paso del tiempo ha desgastado este consenso. Figuras como el mandatario húngaro Viktor Orbán, con posturas cercanas a Moscú, representan un riesgo para la cohesión europea. A esto se suma el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, quien ha dejado claro que no desea que Estados Unidos sea la primera línea de defensa de Europa. Desde su llegada al poder, Trump ha reducido drásticamente el flujo de asistencia financiera y militar, argumentando que no percibe al Kremlin como un enemigo prioritario. El distanciamiento se ha agravado tras la negativa de los socios europeos a participar en sus operaciones estratégicas en Oriente Medio, lo que ha llevado al magnate a advertir que podría no intervenir en caso de una agresión rusa a territorio de la UE.
La preocupación es palpable, especialmente en los países bálticos, que se consideran la primera línea de defensa ante cualquier avance del Kremlin. Desde la invasión a gran escala iniciada en 2022, la tensión no ha hecho más que crecer. Recientemente, se ha registrado un aumento en las incursiones de drones rusos en el espacio aéreo de naciones vecinas como Polonia y Rumanía, elevando el riesgo de un incidente de mayores proporciones.
Durante la presente semana, Rusia lanzó advertencias sobre posibles represalias contra las naciones bálticas, acusándolas de permitir que drones ucranianos utilicen su espacio aéreo para golpear refinerías de petróleo y redes logísticas de exportación rusas. Aunque el Kremlin no ha especificado la naturaleza de estas medidas, la Comisión Europea ha respondido de forma tajante asegurando que
“un ataque contra un estado miembro de la UE es un ataque contra todos”.
Pese a la contundencia del mensaje, el brazo ejecutivo de la Unión ha evitado dar detalles sobre los protocolos de respuesta inmediata. Un portavoz oficial de la Comisión señaló ante la prensa:
“No queremos profundizar sobre estas amenazas porque no tenemos más información sobre ello”.
Esta ambigüedad ha generado dudas sobre la capacidad real de reacción del bloque ante un evento bélico inminente contra uno de sus integrantes.
Instrumentos legales para la protección colectiva
Para comprender las opciones de respuesta, es fundamental recordar que la soberanía en defensa reside en cada capital europea. Ivan Esteve, quien colabora con la Comisión Europea en temas de seguridad, detalla que existen mecanismos para una acción coordinada. El principal de ellos es el artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, una cláusula de defensa mutua que guarda similitudes con los protocolos de la OTAN y que fue activada por Francia tras los atentados terroristas del Estado Islámico.

Sin embargo, Esteve resalta diferencias cruciales. Por un lado, el tratado europeo tiene un alcance geográfico distinto, protegiendo zonas que la OTAN no cubre, como es el caso de las ciudades de Ceuta y Melilla. Por otro lado, la activación no es automática ni instantánea. Una vez que un país invoca este artículo, la Unión debe realizar una convocatoria de urgencia con sus ministros para determinar el curso de acción, ya que el mecanismo fue originalmente concebido para enfrentar amenazas terroristas y no necesariamente una invasión militar convencional.
Además de la defensa mutua, la UE cuenta con el artículo 222, conocido como la cláusula de solidaridad, incluida en el Tratado de Lisboa. Según explica el experto, esta vía podría permitir a las instituciones comunitarias agilizar los procesos burocráticos. Aunque la decisión final requiere unanimidad, Esteve puntualiza que las autoridades europeas tienen la potestad de exigir a los socios la movilización de sus recursos. “Aunque haya un país que se niegue en la votación a aportar ayuda militar, está obligado a ayudar”, sostiene.
Finalmente, en el supuesto de una crisis extrema, como una invasión territorial, estos marcos legales otorgarían a la Comisión Europea la autoridad para coordinar la seguridad sin depender directamente del Consejo, que agrupa a los gobiernos nacionales. Ivan Esteve concluye advirtiendo que esta es una posibilidad reservada únicamente para circunstancias muy excepcionales que pongan en riesgo la existencia misma del bloque.
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