El deseo de muchos padres y madres de que sus hijos adolescentes experimenten un estado de felicidad ininterrumpida puede acarrear repercusiones contraproducentes. La imposibilidad de mantener una alegría perpetua genera que los jóvenes se sientan frustrados al no alcanzar ese estándar idealizado o que desarrollen una visión irreal del mundo. Así lo advierte Alfonso Navarro, psicólogo experto en familias y adolescencia, quien a través de su perfil de TikTok (@alfonsopsicologia) ha lanzado una advertencia clara sobre el uso de ciertas expresiones: “Hay algo que yo nunca le diría a un adolescente, aunque suene muy bonito: ‘yo lo único que quiero es que seas feliz’”.
Inculcar en los menores la idea de que el bienestar emocional inalterable es la norma puede desencadenar una vigilancia obsesiva de sus propios sentimientos. Según Navarro, alcanzar el “cien por cien de felicidad todo el tiempo” es un objetivo prácticamente inalcanzable. En su práctica profesional, ha observado que esta exigencia solo fomenta inseguridad y frustración cuando los jóvenes intentan cumplir con esa expectativa y fallan en el intento.
“Si un adolescente aprende que ‘estar bien’ es la meta permanente, cualquier emoción incómoda puede vivirse como un fallo personal y la vida no funciona así”
El especialista subraya que los sentimientos catalogados como negativos son fundamentales en el proceso de maduración. De hecho, el crecimiento personal requiere experimentar y gestionar estados como la frustración, el aburrimiento, la inseguridad y la decepción. El objetivo de atravesar estos momentos no es incrementar el sufrimiento, sino permitir que el adolescente logre desarrollar recursos emocionales propios.
El impacto negativo de la felicidad obligatoria
Insistir constantemente en el anhelo de que los hijos sean siempre felices puede acarrear consecuencias nefastas a largo plazo. El experto advierte que, cuando se pone tanto énfasis en este punto, el joven comienza a escudriñar su interior de forma obsesiva. Esto lo lleva a plantearse interrogantes internos como: ¿Soy realmente feliz?, ¿Esto debería hacerme sentir bien?, ¿Por qué no siento alegría ahora mismo? o ¿Qué es lo que estoy haciendo mal?.
El riesgo de este enfoque, como señala el psicólogo, es que en el instante en que el adolescente nota que no se siente plenamente feliz, surge la idea de que existe un fallo en su personalidad o que su existencia no cumple con lo que debería ser. Para Navarro, el aprendizaje vital no se trata de evadir las molestias, sino de aprender a convivir con ellas mediante herramientas saludables. La felicidad no debe verse como un estado fijo, ya que, al igual que la motivación, la rabia o la tristeza, es algo que fluye, viene y se va.
Alternativas al bienestar permanente en la crianza
De acuerdo con la visión de Navarro, el rol de los progenitores es considerablemente más complejo que intentar asegurar una alegría constante. El objetivo real debe ser que los hijos aprendan a desenvolverse en la vida real, aceptando y transitando por todo el espectro emocional sin que el aburrimiento o la frustración sean interpretados como una señal de fracaso personal.
Finalmente, el experto destaca que lo primordial es brindar a la juventud la capacidad de gestionar sus emociones de manera efectiva. “La vida con sentido no es una vida sin emociones negativas, es una vida en la que yo sé qué hacer y qué necesito cuando esas emociones aparecen para transitarlas. Y eso es mucho más importante que estar feliz todo el tiempo”, concluye el especialista, enfatizando la necesidad de una educación emocional integral.
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