El panorama bélico en Irán parece no estar ajustándose a las proyecciones iniciales de Donald Trump y Benjamín Netanyahu. A pesar de las presiones, el sistema de gobierno iraní ha logrado mantenerse en pie tras los intentos de desestabilización, mientras que las revueltas sociales fueron reprimidas mediante asesinatos masivos. Lejos de quedar en el ostracismo internacional, el régimen ha encontrado respaldo en potencias como Rusia y China, lo que ha derivado en una postura más radicalizada. Hasta el momento, no se vislumbran señales de un cambio favorable en esta tendencia.
Uno de los puntos más críticos señalados sobre Trump es su visión geopolítica, descrita como superficial y centrada en una sola dimensión. Su comportamiento ha sido comparado con el de un “niño caprichoso” que desconoce resultados electorales adversos, ataca sistemáticamente a sus críticos y busca imponer sus deseos sin mediación diplomática. Al basar su influencia exclusivamente en el poder bruto y visible, el mandatario ha dejado de lado las alianzas estratégicas, la cultura y el prestigio internacional a largo plazo. Aunque su imprevisibilidad y temeridad le han servido ocasionalmente como herramientas de presión inmediata, el costo ha sido la erosión de la confianza en las instituciones de Estados Unidos, un capital acumulado durante siglos. Esta situación deja a la potencia norteamericana en una posición de vulnerabilidad frente al inminente expansionismo de Pekín.
Mientras Washington se ve atrapado en un conflicto en Medio Oriente sin una resolución clara, el gobierno de China ha optado por una postura de fortalecimiento pasivo. Si bien la reducción del suministro de petróleo afectó inicialmente a la economía china, el impacto fue menor al esperado gracias a que Pekín ha diversificado sus fuentes de energía y acumulado reservas estratégicas. Simultáneamente, el gigante asiático se ha convertido en el soporte tecnológico detrás de los misiles balísticos y el programa de drones (específicamente modelos como los Shahed), otorgando además a los persas acceso a su sistema de navegación satelital militar.

En el plano económico, la crisis ha acelerado la transición financiera en la región: Irán ha comenzado a desplazar el uso del dólar a favor del yuan. La Guardia Revolucionaria Islámica ha implementado el cobro de “peajes” en moneda china para garantizar la seguridad y el tránsito por el estrecho, bloqueando el paso a embarcaciones estadounidenses y de sus aliados mientras favorece el comercio chino. Por otro lado, Rusia ha experimentado un incremento sustancial en sus beneficios petroleros. Ante este escenario, las democracias liberales de Oriente observan con temor la creciente confianza de China, que según diversos analistas, podría concretar una invasión de Taiwán en los próximos años.
Es innegable que el régimen de Irán opera bajo una estructura dictatorial y terrorista que ejerce una represión inhumana contra su ciudadanía. No obstante, se cuestiona que Trump carezca de la autoridad moral, la formación y la competencia necesarias para confrontar esta amenaza, especialmente cuando él mismo ha debilitado los valores democráticos en su propio país. Resulta contradictorio que el expresidente, quien en el pasado calificó la intervención en Irak como un error costoso por el desgaste institucional y la falta de beneficios tangibles, impulse ahora una confrontación contra Irán, una nación con mayor extensión territorial y población que su vecino iraquí.
Un error de cálculo geopolítico
La situación actual parece derivar de un doble fallo en las estimaciones de Trump. El mandatario asumió erróneamente que el régimen caería con rapidez o que, en su defecto, terminaría aislado. Sin embargo, Estados Unidos se ha topado con una barrera de contención construida meticulosamente por China. Este muro estratégico permite que Pekín se consolide como potencia mientras su principal competidor global se debilita en conflictos externos.

La complejidad del orden mundial actual pone en duda la capacidad de una figura como Trump para liderar la primera potencia del planeta. Históricamente, la política exterior de Estados Unidos dependía de filtros institucionales que prevenían errores de magnitud, consolidando su hegemonía. No obstante, el Ejecutivo ha ido concentrando un poder discrecional que se intensificó con Trump, quien ha llegado a iniciar conflictos sin el aval del Congreso, poniendo en riesgo la estabilidad estratégica del país.
El surgimiento del movimiento “No Kings” (sin reyes) refleja el malestar ante la degradación de las instituciones políticas estadounidenses. El prestigio internacional de la nación se basaba en la solidez de su democracia, un pilar que hoy se encuentra fragmentado y cuya reconstrucción será una tarea de décadas.
“Europa aprendió que ninguna democracia es indestructible y que no puede delegar su defensa en otro país, por más democrático que sea”.
Este aprendizaje sugiere que el rol de gendarme global que ejercía Estados Unidos debería ser asumido por una organización internacional de democracias liberales, evitando que la seguridad colectiva dependa de la voluntad de un solo Estado. Lamentablemente, esta lección surge de la tragedia, mientras Rusia y China se vuelven más fuertes y el resto de las naciones democráticas quedan expuestas.
El desenlace de la tensión con Irán es incierto. Algunos expertos sugieren que la única salida para Trump que no represente un fracaso político interno sería una intervención militar directa en Irán para asegurar el control del Estrecho de Ormuz.

Si dicha operación resultara exitosa, Trump intentaría proyectarse como un líder triunfante al controlar un punto neurálgico del petróleo mundial. Sin embargo, mantener esa posición sería extremadamente oneroso para las finanzas y la logística estadounidense. En contraparte, es poco probable que China se mantenga indiferente ante tal movimiento. Un fracaso en esta aventura bélica hundiría la reputación de Estados Unidos, permitiendo que la dictadura china se posicione definitivamente como el nuevo estabilizador del orden global. Se trata de una apuesta de altísimo riesgo donde la estabilidad de la humanidad parece estar supeditada al ego y al capital político de un solo individuo.
Rafael Eduardo Micheletti es un analista político, educador y escritor con especialización en ciencia política, pedagogía y relaciones internacionales. Posee formación en Abogacía, un Doctorado en Relaciones Internacionales y una Maestría en Innovación Educativa. Se desempeña como investigador externo de la Fundación Libertad y es miembro de Docentes por la Educación.
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