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El impacto psicológico de mirar el celular: ¿Un refugio de soledad?

Visualicemos por un momento a un individuo cuya forma de hablar, sus posturas y su discurso se alinean íntegramente con las exigencias de la cultura digital contemporánea. Para este ejercicio, debemos imaginar a un sujeto que ha integrado el teléfono celular como una extensión de su propio cuerpo y de su espacio más íntimo, influyendo en sus movimientos, su autonomía y sus cuidados personales. Esta relación con la tecnología media su interacción con el entorno de tal manera que las personas y los objetos que lo rodean pierden relevancia frente al dispositivo móvil. Se trata de un ser humano que presenta una resistencia particular a la empatía, entendida como la conexión y proximidad que genera la ubicación de un cuerpo frente a un semejante. Por primera vez en la historia, contamos con una herramienta capaz de modificar, interrumpir y perturbar el molde tradicional con el que un individuo se inserta en el tejido social humano.

En términos claros: el paisaje humano actual se caracteriza por la atracción magnética que el celular ejerce sobre las personas. Todas y todos miran para abajo. Ya sea mientras caminan por la vía pública, comparten una cena familiar o se desplazan en el transporte colectivo, la mirada se mantiene fija en el reflejo de una pantalla que es manipulada constantemente por las manos.

Desde una perspectiva psicológica, nuestra identidad se construye a partir del Otro, lo que genera una expectativa natural de ser aceptados o rechazados ante la presencia de otra persona. En este contexto, el hábito de mirar para abajo sugiere un intento de control ilusorio, donde la satisfacción visual se reduce exclusivamente al ámbito privado. Si profundizamos en este análisis, esta postura dirige la atención hacia la zona genital, evocando la dinámica de la masturbación. Esto se convierte en un síntoma de la dificultad para enfrentar la diferencia que conlleva el encuentro íntimo con el cuerpo de un compañero o compañera. Ejemplos claros de esta tendencia son la creciente adicción a la pornografía y la expansión de la ludopatía online.

La perspectiva de Freud sobre las adicciones

Es relevante recordar que Sigmund Freud consideraba que todas las adicciones funcionan como sustitutos de la masturbación, a la cual denominó como la “adicción primordial”. En su obra “Fragmentos de la correspondencia con Fliess” (Carta 79) de finales del siglo XIX, ya sentaba las bases de esta idea. Posteriormente, en 1928, en su texto “Dostoivesky y el parricidio”, el autor profundizó en esta tesis señalando lo siguiente:

“El ‘vicio’ del onanismo es sustituido por la manía del juego, derivación esta que se trasluce en la insistencia sobre la apasionada actividad de las manos. Real y efectivamente la furia del juego es un equivalente de la antigua compulsión onanista, y en la crianza de niños no se usa otro término que el de ‘jugar’ para nombrar el quehacer de las manos en los genitales”

.

Si se interpreta que la costumbre de mirar hacia abajo para interactuar con un dispositivo móvil guarda similitudes con una forma de masturbación, se entiende que el usuario queda atrapado en un ciclo de satisfacción privada que evita el contacto real.

El aislamiento en la era del algoritmo

Considerando que la intimidad se desarrolla en un pliegue de lo público, cuando la interacción carece del contacto físico de los cuerpos, esta se reduce a una esfera estrictamente privada. En ese espacio, las palabras pierden su capacidad narrativa y quedan bajo el control de los algoritmos. Este fenómeno es un signo de una inhibición generalizada que surge de la ausencia de la “falta” que constituye el deseo humano, desembocando habitualmente en cuadros de angustia y, eventualmente, en manifestaciones de violencia.

Frecuentemente se debate sobre el tiempo excesivo que las personas —no solo los jóvenes— pasan realizando el denominado scrolleo. Esta conducta se alimenta de la amenaza de estar perdiéndose algo importante. Es lo que en el mundo anglosajón se conoce como FOMO (fear of missing out), un tipo de ansiedad social que, paradójicamente, termina encerrando al individuo en su propio dispositivo.

Resulta llamativo notar que el gesto físico de mirar para abajo implica una suerte de obediencia ciega. Es irónico que el fomento de la privacidad impulsado por las plataformas digitales se promueva bajo el discurso de proteger la libertad individual, cuando en la práctica parece generar lo contrario.

Como mencionaba Friedrich Nietzsche en una misiva a Heinrich Koselitz (citada por Nicholas Carr en su libro Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?):

“nuestros útiles de escritura participan de la formación de nuestros pensamientos”

. Ante la actual hiperconectividad que invade la privacidad, cabe preguntarse si esta sumisión al dispositivo y la tendencia de mirar siempre hacia abajo no nos está privando de la oportunidad de compartir verdaderamente con los demás, incluso en los espacios más íntimos como una cama.

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