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Alerta por aumento de autolesiones en adolescentes y señales clave

Existe una creciente preocupación entre especialistas médicos y familias debido al incremento de las autolesiones en adolescentes. Este fenómeno, que se expande de forma alarmante, es interpretado por los expertos como una manifestación física de un profundo sufrimiento emocional.

Conductas como cortes, rasguños y golpes autoinfligidos contra diversos objetos aparecen como mecanismos para gestionar emociones de alta intensidad. Esto ocurre generalmente en entornos donde los jóvenes carecen de herramientas suficientes para tramitar sus sentimientos o expresarlos mediante la palabra.

La relevancia de identificar estas señales de sufrimiento emocional cobró fuerza recientemente tras un trágico suceso en una institución educativa de Santa Fe. En dicho incidente, un joven de 15 años atacó con un arma de fuego a un compañero de 13 años, quien perdió la vida. La defensa del agresor reveló que el menor se encontraba bajo tratamiento psicológico y que, meses antes del suceso, había presentado episodios de autolesiones, aunque no registraba antecedentes de violencia hacia otras personas.

Profesionales de la salud recalcan que este es un problema multicausal donde interactúan variables individuales, del entorno familiar y del contexto sociocultural. Al respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha subrayado que los trastornos de salud mental representan uno de los desafíos más críticos para la juventud a nivel global en la actualidad.

¿Qué define a las autolesiones y cuál es el motivo de su auge?

Los especialistas advierten que la autolesión no suele estar asociada a un deseo de morir, sino al intento de aliviar un dolor emocional intenso (Freepik)

Las autolesiones se definen como daños físicos provocados por el propio individuo, tales como quemaduras, cortes o impactos, cuya finalidad no es terminar con la vida, sino mitigar un padecimiento psíquico abrumador.

Muchos padres se cuestionan las razones que llevan a sus hijos a adoptar estas prácticas tan riesgosas.

El doctor Andrés Luccisano (MN 122.284), médico psiquiatra infanto-juvenil y subjefe de Salud Mental Pediátrica en el Hospital Italiano de Buenos Aires, explica que

“el dolor físico funciona como una forma de expresar o sacar hacia afuera un dolor emocional que resulta difícil de poner en palabras”

.

El experto indica que la actual cultura de la inmediatez y la búsqueda constante de satisfacción rápida dificultan la tolerancia a la frustración. Según Luccisano, existe un desequilibrio entre el placer instantáneo y la capacidad de procesar la angustia, la incertidumbre o el vacío, lo que empuja a los jóvenes a reacciones impulsivas para descargar su malestar.

Por su parte, la doctora Andrea Abadi (MN 76.165), directora del Departamento Infanto Juvenil de Ineco, sostiene que estas acciones no son hechos aislados, sino el reflejo de un cerebro sobrepasado por emociones inmanejables. Cuando los mecanismos naturales de regulación fallan, el adolescente recurre a la lesión física como una vía de escape al malestar.

Desde la visión de la psiquiatra Pía Lobo (MN 149.009), estas conductas buscan descargar la tensión emocional. En ciertos perfiles, especialmente en aquellos con altos niveles de autoexigencia y autocrítica, la autolesión puede operar incluso como una forma de autocastigo.

Causas principales y el rol de las emociones

El uso de ropa que cubre brazos y piernas, incluso en verano, puede ser una señal de autolesiones en adolescentes (Freepik)

Para la doctora Abadi, la autolesión representa

“la expresión de un malestar emocional intenso que no logran regular ni comunicar de otra manera”

.

La especialista es enfática al descartar que sea un simple método para llamar la atención; por el contrario, señala que los jóvenes actúan movidos por la tristeza, el enojo, la frustración o la angustia. Entre los factores influyentes menciona el bullying, los conflictos en el hogar, traumas, depresión, ansiedad y la percepción de no ser escuchados.

Lobo añade que la autolesión puede ser un recurso para “sentir algo” en estados de desconexión emocional profunda. Además, advierte que el entorno social puede actuar como un facilitador si estas prácticas se normalizan dentro de los grupos de pares.

Existe consenso médico en que estas conductas tienen una función reguladora debido a que el dolor físico aporta un alivio efímero. Abadi detalla que este fenómeno se vincula con la liberación de endorfinas, lo que genera una paradoja de control y calma ante emociones que se perciben como intolerables.

El consumo de contenidos digitales relacionados con autolesiones puede actuar como facilitador de estas prácticas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aunque generalmente no hay una intención suicida tras estas marcas, las emociones de fondo son complejas. Luccisano aclara:

“La angustia suele ser la emoción más visible, pero al profundizar aparecen también enojo, frustración, culpa, miedo y, con frecuencia, una vivencia persistente de soledad”

.

Fisiológicamente, el daño corporal actúa como un distractor del sufrimiento mental, activando sistemas de analgesia natural. No obstante, Abadi advierte sobre el peligro de este alivio: el cerebro memoriza que lastimarse reduce el malestar, lo que puede derivar en una repetición más frecuente o intensa de la conducta.

Alertas para padres y cuidadores

Cambios en los hábitos de sueño, alimentación o higiene pueden ser indicadores indirectos de malestar emocional (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las señales que pueden anticipar o revelar una autolesión suelen ser variadas. Según Abadi, es fundamental vigilar cambios drásticos en el ánimo, irritabilidad persistente, aislamiento, abandono de hobbies, alteraciones en el sueño o el apetito, y comentarios que denoten desesperanza o inutilidad.

La doctora Lobo coincide en que el repliegue social y la disminución del contacto con la familia son indicadores clave. Por su parte, Luccisano resalta cambios conductuales específicos como:

  • Uso de vestimenta inapropiada para el clima (mangas largas en verano) para ocultar marcas.
  • Evitar mostrar partes específicas del cuerpo.
  • Uso de objetos cotidianos de forma inusual para infligirse daño.

La suma de varios de estos comportamientos debe ser motivo suficiente para iniciar un acercamiento y diálogo abierto.

Protocolo de actuación ante la sospecha

La intervención profesional, tanto psicoterapéutica como psiquiátrica, es fundamental en el abordaje de estas conductas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Al confirmar o sospechar de estas conductas, la respuesta no debe ser punitiva. Abadi recomienda mantener la serenidad y evitar reproches:

“Lo primero es mantener la calma y evitar reacciones impulsivas basadas en el enojo o el reproche. Es fundamental abrir un espacio de diálogo, escuchar sin juzgar y transmitir preocupación genuina”

.

Incluso si las heridas parecen superficiales, es vital buscar atención profesional. Lobo sugiere que se puede iniciar la consulta con el pediatra de cabecera para que este realice una derivación oportuna a salud mental.

El tratamiento profesional se enfoca en que el joven aprenda a identificar y regular sus emociones. Luccisano subraya que

“el enfoque más efectivo suele ser integral y transdisciplinario”

, destacando la Terapia Dialéctico-Comportamental (DBT) por su eficacia demostrada. En ciertos casos, la evaluación psiquiátrica puede incluir medicación para estabilizar el ánimo o reducir la impulsividad.

Factores de riesgo y complicaciones

El bullying y la violencia familiar se destacan entre los factores de riesgo que favorecen la aparición de autolesiones (Freepik)

La cronicidad de estas conductas eleva los riesgos. Abadi advierte que la repetición en el tiempo puede llevar a conductas más severas, incluyendo el riesgo suicida. Además, el uso de sustancias agrava el cuadro al mermar la capacidad de control emocional.

Entre los factores de riesgo principales se encuentran:

  • Antecedentes de intentos de suicidio.
  • Trastornos psiquiátricos no tratados.
  • Bullying o acoso escolar persistente.
  • Contextos de violencia o abuso infantil.
  • Inestabilidad en el núcleo familiar.

La intervención temprana es la herramienta más poderosa para evitar que estas conductas escalen. El acompañamiento profesional permite que el adolescente desarrolle estrategias saludables para transitar su dolor, asegurando que las familias cuenten con el apoyo necesario ante esta compleja realidad.

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