Al pisar el centro hospitalario que el Ejército instaló en Comodoro Rivadavia, un oficial se dirigió a Alicia Mabel Reynoso con una pregunta desconcertante: «¿Cuántas bolsas tienen?». En ese instante, ella no comprendía la relevancia de los insumos para residuos. Sin embargo, al abrir las puertas de una gran habitación, se topó con la realidad: decenas de bolsas mortuorias la esperaban. En medio de un silencio sepulcral, una idea se instaló en su mente:
“Yo no vine a guardar muertos, vine a recuperar heridos para que puedan volver al combate o no”
Con el paso de los días, la lógica de los mandos militares se hizo evidente para ella. Alicia Mabel Reynoso, hoy una enfermera jubilada de la Fuerza Aérea de 70 años y oriunda de Entre Ríos, rememora los horrores y aprendizajes de la guerra desde su hogar en Paraná.
Nacida en Gualeguaychú, Alicia se formó profesionalmente en la Escuela Superior de Enfermería de Santa Fe. Su destino cambió en 1980, cuando la Fuerza Aérea decidió, por primera vez, permitir el ingreso de mujeres. A sus 21 años, se convirtió en una de las 21 enfermeras que conformaron aquella promoción histórica.
Un entorno hostil y la disciplina militar
Reynoso explica que aquel ingreso fue planteado como una prueba piloto para evaluar la capacidad de adaptación femenina en un entorno profundamente masculino. «Nos adaptamos tan bien que hoy vemos mujeres pilotas de combate, de transporte, médicas, técnicas, mecánicas, en todas las especialidades», afirma con orgullo. Estas profesionales, egresadas de diversas universidades, debieron sumar la formación militar a su conocimiento médico.
La bienvenida no fue cálida. Durante un desfile del 9 de julio en Buenos Aires, la sociedad y sus propios colegas les lanzaban gritos despectivos como: “Vayan a lavar los platos”. Pese a las ofensas, su compromiso con el cuidado de los pacientes se mantuvo firme, asumiendo con rigor las exigencias de la vida castrense.
Tras especializarse en el aeropuerto de Ezeiza, fue designada como jefa de Enfermería en el Hospital Aeronáutico Central, ubicado en el barrio de Pompeya. Sin embargo, el panorama cambió drásticamente en 1982.
“Y en el 82, por supuesto, como todo militar, nos ordenan ir a la guerra”
Bajo órdenes superiores, seleccionó a las primeras cinco colegas para la misión, capturando un momento que hoy es una fotografía histórica del conflicto. 
La infraestructura en el frente de batalla
Aunque inicialmente creyeron que su destino final serían las islas, las enfermeras fueron posicionadas en Comodoro Rivadavia. Este punto era crítico, pues servía como una de las seis bases militares desde donde se ejecutaban los ataques contra la flota británica. En la cabecera de la pista del aeropuerto local, prepararon el terreno para recibir un hospital móvil de alta complejidad.
La estructura consistía en once módulos ensamblables en forma de L, adquiridos a Estados Unidos tras la guerra de Vietnam. El equipamiento era avanzado para la época:
- Un quirófano capaz de realizar dos cirugías simultáneas.
- Unidad de terapia intensiva y laboratorio.
- Servicio de rayos X y 25 camas de internación.
- Planta potabilizadora de agua y cocina propia.
Este hospital no solo sirvió en el Atlántico Sur; posteriormente fue desplegado en misiones internacionales en Kosovo, Mozambique, Haití y durante la reciente pandemia. Reynoso destaca que “en cada una de esas misiones siempre hubo una veterana de guerra, siempre. Aunque jamás lo dijeron”.
El inicio del fuego y el rigor del código militar
El hospital quedó operativo entre el 4 y 5 de abril. Aunque reinaba la incertidumbre, el 1 de mayo marcó un antes y un después. A las 4:40 de la mañana, los bombardeos enemigos iniciaron la fase más cruda de su labor.
En ese contexto, las enfermeras operaban bajo una presión extrema. Alicia recuerda que, al ser parte de la institución durante una dictadura, estaban sujetas al mismo código de justicia militar que los varones. “Teníamos todas las obligaciones y ningún derecho”, señala. No había espacio para la vulnerabilidad: “Los militares no cuestionan las órdenes”. Cualquier muestra de debilidad o llanto debía ocurrir en la más absoluta intimidad, lejos de los heridos que necesitaban ver fortaleza en ellas.
A pesar de su juventud (23 y 24 años), las enfermeras se convirtieron en figuras de contención emocional. Debían procesar el trauma de ver soldados destrozados físicamente que, en su agonía, clamaban por sus madres. “Eso nos marcó muchísimo”, relata conmovida.
La logística de la “cama caliente”
El descanso era un lujo inexistente. Las noches eran el periodo de mayor actividad, ya que los aviones sanitarios llegaban bajo el manto de la oscuridad, volando a baja altura para evitar ser detectados. 
El hospital funcionaba bajo el sistema de “cama caliente”: en cuanto un herido era estabilizado, se procedía a su evacuación hacia hospitales en otras provincias para liberar espacio. Este proceso implicaba que las enfermeras debían subir a los aviones para asistir a los soldados durante el traslado aéreo, enfrentando el temor constante de ser derribados por fuego amigo o enemigo.
Reynoso recuerda vívidamente el estado de los combatientes de 18 años: desnutridos, con uniformes destrozados y desorientados, pero con un valor inquebrantable que los impulsaba a querer volver al frente junto a sus compañeros. “Hoy, a más de 40 años, me pregunto qué se les pasó por la cabeza para mandarlos a una guerra”, reflexiona.
El regreso y el inicio de otra batalla: el olvido
A principios de junio, Alicia fue trasladada a Córdoba para realizar el curso de oficial, integrando la primera cohorte de mujeres con ese rango. Hasta entonces, su comunicación con su familia se limitaba a cartas con destino incierto. Al terminar la guerra, el Estado y la institución militar impusieron un manto de silencio sobre su labor.
“Sin embargo, cuando terminó la guerra, de estas mujeres que merecían los mismos reconocimientos que los veteranos, se olvidaron. Y nos escondieron”
A pesar de seguir en servicio activo hasta su retiro en 2021, Alicia comenzó a romper el silencio en 2009. El proceso fue doloroso; tras padecer estrés postraumático, comprendió que la historia de las enfermeras debía ser contada. La reacción interna no fue positiva: fue calificada con insultos denigrantes y acusada de mitomanía. Estas vivencias están plasmadas en su obra: Crónicas de un olvido. Mujeres enfermeras en la Guerra de Malvinas. 
Justicia y memoria de género
Para Reynoso, lo más doloroso es la discriminación institucional. Observó cómo compañeros varones que realizaron las mismas tareas en el hospital de Comodoro Rivadavia recibían honores y pensiones, mientras a las mujeres se las ignoraba. “La guerra y la muerte nos igualaba a todos los que estábamos ahí”, sentencia.
Su lucha la llevó a enfrentarse a múltiples formas de violencia institucional y psicológica. En 2019, incluso fue expulsada de un desfile en Buenos Aires por su condición de mujer. Sin embargo, su persistencia dio frutos. 
Tras más de una década de litigio y activismo, Alicia obtuvo el reconocimiento oficial. Su DNI ahora la acredita legalmente como excombatiente y heroína de la Guerra de Malvinas. Además, su historia inspiró el documental Nosotras también estuvimos, de Federico Strifezzo.
Pese a estos logros, Alicia advierte que la tarea no ha terminado: aún quedan diez enfermeras esperando un reconocimiento justo. “Nos quisieron esfumar, esconder. Pero no pudieron esfumar ni esconder nuestra memoria”, concluye, reivindicando el papel fundamental de la mujer en la historia patriarcal de la defensa de la patria.
Fuente: Fuente