Durante décadas, la imagen pública de Felipe de Edimburgo, el consorte de la reina Isabel II, fue la de un hombre de excepcional longevidad que simplemente aceptaba el desgaste natural del tiempo. No obstante, una biografía reciente rompe con ese relato oficial al asegurar que el duque batalló contra una enfermedad grave durante sus últimos ocho años de vida, ocultando su verdadero estado de salud al mundo entero.
De acuerdo con el libro titulado La reina Isabel II, escrito por el reconocido biógrafo Hugo Vickers, el duque de Edimburgo recibió un diagnóstico de cáncer de páncreas en el año 2013. Según los fragmentos difundidos por la prensa británica, esta condición fue calificada como inoperable desde el momento de su detección, obligando a mantener el diagnóstico bajo el más estricto secreto familiar e institucional.
El origen de este hallazgo médico se remonta a junio de 2013, periodo en el que el marido de la monarca fue ingresado en la London Clinic tras presentar molestias en la zona abdominal. El autor Vickers sostiene que las evaluaciones médicas iniciales permitieron identificar una anomalía pancreática, la cual fue confirmada posteriormente mediante una intervención de carácter exploratorio. A partir de allí, se habría gestionado un proceso clínico discreto que nunca llegó a oídos de la opinión pública.
La fachada de normalidad institucional
Mientras esta realidad se mantenía intramuros, la Casa Real británica continuó emitiendo informes rutinarios. Los comunicados oficiales hablaban de chequeos preventivos e ingresos hospitalarios menores, consolidando la idea de que su salud era estable para su avanzada edad. En ningún caso se realizaron menciones a patologías crónicas ni a cuadros médicos de gravedad extrema previos a su fallecimiento.

Esta percepción de normalidad contribuyó a que la decisión del duque de retirarse de la vida pública en 2017 fuera recibida por la sociedad británica como un acto lógico derivado de su vejez. Sin embargo, a la luz de las revelaciones de Vickers, este alejamiento cobra un matiz distinto, sugiriendo que el manejo de la información y la planificación interna de la familia real estaban condicionados por el avance de la dolencia. Incluso se menciona que existieron rumores internos de gran magnitud que obligaron a prever escenarios ante un posible deceso en momentos políticamente delicados.
Este nuevo enfoque pone en evidencia el hermetismo histórico de la monarquía británica en lo que respecta a la salud de sus integrantes. Tradicionalmente, la institución ha priorizado la privacidad individual y la estabilidad del Estado, limitando al máximo los detalles clínicos. No obstante, este tipo de filtraciones biográficas reavivan la controversia sobre el derecho de la ciudadanía a conocer la realidad sanitaria de sus figuras públicas más influyentes.

El desenlace en el Castillo de Windsor
Finalmente, el 9 de abril de 2021, el duque de Edimburgo falleció en el Castillo de Windsor, apenas unas semanas antes de celebrar su centenario. El certificado de defunción oficial estipuló que la causa del deceso fue simplemente la vejez, omitiendo cualquier referencia a padecimientos oncológicos o patologías previas. Esta nueva versión biográfica plantea ahora serios interrogantes sobre la transparencia de la Corona y los desafíos que rodearon los últimos años de vida de uno de los pilares fundamentales de la monarquía del Reino Unido.
Fuente: Fuente