No data was found

El Estrecho de Ormuz: El nuevo epicentro del conflicto con Irán

Hasta hace apenas unos días, el conflicto armado protagonizado por Estados Unidos e Israel parecía centrarse en una dinámica binaria. Por un lado, las fuerzas combinadas de Washington y Tel Aviv lograban neutralizar gran parte de la capacidad bélica de Irán; sin embargo, en el otro extremo de la balanza, la República Islámica conseguía mantenerse en pie sin que se vislumbrara la aparición de un liderazgo político alternativo que tomara el control.

No obstante, este escenario ha dado un giro drástico tras el éxito iraní en la obstrucción del flujo de petróleo y gas a través del Estrecho de Ormuz. Este movimiento estratégico ha redefinido no solo el desarrollo de las hostilidades, sino también la percepción internacional del riesgo. Según un vocero de la Agencia Internacional de Energía, este bloqueo representa

“la mayor amenaza de su historia en términos de seguridad energética del planeta”

. Aunque la afirmación pueda parecer alarmista, es compartida por múltiples analistas, dado que en cuestión de semanas las cifras de esta crisis han superado los impactos históricos de los shocks petroleros derivados de la guerra de Yom Kippur en 1973 y el ascenso de la República Islámica en 1979.

La persistencia de la voluntad en el conflicto

La situación actual trae a la memoria las enseñanzas de Sun Tzu en su obra clásica El Arte de la Guerra, donde se postula que los enfrentamientos bélicos solo concluyen cuando se quiebra la determinación de lucha de los adversarios. Esta realidad se refleja también en los frentes de Hezbolá en el Líbano y de Hamás en la Franja de Gaza. Ambos grupos, a pesar de encontrarse en una posición militar sumamente debilitada, demuestran que los conceptos occidentales de victoria y rendición no se aplican de la misma forma en el contexto del Medio Oriente.

Debido a esta divergencia cultural y estratégica, los esfuerzos de mediación no han logrado una capitulación formal. Es altamente probable que los anuncios recientes del presidente Donald Trump enfrenten un destino similar al estancamiento observado en la guerra entre Rusia y Ucrania. Las posturas de EE. UU. e Irán son tan diametralmente opuestas que, actualmente, ni siquiera la posibilidad de un alto al fuego parece viable en el corto plazo.

La doctrina de la libertad de navegación

El conflicto en Ormuz trasciende una simple batalla táctica; es una disputa sobre el principio fundamental de la libertad de navegación amparado por el derecho internacional. Este mismo concepto fue el que impulsó a la naciente república estadounidense, allá por 1801, a ejecutar su primera intervención militar en el extranjero en las costas del norte de África. Para la Casa Blanca, este pilar sigue siendo innegociable, tal como se detalla en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de la Administración Trump, la cual establece que el país debe

“preservar la libertad de navegación en todas las rutas marítimas cruciales”

.

La Guardia Revolucioaria iraní patrulla el estrecho de Ormuz para evitar el tránsito de buques petroleros (U.S. Navy via AP)

Si Irán logra consolidar su dominio en Ormuz, el efecto dominó podría amenazar otros puntos críticos como el estrecho de Malaca en el sudeste asiático, los estrechos daneses que conectan el Mar Báltico con el Mar del Norte, el Bósforo, los Dardanelos y el propio Canal de Panamá. Para Estados Unidos, la geopolítica marítima ha regresado al centro de su agenda con una fuerza no vista desde el fin de la Unión Soviética (URSS).

La importancia estratégica de estos ‘puntos de estrangulamiento’ no debería haber tomado por sorpresa al Pentágono. En la era actual, dominada por satélites y misiles de precisión, la geografía física sigue siendo un factor determinante. El Estrecho de Ormuz es vital porque por allí transita el 20% del consumo mundial de hidrocarburos. Sin los ingresos derivados de este control, Teherán no habría podido financiar su red de desestabilización regional ni sus operaciones de apoyo al terrorismo global, cuyas ramificaciones han llegado incluso hasta Buenos Aires.

El desafío tecnológico y los escenarios militares

Un paralelismo preocupante surge al mirar hacia Taiwán. Si bien la isla es foco de tensión por las ambiciones de China, su valor real reside en que allí se fabrica más del 80% de los semiconductores avanzados del mundo. Un bloqueo prolongado en esa zona generaría una catástrofe económica global de proporciones superiores a las actuales. En cuanto a Ormuz, cualquier intento de recuperación militar plantea un pronóstico incierto que requeriría el despliegue de fuerzas de élite, paracaidistas y unidades de respuesta rápida.

En este escenario, es previsible que EE. UU. actúe en solitario. Francia, bajo el mando de Emmanuel Macron, ha sugerido que sus tropas solo intervendrían si Irán estuviera totalmente derrotado, una postura que resuena en la Unión Europea bajo la premisa de que esta

“no es su guerra”

. Por su parte, Israel se encuentra concentrado en el frente norte contra Hezbolá.

A pesar de las advertencias, el Líbano fue arrastrado a la guerra por los proxis iraníes. Israel ha manifestado su intención de restablecer una zona de seguridad hasta el Río Litani, a unos 30 kilómetros de su frontera, un área que no ocupaba desde el año 2000. El objetivo es proteger a los civiles israelíes que fueron evacuados ante los ataques constantes de Hezbolá en apoyo a Hamás. Todo apunta a que la presencia israelí en suelo libanés persistirá hasta que el gobierno local logre desarmar a los grupos terroristas y recupere el monopolio de la fuerza.

Hezbollah fue el primero de los aliados del régimen iraní en involucrarse en el conflicto (REUTERS/Amr Abdallah Dalsh)

El dilema político de Washington y el programa atómico

Para el presidente Donald Trump, una intervención directa en Ormuz representa un riesgo político significativo frente a su base MAGA, a quien prometió reiteradamente evitar el envío de tropas terrestres (‘boots on the ground’). Involucrar unidades especiales podría empañar uno de los logros que más presume: haber extraído al país de conflictos prolongados sin iniciar guerras nuevas.

En lo que respecta a la amenaza nuclear, cualquier operación para neutralizar el uranio enriquecido por Irán demandaría el uso de unidades como el Regimiento Ranger, los Boinas Verdes o la Fuerza Delta. Estos operativos requieren una inteligencia de campo extremadamente precisa y una logística que solo Washington posee, dado que Israel ha privilegiado tradicionalmente los ataques aéreos, como ocurrió en 1981 con el programa de Sadam Husein. Informes de inteligencia sugieren que las reservas de uranio están en Fordow e Isfahán, protegidas por instalaciones subterráneas masivas.

Expertos de centros especializados en Jerusalén sostienen que, tras los bombardeos previos, la opción menos arriesgada podría ser mantener el uranio enterrado bajo escombros, ya que es probable que se encuentre en estado gaseoso y su manipulación resultaría extremadamente peligrosa.

Consecuencias económicas y lecciones de la Guerra Fría

La respuesta híbrida de Irán ha detonado una ‘bomba económica’. Además de la crisis energética, se registra una escasez global de fertilizantes e insumos agrícolas, elevando el precio de los alimentos y amenazando la seguridad alimentaria mundial. Esta situación guarda similitudes con lo ocurrido tras la invasión de Rusia a Ucrania, pero con el agravante de que en Ormuz no hubo un embargo formal, sino que bastó la amenaza verbal y el ataque a infraestructuras clave para desatar el caos.

Este nivel de chantaje global supera incluso los límites establecidos por el ayatolá Ruhollah Jomeini en 1979. Aunque Jomeini promovió la crisis de los rehenes, evitó llevar al mundo entero al abismo económico que representa el cierre del estrecho. Durante la guerra entre Irán e Irak en los años 80, Estados Unidos tuvo que intervenir para escoltar petroleros y garantizar la navegación frente al uso de minas de contacto.

Además de bloquear el estrecho, Irán también ha atacado petroleros en Ormuz

Documentos desclasificados de la época de la URSS revelan que el Kremlin también observaba con alarma el radicalismo en Teherán, considerando incluso acciones preventivas ante la aparente inacción estadounidense. En aquel entonces, algunos funcionarios de la Casa Blanca llegaron a contemplar escenarios nucleares, mientras que el clero iraní era visto por sectores de EE. UU. como un contrapeso al avance del comunismo.

Hacia un nuevo mapa geopolítico

Décadas después, la importancia del petróleo y el gas en lo que los iraníes llaman el Golfo Pérsico permanece intacta. Europa, por el contrario, parece haber perdido toda relevancia en la resolución de estos conflictos, lo que algunos interpretan como una señal del declive definitivo de los antiguos imperios y una crisis profunda en la OTAN. La falta de respuesta europea ante misiles iraníes con capacidad para alcanzar capitales del continente, tras rozar la Isla Diego García, subraya esta desconexión.

En el Irán actual, el poder real parece residir en la Guardia Revolucionaria, desplazando incluso a los clérigos hacia una dictadura de corte militar tras el fallecimiento del líder supremo. Washington, por su parte, apunta a controlar la producción petrolera iraní de manera similar a lo ocurrido en Venezuela una vez que se resuelva la fase militar.

Como alternativa estratégica, se plantea la construcción de nuevos oleoductos y gasoductos que atraviesen Arabia Saudita y Jordania, conectando el Golfo con los puertos israelíes de Eilat, Aqaba y Haifa. Esto permitiría exportar energía al Mediterráneo evitando los estrechos vulnerables como Ormuz o Bab Al-Mandeb. Alianzas entre Israel, Grecia, Chipre y Egipto ya están en marcha, y podrían incluir a Turquía dependiendo de futuros cambios políticos.

La Guardia Revolucionaria es la que mantiene el poder real en Irán en este momento (IRGC/WANA via REUTERS)

A pesar de que Irán ha sido castigado militarmente, el régimen podría declarar la victoria si logra sobrevivir al conflicto sin un plan político claro de Washington para el ‘día después’. La guerra, en términos de eficiencia operativa, ha superado los indicadores de la Guerra del Golfo de 1991, pero la incertidumbre sobre el futuro de la República Islámica y la seguridad en el Estrecho de Ormuz mantiene al mundo en vilo.

Fuente: Fuente

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER