Hacia finales de marzo de 1979, las salas de cine en Estados Unidos exhibían una producción que generaba gran inquietud. La película titulada El Síndrome de China, que se había estrenado el 12 de ese mismo mes, se perfilaba para ser uno de los grandes éxitos de taquilla del año. Bajo la dirección de James Bridges y con un elenco estelar conformado por Jack Lemmon, Jane Fonda y Michael Douglas, el filme narraba las vivencias de una reportera de televisión y su camarógrafo, quienes sacaban a la luz graves deficiencias de seguridad y maniobras de ocultamiento en una planta nuclear.
El nombre de la cinta, El Síndrome de China, hacía referencia a una alarmante teoría sobre la magnitud de una catástrofe atómica: si el núcleo de un reactor en territorio estadounidense llegara a fundirse, este podría teóricamente perforar la corteza terrestre hasta alcanzar el extremo opuesto del planeta, provocando un desastre de proporciones globales.
En la trama, se desarrolla una intensa carrera contra el reloj para evitar una deflagración. Durante esta crisis, el responsable de la central, interpretado por Jack Lemmon, halla evidencias de que la empresa propietaria decidió, por intereses financieros, ignorar que las soldaduras del reactor carecían de seguridad, llegando incluso a la falsificación de las radiografías técnicas correspondientes. Los periodistas se proponen denunciar esta conspiración, pero la historia culmina con una explosión destructiva.
La gran acogida de este largometraje se debió a dos ejes principales. Primero, la enorme popularidad que gozaba el cine de catástrofes a finales de la década de los 70; segundo, el hecho de que las plantas atómicas eran un tema recurrente y polémico en la opinión pública. En aquel entonces, la sociedad general poseía escasos conocimientos sobre el uso civil de la energía nuclear, vinculándola erróneamente con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, además del temor constante a un conflicto nuclear derivado de la Guerra Fría.
Pese a la tensión que generaba, muchos espectadores consideraban la obra de Bridges como un simple relato de ciencia ficción, asumiendo que tales eventos solo ocurrían en la pantalla grande. No obstante, esta percepción cambió radicalmente cuando, apenas 16 días después del estreno cinematográfico, ocurrió un incidente real, aunque con efectos menos terminales. Fue en ese momento cuando el mundo entero escuchó por primera vez el nombre de una pequeña porción de tierra en Pensilvania: Three Mile Island.

Una crisis atómica inesperada
Ubicada en el cauce del río Susquehanna, cerca de la localidad de Harrisburg, la isla de Three Mile Island es un territorio pequeño de menos de cinco kilómetros cuadrados. Sin embargo, durante las primeras horas del 28 de marzo de 1979, un fallo en la central nuclear instalada allí activó todas las alarmas nacionales, resultando en la evacuación de más de 100.000 ciudadanos y sembrando el terror ante la posibilidad de una tragedia nuclear inminente.
A las 4:00 de la madrugada de ese miércoles, se produjo una cadena de errores técnicos que desembocó en la explosión de uno de los reactores. Este suceso generó una fuga de material radiactivo que puso en riesgo a cerca de dos millones de personas. Según los registros de la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA), el evento fue catalogado como un incidente de nivel 5 en una escala de 7, siendo en ese momento el tercer desastre nuclear más grave de la historia, solo superado por los eventos de Kysshtym en la Unión Soviética y Windscale en Gran Bretaña, ambos ocurridos en el año 1957.
Inicialmente, las instituciones de control en Estados Unidos buscaron minimizar el impacto de lo ocurrido. La Comisión Reguladora Nuclear (CRN) comunicó que no se registraron fallecimientos y que la exposición radiactiva promedio para la población fue equivalente a la de una simple radiografía de tórax. Si bien los datos oficiales afirman que en las décadas posteriores no se detectó un incremento en casos de cáncer u otras patologías ligadas a la radiación, estas cifras han sido rotundamente cuestionadas por diversas organizaciones civiles y colectivos vecinales de la zona afectada.
Este evento marcó un punto de inflexión para la industria nuclear, no solo en Norteamérica sino a nivel global. Un reporte de la Asociación Nuclear Mundial señala que
“La confianza pública en la energía nuclear disminuyó drásticamente tras el accidente de Three Mile Island. Fue una de las principales causas del declive de la construcción nuclear durante los años ochenta y noventa”
.
En términos estadísticos, solo en Estados Unidos se procedió a la cancelación de 39 proyectos de centrales atómicas que ya contaban con autorización o estaban en proceso de edificación. Meses después del siniestro, la propia CRN admitió que “El accidente cambió permanentemente tanto a la industria nuclear como a la Comisión Reguladora Nuclear”, reconociendo que la desconfianza social obligó a implementar supervisiones y regulaciones mucho más rigurosas y detalladas.

Cronología de una falla técnica y humana
La infraestructura de Three Mile Island databa de 1968, iniciando sus operaciones con el reactor TMI-1 en el año 1974. Posteriormente, a finales de 1978, se puso en marcha el segundo reactor, denominado TMI-2, el cual apenas operaba a un 97% de su capacidad cuando se produjo el fallo fatal pocos meses después.
El incidente del 28 de marzo comenzó cuando las bombas principales de suministro en un circuito secundario dejaron de operar debido a un desperfecto mecánico o eléctrico. Esto impidió que el sistema pudiera disipar el calor del circuito primario en los generadores. En términos sencillos, el sistema de enfriamiento falló, provocando un sobrecalentamiento crítico que activó el apagado automático de la turbina. A esto se sumó un error humano determinante: una válvula de seguridad quedó bloqueada, pero los instrumentos engañaron a los operarios, quienes no percibieron la gravedad real de la situación. Fue recién dos horas más tarde, con el ingreso del nuevo turno de trabajadores, cuando se identificó el peligro real.
Se inició entonces una desesperada labor para reintroducir agua y enfriar el reactor antes de una explosión definitiva. No obstante, los esfuerzos no bastaron. A las 22:00 horas —18 horas después del inicio de la crisis— una parte importante del núcleo ya se había fundido y el reactor finalmente explotó. Se estima que entre 2,5 y 15 millones de curios (gases radiactivos) se liberaron a la atmósfera. La Comisión Reguladora Nuclear concluyó que una mezcla de fallos de diseño, mal funcionamiento de los equipos y errores de los empleados derivó en la fusión parcial del reactor.

El cierre de una era y el proceso de limpieza
El proceso de desalojo de las áreas circundantes fue calificado como tardío y deficiente. Cerca de 100.000 habitantes abandonaron sus hogares con retraso debido a que la empresa operadora y las autoridades sanitarias intentaron, en un principio, restarle importancia a la amenaza de la radiación. Hasta la fecha, no existen investigaciones oficiales que gocen de plena credibilidad sobre los efectos a largo plazo que la nube radiactiva pudo tener en los residentes expuestos.
Tras el siniestro, la planta fue clausurada. Las labores de descontaminación se extendieron por años y demandaron inversiones millonarias. Aunque la unidad TMI-1 retomó actividades en 1985, el reactor dañado, TMI-2, jamás volvió a ser utilizado. La central operó con un único reactor durante cuatro décadas adicionales, hasta que en mayo de 2017, la operadora Exelon Generation anunció el cese definitivo de sus funciones por motivos económicos y la falta de subsidios gubernamentales. Aunque tenían permiso legal para operar hasta 2034, la producción ya no resultaba rentable.
El 20 de septiembre de 2019, la planta generó su último suministro eléctrico. Sin embargo, las tareas de limpieza del material contaminado continuarán durante décadas, con un presupuesto estimado de 1.200 millones de dólares. Se prevé que los últimos vestigios de radiactividad en el sitio desaparecerán totalmente en el año 2078.

El auge del turismo nuclear
Paradójicamente, las tragedias del pasado han abierto paso a una industria lucrativa en la actualidad: el “turismo oscuro”. Esta tendencia, que ya cuenta con rutas establecidas en Chernobyl, Auschwitz o Hiroshima, está ganando terreno en territorio estadounidense bajo la modalidad de “turismo nuclear”.
Este circuito especializado incluye paradas emblemáticas como la visita al Enola Gay (el avión de la bomba de Hiroshima), los laboratorios de Los Álamos en Nuevo México donde nació el Proyecto Manhattan, y búnkeres secretos gubernamentales en Virginia Occidental. Se espera que Three Mile Island se integre próximamente como un destino clave dentro de esta oferta turística.
El impacto de lo ocurrido en 1979 fue descrito por el diario The New York Times como
“una semana de miedo apocalíptico, pánico, declaraciones contradictorias e intensa confusión”
. Si bien hoy el evento parece haber quedado en un segundo plano frente a desastres posteriores de mayor magnitud, como Chernobyl en 1986 o Fukushima en 2011, Three Mile Island permanece en la historia como la advertencia más clara de que, a veces, la realidad imita a la ficción de la forma más peligrosa posible.
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