En el complejo panorama geopolítico actual, Rusia parece encontrar ventajas estratégicas en la escalada de tensiones que involucra a Irán. El incremento en las cotizaciones internacionales del petróleo y el gas ha brindado un respiro a su erario público, el cual se encontraba bajo una presión considerable. Paralelamente, la inestabilidad en el Medio Oriente amenaza con desviar el suministro de armamento desde Estados Unidos hacia otros frentes, restando prioridad a Ucrania. A pesar de que la división entre las potencias occidentales podría debilitar el respaldo al gobierno ucraniano, en el corazón de Moscú ha comenzado a gestarse una profunda inquietud interna.
Un limbo digital en las principales urbes rusas
Esta atmósfera de nerviosismo no es producto de presiones externas, sino de las acciones de los propios organismos de seguridad rusos. Durante las últimas semanas, se ha reportado el bloqueo sistemático de servicios de internet móvil en puntos neurálgicos como Moscú y San Petersburgo. Estas medidas han sumergido a las dos metrópolis más relevantes del país en una suerte de aislamiento digital, alterando profundamente la cotidianidad de sus habitantes y generando fracturas evidentes dentro de las estructuras de poder del país.
Las restricciones en la capital iniciaron formalmente el pasado 6 de marzo, bajo la supuesta dirección del FSB (Servicio Federal de Seguridad). Aunque el bloqueo fue revertido parcialmente tras casi tres semanas, las autoridades justificaron estas acciones bajo el concepto de “seguridad nacional”. Sin embargo, la percepción generalizada entre los moscovitas es que el gobierno está testeando un sistema de cortafuegos avanzado, diseñado para desconectar a la nación de la red global y permitir únicamente el acceso a plataformas previamente autorizadas. Lo que antes era una práctica limitada a regiones provinciales, ahora ha alcanzado el epicentro del poder ruso.
El fin de la normalidad cotidiana
Tradicionalmente, en la capital rusa se mantenía un pacto implícito: la limitación de libertades civiles se compensaba con una infraestructura de servicios digitales de primer nivel. No obstante, el reciente apagón tecnológico rompió este equilibrio.
Pero de repente, los padres ya no podían enviar mensajes a sus hijos, los conductores no podían pagar el estacionamiento ni los repartidores podían entregar sus pedidos.
Incluso servicios básicos como el transporte se vieron afectados, obligando a los ciudadanos a solicitar taxis vía telefónica o directamente en las calles, retomando prácticas de décadas pasadas.
En términos económicos, el impacto ha sido devastador. Según datos recabados por el diario Kommersant, el costo diario de estas interrupciones para el sector empresarial alcanzó los mil millones de rublos (aproximadamente 12 millones de dólares). Como consecuencia, se registró un auge inesperado en la venta de mapas físicos, buscapersonas y radios de comunicación. Un símbolo de este retroceso fue la instalación de una cabina telefónica roja, con un diseño que recordaba a un ataúd, cerca de los Estanques del Patriarca, lugar emblemático de la literatura rusa vinculado a Mijaíl Bulgákov.
La guerra llega a los hogares de Moscú
Hasta hace poco, el Kremlin se esforzó por proyectar una imagen de estabilidad total. Mientras que en ciudades fronterizas como Belgorod las alertas de ataques son constantes, en Moscú se continuaban financiando festivales ostentosos y decoraciones estacionales para mantener a la población ajena al conflicto. Sin embargo, las medidas de los servicios de inteligencia han terminado con esta ilusión de paz.
Un analista en psicología consultado sobre el fenómeno indicó lo siguiente:
Algo ha cambiado en el ambiente de Moscú, como si la sensación de emergencia hubiera irrumpido en la vida de la gente.
Al intentar blindar la seguridad personal del presidente Vladimir Putin, el aparato estatal ha socavado el balance entre la economía de guerra y la vida civil, provocando que, por primera vez desde el inicio de las hostilidades en 2022, se empiece a mencionar la posibilidad de manifestaciones públicas.
El modelo iraní y el control de la información
La estrategia actual de Rusia guarda similitudes con el sistema de control aplicado en Irán. El experto Gregory Asmolov, vinculado al King’s College de Londres, sostiene que el Kremlin siempre ha percibido la apertura digital como una vulnerabilidad. Según Asmolov, el conflicto bélico ha funcionado como un acelerador para transformar el sistema ruso de uno integrado globalmente a uno hermético y bajo estricta vigilancia, especialmente tras observar cómo potencias extranjeras han utilizado tecnología móvil para operaciones de inteligencia.
En este contexto, el foco de la censura ha caído sobre Telegram, aplicación que cuenta con una base de 94 millones de usuarios en territorio ruso. A pesar de que su fundador, Pavel Durov, se ha resistido históricamente a entregar datos al FSB, la presión ha escalado. Recientemente, medios estatales señalaron a Durov por presuntas vinculaciones con “actividades terroristas”. El bloqueo de esta herramienta, inicialmente proyectado para el 1 de abril, se ejecutó de forma anticipada, al tiempo que se intensificaba la persecución contra las redes privadas virtuales (VPN).
Resistencia dentro del propio régimen
El intento de migrar a los usuarios hacia Max, una plataforma nacional con capacidades de monitoreo estatal, ha generado rechazo incluso entre funcionarios del gobierno. Dmitry Peskov, vocero de la presidencia, admitió que estas restricciones entorpecen la labor de comunicación oficial y la difusión de propaganda en el exterior. Por su parte, el gobernador de Belgorod, Vyacheslav Gladkov, fue enfático al señalar los riesgos de esta política:
Las fuerzas armadas ucranianas son una amenaza. La falta de información es una amenaza aún mayor.
Incluso los sectores más fervorosos a favor de la guerra, como los blogueros militares, han mostrado su indignación. Estos creadores de contenido, que pueden generar ingresos de hasta 1,5 millones de rublos mensuales mediante publicidad y donaciones, dependen enteramente de la operatividad de Telegram para coordinarse con mandos militares y mantener a su audiencia.
La tensión alcanzó un punto crítico con el caso de Ilya Remeslo, un bloguero que anteriormente servía a los intereses del Kremlin contra opositores como Alexei Navalny. Sorpresivamente, el pasado 17 de marzo, Remeslo utilizó su canal para lanzar una dura crítica contra el mandatario, afirmando que:
Vladimir Putin debe dimitir y ser juzgado como criminal de guerra y ladrón.
Apenas 48 horas después de esta publicación, se reportó que Remeslo fue internado en un centro psiquiátrico, un desenlace que muchos comparan con las prácticas de censura más oscuras de la historia rusa.
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