De acuerdo con las recientes declaraciones de Donald Trump, se podría inferir que la estructura de mando en Irán ha permanecido estática a pesar del conflicto bélico. El pasado 23 de marzo, el mandatario de Estados Unidos planteó ante la prensa que el control del estrecho de Ormuz podría resolverse mediante un diálogo directo entre él y el ayatolá. No obstante, mientras la nación persa evalúa retomar los diálogos diplomáticos, surge una interrogante crítica: ¿quién posee realmente la facultad de pactar con Washington y asegurar que los acuerdos se respeten?
El vacío en la cúpula y el ascenso del CGRI
El presunto heredero y actual líder supremo, Mojtaba Khamenei, ha permanecido fuera del ojo público desde que su progenitor fue ultimado al inicio de las hostilidades el 28 de febrero. Esta ausencia se suma a la pérdida de figuras de alto nivel como Ali Larijani, quien fuera secretario del Consejo de Seguridad Nacional. Ante este escenario, el poder ha sido absorbido por una red institucional descentralizada, diseñada específicamente para garantizar la supervivencia del régimen frente a ataques dirigidos. En el corazón de este sistema se ubica el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), una organización paramilitar que cuenta con 190.000 efectivos y que, en la actualidad, parece administrar tanto la gobernanza del Estado como las operaciones de guerra.
“Esta guerra es una bendición para el CGRI. Ha consolidado su posición al mando”
De la teocracia a la junta militar
Analistas y fuentes cercanas a la administración iraní describen una metamorfosis del sistema político, que ha pasado de ser una teocracia tradicional a configurarse como una junta militar, similar a los modelos vistos en Egipto, Argelia o Pakistán. Un observador interno señala que se ha realizado una transición “del poder divino al poder duro”. Si bien la normativa constitucional de Irán exige que el líder supremo sea un clérigo de alto rango, el ascenso de Khamenei respondió más a una necesidad de continuidad impulsada por el CGRI que a sus méritos religiosos. Actualmente, su desaparición se justifica oficialmente por motivos de seguridad, aunque los rumores sobre un estado de coma, su estancia en un hospital de Moscú o incluso su fallecimiento son persistentes en los círculos diplomáticos.
Raz Zimmt, analista de origen israelí, sostiene que
“no está claro que sea capaz de tomar decisiones importantes”
. Incluso si reapareciera, es probable que solo actúe como una figura decorativa. Según el empresario británico Mohamed Amersi, quien mantiene vínculos con el régimen, son los militares quienes ahora mueven los hilos del poder político.
Nuevos rostros en el control estratégico
La autoridad práctica se concentra ahora en la Guardia Revolucionaria. El Consejo de Seguridad Nacional, hoy bajo el mando de militares, define la ruta estratégica del país. El 24 de marzo, se oficializó el relevo de Larijani, antiguo profesor de filosofía, por Muhammad Zulghadr, un alto funcionario del CGRI. A este órgano se suman figuras como Muhammad Bagher Qalibaf, actual presidente del Parlamento con pasado militar, y diversos generales activos del cuerpo élite. Adicionalmente, un consejo de defensa reactivado opera desde búnkeres secretos para dirigir los ataques. El brazo operativo descansa en Khatam al-Anbiya, el cuartel general de la IRGC en el campo de batalla, que mantiene la custodia de los proyectiles y misiles más sofisticados de Irán.
Facciones internas y el reto diplomático
Para la administración de Estados Unidos, negociar con este nuevo bloque presenta desafíos complejos debido a que la Guardia Revolucionaria no es un ente uniforme. Existen sectores liderados por figuras como Hossein Alaei, general retirado con visiones reformistas, y un bloque pragmático encabezado por Qalibaf, capaz de alternar entre el radicalismo y la moderación.
“Ambos bandos podrían estar abiertos al diálogo”
, sugieren algunos análisis. No obstante, el ala más intransigente sigue siendo poderosa, liderada por Saeed Jalili, otro exmiembro del cuerpo militar que obtuvo 13,5 millones de votos en los últimos comicios presidenciales. No hay certeza de que estas facciones respeten un eventual cese de fuego o el desmantelamiento del programa nuclear.
Resistencia descentralizada y control social
La supervivencia de la Guardia Revolucionaria ante los bombardeos masivos se atribuye a su fragmentación en 31 subdistritos autónomos. Cada zona posee su propio arsenal de drones y misiles, con libertad para actuar de forma independiente si fallan las comunicaciones centrales. Asimismo, la Basij, encargada de la seguridad interna, ha disgregado sus fuerzas en miles de pequeñas células móviles ocultas en infraestructura civil como escuelas, mezquitas y campamentos. Esta táctica complica los planes de Israel y Estados Unidos, ante el riesgo de enfrentar una guerra de guerrillas prolongada que mantenga bloqueado el estrecho de Ormuz.
Finalmente, las amenazas externas, como las de los grupos kurdos en Irak, han sido contenidas temporalmente mediante el uso de drones y misiles. A nivel interno, el sentimiento popular ha cambiado radicalmente; aunque inicialmente sectores de las ciudades celebraron las bajas del régimen, el impacto de los bombardeos en zonas civiles y la aparente invulnerabilidad del CGRI han disipado las esperanzas de una insurrección. En Mashhad, un docente local refleja el sentir de muchos:
“Antes hablábamos del fin del régimen cuando terminara la guerra. Ahora tememos qué hacer con un régimen que es más fuerte y poderoso que nunca”
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