Durante el último periodo, los incendios forestales en el territorio mexicano han sobrepasado la barrera del millón de hectáreas perjudicadas cada año. Este preocupante escenario es vinculado directamente con los efectos del cambio climático, según reportes especializados de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El incremento constante de las temperaturas a nivel global, sumado a las alteraciones en los ciclos de precipitaciones, ha propiciado un entorno ideal para el inicio y la rápida expansión de las llamas en diversos ecosistemas. Las sequías prolongadas, las olas de calor de mayor intensidad y la presencia de vegetación deshidratada elevan significativamente la fragilidad de las zonas boscosas. A su vez, estos siniestros retroalimentan la crisis ambiental al emitir volúmenes masivos de dióxido de carbono (CO2) y otros gases que potencian el efecto invernadero.
Un escenario alarmante ante la proliferación de siniestros
La situación actual evidencia la gravedad de este reto ambiental. Cifras proporcionadas por la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) indican que, durante el 2024, se contabilizaron más de 8 mil incendios forestales. Estos eventos devastaron aproximadamente 1.67 millones de hectáreas, consolidándose como la extensión más grande de daños desde que se tiene un registro oficial. Dicho dato representa un crecimiento cercano al 60 por ciento en comparación con las estadísticas del 2023.
Para el año 2025, los indicadores mantienen una tendencia alarmante, con miles de incidentes que nuevamente superaron el millón de hectáreas afectadas, con un impacto severo en las regiones del norte y centro del país. Las autoridades forestales atribuyen este fenómeno a factores climáticos extremos, tales como la persistencia de la falta de lluvias y el calor excesivo.
A continuación, se presenta el desglose detallado de la incidencia de incendios y la superficie dañada en México durante los últimos años (con corte al 9 de marzo):
- 2011: 12,113 incidentes con 956,404.80 hectáreas.
- 2012: 7,282 incidentes con 347,901.37 hectáreas.
- 2013: 10,406 incidentes con 413,593.99 hectáreas.
- 2014: 5,325 incidentes con 155,533.52 hectáreas.
- 2015: 3,809 incidentes con 88,538 hectáreas.
- 2016: 8,422 incidentes con 275,391 hectáreas.
- 2017: 8,896 incidentes con 726,361 hectáreas.
- 2018: 6,970 incidentes con 488,161.87 hectáreas.
- 2019: 7,410 incidentes con 633,678 hectáreas.
- 2020: 5,913 incidentes con 378,928 hectáreas.
- 2021: 7,337 incidentes con 660,734.57 hectáreas.
- 2022: 6,719 incidentes con 735,206 hectáreas.
- 2023: 7,611 incidentes con 1,047,493 hectáreas.
- 2024: 8,002 incidentes con 1,672,216 hectáreas.
- 2025: 7,016 incidentes con 1,230,212 hectáreas.
- 2026: 1,238 incidentes con 57,576 hectáreas.

Análisis y lectura de las estadísticas forestales
El especialista Diego Pérez Salicrup, perteneciente al Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, ha destacado que el alza térmica, las sequías agudas y los cambios en la lluvia están reconfigurando la duración, fuerza y alcance de estos eventos.
Asimismo, el investigador enfatiza en la importancia de realizar una lectura correcta de la data. Un aumento en la cantidad de fuegos no siempre es sinónimo de un desastre mayor si no se evalúan componentes como la superficie impactada, el nivel de severidad y las condiciones del clima. Una interpretación deficiente podría derivar en una percepción social distorsionada o en la creación de políticas públicas ineficaces.
La función ecológica del fuego
Desde una visión biológica, el fuego cumple roles naturales en diversos paisajes, permitiendo la regeneración vegetal, la disponibilidad de nutrientes y la creación de hábitats para distintas especies. No obstante, sus consecuencias sociales y económicas son profundas, afectando la salud pública, la calidad del aire y la economía de las regiones.
Históricamente, diversas poblaciones han empleado las llamas como un recurso para labores de agricultura y ordenamiento del territorio. Estas acciones, siempre que se ejecuten bajo un esquema controlado, forman parte del vínculo ancestral entre el ser humano y la naturaleza.
Estrategias para una gestión eficiente
Considerando la complejidad de este panorama, las políticas públicas han dado un giro hacia un manejo más integral. En el país se están potenciando mecanismos como la colaboración interinstitucional, la recuperación de terrenos devastados, el diseño de brechas cortafuego y el uso de quemas controladas bajo la guía de expertos.
El objetivo central de estas intervenciones es aminorar la fragilidad de los ecosistemas y salvaguardar a las poblaciones. Bajo la presión del cambio climático, resulta imperativo comprender la dinámica del fuego y gestionarlo adecuadamente para conservar la biodiversidad y mitigar los riesgos futuros.
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