El tango, danza nacional de Argentina reconocida por su fervor y precisión, desempeña un rol transformador en un centro de salud de Buenos Aires: actuar como una terapia rehabilitadora para personas que conviven con la enfermedad de Parkinson. Una vez por semana, un grupo de aproximadamente doce pacientes acude al Hospital Ramos Mejía para participar en sesiones donde el baile se convierte en un tratamiento para la rigidez, los problemas de coordinación y la falta de equilibrio. La meta principal es otorgarles estrategias de movimiento aplicables a su cotidianidad, además de ofrecer un estímulo emocional y social mediante el ritmo musical.
Orígenes y fundamentos médicos del programa
Este proyecto se puso en marcha hace 15 años, tras la inspiración brindada por una paciente que practicaba tango desde su niñez. Ella notó que esta danza le proporcionaba herramientas clave para mejorar su movilidad y su marcha, según relató la neuróloga Nélida Garretto, quien fue una de las impulsoras de estos talleres.
Por su parte, la doctora Tomoko Arakaki, neuróloga que también encabeza el programa, explicó que los pacientes con Parkinson suelen presentar dificultades al iniciar o detener su caminata. En este sentido, el tango resulta beneficioso al trabajar con “pasos lentos y cortos” y pausas controladas. La doctora Garretto enfatizó que el baile requiere “realizar múltiples tareas con estímulos motores, estímulos visuales y estímulos auditivos”, lo cual entrena al cerebro para coordinar los pequeños movimientos necesarios en las actividades diarias.

El proceso inicia con ejercicios de calentamiento realizados en círculo. Según Manuel Firmani, bailarín profesional de tango y conductor de los talleres, estas dinámicas “tratan de sintonizar a todos, preparar el cuerpo, despertar el cuerpo”. Dependiendo de la condición física de los asistentes, algunos ejercicios se ejecutan de pie y otros sentados, ya que, como afirma Firmani, el estado del cuerpo de los pacientes varía cada día.
Beneficios específicos del baile en el Parkinson
Aunque la terapia con baile se aplica en otras patologías como la esclerosis múltiple o el Alzheimer, la investigadora y psicóloga Débora Rabinovich, co-creadora del programa, destaca que “el tango utiliza el mismo tipo de movimientos que las personas con párkinson tienden a perder”.
Rabinovich observó que muchos movimientos del tango implican retroceder, una acción compleja para estos pacientes, quienes suelen perder el equilibrio hacia atrás. Esta práctica “obliga a tu cerebro a concentrarse, en parte en estos movimientos hacia atrás, pero también en cualquier movimiento detallado”, explicó la especialista.

Existen pasos técnicos que son particularmente útiles. El sanguchito, un movimiento tradicional donde un pie queda atrapado entre los de la pareja, sirve como una guía clara para que los pacientes dirijan su cuerpo. Asimismo, el traslado del peso de un pie a otro es fundamental. Manuel Firmani incentiva a los alumnos a aplicar este concepto para cruzar umbrales o subir a una vereda.
Otras aplicaciones prácticas incluyen el paso lateral para abrir la puerta de una heladera o la rotación del torso, útil para girar el cuerpo al lavar los platos. El profesor sostiene que el tango “coloca al cuerpo en una cierta posición y lo mueve en direcciones específicas”, logrando que esta danza “restablezca el orden” en los patrones de movimiento que el Parkinson suele alterar. El impacto es tal que algunos pacientes que ingresan a clase con bastón recuperan la confianza suficiente para retirarse sin él.

Testimonios de superación y entorno social
Liliana Garay, de 59 años, fue diagnosticada con Parkinson hace dos décadas y se integró al taller en 2011 sin saber bailar tango. Para ella, la práctica ha sido vital contra la debilidad y la rigidez. En su hogar, suele practicar giros dibujando “el número ocho en el suelo, como el símbolo de infinito”. Cuando sufre episodios de congelamiento al agacharse, utiliza técnicas aprendidas en clase: respira y mueve su pierna en secuencias de atrás, costado y adelante.
“Eso ayuda a que la rigidez pase y puedo volver a caminar”
Además del beneficio físico, Garay destaca el valor humano del grupo: “La clase es un lugar increíble porque no te hacen sentir diferente. Nos exigen lo mismo. No dicen: ‘Ay, tenés Parkinson, pobrecita’”.

Impacto cultural y emocional
Aunque existen iniciativas similares en otros países como Estados Unidos, el programa de Buenos Aires ha beneficiado a unos 100 pacientes basándose en la fuerte conexión cultural de Argentina con esta música. Débora Rabinovich señala que para quienes sienten que su cuerpo los traiciona, el tango permite “sentir tu cuerpo de una manera completamente diferente”, recuperando la sensación de movimiento incluso en casos de movilidad reducida.

Para Liliana Garay, quien viaja desde Ciudadela para asistir, los resultados son tan profundos que ahora organiza sus propias milongas. Su música predilecta para bailar es la de Osvaldo Pugliese, debido a sus ritmos marcados. La experiencia en el taller del Hospital Ramos Mejía es, en sus palabras, transformadora: personas en sillas de ruedas o muletas logran bailar juntas en un ambiente único. Para ella, la conclusión es simple:
“El tango, para mí, es salud”
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