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Juan Rescalvo: El camino para superar el sentimiento de insuficiencia

En la actualidad, la sensación de no estar a la altura se ha transformado en una carga silenciosa que muchas personas llevan a diario. Este sentimiento no suele originarse por fracasos tangibles o por una falta real de capacidades, sino por una percepción interna distorsionada que termina por definir la forma en que el individuo se valora. En este escenario, la autoexigencia extrema es un factor determinante: mientras más altas son las metas personales, más frecuente es la sensación de que nada de lo que se hace es suficiente.

El perfeccionismo, lejos de ser una característica positiva, funciona frecuentemente como una emboscada emocional. Al perseguir un ideal inalcanzable, la persona se sumerge en un ciclo de frustración que daña su autoestima y altera su visión de la realidad. De este modo, los logros dejan de evaluarse con objetividad y empiezan a medirse bajo estándares imposibles, lo que deriva en una sensación de fracaso permanente, incluso cuando se obtienen resultados exitosos.

A esta realidad interna se le añade el peso del entorno social, caracterizado por la necesidad de aprobación, el temor a ser rechazado o la búsqueda incesante de reconocimiento externo. Estos elementos nutren una presión personal que pocas veces se pone en duda, pero que impacta directamente en el bienestar emocional. Por ello, el análisis no debe centrarse solo en el malestar, sino en comprender los mecanismos psicológicos que lo mantienen activo.

Bajo esta premisa, el psicólogo Juan Rescalvo propone un cambio radical en la interpretación de este conflicto. Según el especialista, el primer paso es la comprensión profunda del origen:

“Lo primero que tienes que hacer es entender por qué te sientes insuficiente. Tú llevas toda la vida pensando que eres insuficiente porque te falta algo, pero no te falta nada, te sobra algo”.

Muchas personas se sienten insuficientes porque tienen expectativas demasiado altas. (Freepik)

El peso de las expectativas desmedidas

Ese concepto de “exceso” mencionado por Rescalvo se refiere específicamente al nivel de presión que el individuo se autoimpone. “Lo que te sobra son las expectativas excesivas”, sostiene el experto. El problema central no es una carencia de habilidades, sino la brecha insalvable entre el ser real y el ideal imaginario que se busca alcanzar.

“Es que nadie puede cumplir tus expectativas, ni tú, ni yo, ni cualquier persona del mundo”.

Pese a que estas metas son imposibles de cumplir, muchas personas persisten en exigirse mucho más allá de lo que es razonable. Rescalvo identifica una contradicción recurrente en el comportamiento humano:

“Tú a los demás no les pides que sean tan perfectos como tú, pero tú te obligas a conseguirlo”.

Esto demuestra que la autoexigencia no se aplica con justicia, sino que se proyecta de forma desproporcionada hacia uno mismo.

La raíz de esta presión interna tampoco es aleatoria. El psicólogo detalla los motivos que impulsan esta búsqueda de perfección:

“¿Por qué te obligas a ser tan perfecto? Para no ser mediocre, para no ser rechazado, para ser querido, para ser reconocido, para no decepcionar”.

Si bien estas son motivaciones humanas básicas, cuando se llevan al extremo, producen efectos adversos como ansiedad, una profunda inseguridad y la idea constante de que nunca se es lo suficientemente bueno.

La liberación del rendimiento

Ante esta estructura lógica, Juan Rescalvo presenta una reflexión que considera fundamental para la sanación:

“No lo vas a conseguir. Nadie te va a querer o reconocer por ser perfecto”.

Con esta afirmación, el psicólogo no busca desincentivar el crecimiento personal o el esfuerzo, sino derribar el mito de que el afecto y la validación de los demás dependen exclusivamente de los resultados obtenidos. “Te quieren por quién eres, no por tu nivel de rendimiento. Eres una persona, no una máquina”, enfatiza.

Es innegable que el entorno puede influir en la creación de estos estándares elevados. El uso de comparaciones constantes o las críticas externas refuerzan la creencia de que siempre se debe dar más. No obstante, el especialista advierte que intentar cambiar el exterior no siempre es la solución definitiva.

“Si alguien de tu entorno te ha metido en la cabeza esa idea de que todo lo que haces podrías hacerlo mejor, pues te doy otra idea liberadora: da igual lo que hagas, seguirá diciéndote lo mismo”.

En última instancia, la solución no reside en modificar el juicio de terceras personas, sino en transformar la comunicación interna. El cierre de esta reflexión invita a la introspección:

“Eres tú quien debe cambiar lo que se dice a sí mismo, no esperar que tus acciones cambien lo que los demás piensan de ti”.

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