En el mes de marzo de 1926, el científico Robert Goddard se situó en un terreno agrícola de Auburn, Massachusetts, para activar el motor de un mecanismo que apenas logró alzarse doce metros antes de impactar contra el suelo.
Aquel trayecto de solo dos segundos de duración se efectuó con un prototipo de tres metros de alto que funcionaba con una mezcla de oxígeno líquido y gasolina. Este evento representó el primer lanzamiento exitoso de su tipo en la historia de la humanidad.
A pesar de que para un observador casual la hazaña pudo parecer insignificante, aquel 16 de marzo marcó una transformación definitiva en la ciencia y la tecnología. Con este logro, Goddard se estableció como una figura fundamental de la cohetería a nivel global, compartiendo honores con pioneros como Konstantin Tsiolkovsky de Rusia y Hermann Oberth de Alemania.

La base del experimento de Goddard radicó en una fusión entre el rigor científico y la imaginación literaria. Durante su infancia, el investigador se vio profundamente influenciado por las obras de Julio Verne y H.G. Wells, autores cuyas narrativas sobre la conquista espacial lo motivaron a buscar la forma de materializar lo que entonces se consideraba una fantasía.
“la historia de Goddard es una historia de inspiración, de perseguir incansablemente los sueños y convertirlos en realidad”
Así lo describió Kevin Schindler, historiador y portavoz del Observatorio Lowell, quien añadió que la vocación de Goddard nació tras una revelación personal ocurrida a los 17 años mientras realizaba labores de poda en un cerezo.
Aunque en 1915 ya había lanzado un proyectil basado en pólvora, su visión técnica giró rápidamente hacia los combustibles líquidos, pues estaba convencido de que este sistema otorgaría un dominio superior sobre la potencia y el trayecto. En su hito de 1926, Goddard comprobó que la propulsión líquida era viable, estableciendo un esquema funcional que, pese a requerir optimizaciones, sentaría un precedente irreversible.

Sobre este punto, la especialista Erin Gregory, curadora en el Museo Canadiense de Aviación y Espacio, señaló lo siguiente:
“con este primer vuelo —aunque, según los estándares actuales, podría parecer poco impresionante para muchos— se demostró que era posible controlar un cohete propulsado por combustible líquido. Fue la prueba de fuego; se podía hacer. Obviamente, hubo que realizar ajustes, pero lo importante era que se podía hacer”.
Aquel dispositivo de tres metros introdujo un cambio tecnológico radical frente a los motores de propulsores sólidos habituales en esa era. Estos últimos, que todavía se emplean como apoyo en el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS) de la NASA para el actual proyecto Artemis, poseen la característica de consumirse de forma ininterrumpida una vez que se activan.
Por el contrario, los propulsores líquidos, permiten un control preciso del empuje y ofrecen mayor potencia. El mecanismo se basa en la inyección de oxidante y combustible hacia una cámara donde se genera la combustión; los gases resultantes son expulsados a velocidades extremas a través de una tobera, generando el impulso necesario.

El éxito inicial fue solo el punto de partida de una trayectoria de invenciones que duraría varias décadas. En este proceso, su esposa, Esther Goddard, fue una aliada estratégica que se encargó de la gestión de patentes, el registro meticuloso de datos y el apoyo logístico en las pruebas de campo.
Posterior a 1926, el científico se enfocó en perfeccionar el equilibrio de las naves. Entre sus soluciones destacaron la reubicación estratégica de los motores, la implementación de giroscopios para la navegación y el uso de paletas móviles en la zona de escape, lo que permitió trayectorias mucho más exactas y diseños eficientes.
El patrimonio intelectual de Goddard abarca desde el desarrollo de cohetes multietapa hasta sistemas avanzados de alimentación de propelente y métodos de enfriamiento para los motores.

Al notar que las cámaras de combustión solían derretirse por las altas temperaturas, Goddard inventó la técnica de “refrigeración por cortina” y, posteriormente, la “refrigeración regenerativa”. Este método hace circular el combustible por las paredes externas de la cámara para enfriar la estructura y precalentar el fluido antes de su ignición. Asimismo, fue pionero en realizar ensayos en condiciones de vacío y en integrar instrumentos científicos como carga útil en sus lanzamientos.
No obstante, sus planteamientos no siempre fueron bien recibidos. En 1920, el diario New York Times publicó un texto satírico donde cuestionaba la posibilidad de que un cohete operara sin aire; no fue hasta el despegue de la misión Apolo 11 en 1969 que el medio rectificó públicamente su postura. Además de las críticas, Goddard lidió con incendios imprevistos y la escasez de materiales ligeros capaces de resistir el calor extremo.

Buscando un entorno más controlado, Goddard se trasladó a Roswell, Nuevo México, durante la década de 1930. Gracias al financiamiento de la familia Guggenheim y el apoyo de Charles Lindbergh, logró lanzar más de veinte cohetes adicionales antes de su fallecimiento en 1945. Sus hallazgos permitieron que, en 1957, el Sputnik llegara al espacio y que años después el hombre caminara sobre la Luna.
Su trascendencia se mantiene vigente en el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA en Maryland. Elementos tecnológicos actuales como los motores de cardán, las turbobombas y la guía giroscópica son herencia directa de su trabajo. Estos componentes fueron vitales para las históricas misiones Mercury, Gemini y Apolo, así como para el programa del transbordador espacial.
El nacimiento de la cohetería moderna y el salto a la era espacial

La breve ascensión de 1926 comprobó que un vehículo de combustible líquido podía ser dirigido. Tras esta validación, Goddard evolucionó sus prototipos para alcanzar altitudes superiores, contando con el respaldo de la Smithsonian Institution y la Universidad Clark.
Uno de sus conceptos más brillantes fue el de los cohetes multietapa. Según Kevin Schindler, este sistema permitía desechar los tanques de combustible vacíos durante el ascenso, aligerando el peso total de la nave y facilitando vuelos de mayor alcance y altitud.

A pesar de su origen en la ciencia ficción, su metodología fue estrictamente científica. En 1908 ya había descartado el uso de cañones o sistemas magnéticos, seleccionando el combustible líquido como la vía más prometedora. Este criterio fue tan valorado que el astronauta Buzz Aldrin llevó consigo un libro biográfico de Goddard a la superficie lunar en 1969.
Un siglo después, los cimientos establecidos por este pionero sostienen la estructura de la exploración contemporánea. El potente SLS de la NASA, motor del programa Artemis, sigue empleando la combinación de propulsión sólida y líquida que él propuso.
De hecho, la misión Artemis II, programada para el 1 de abril, marcará el regreso de la humanidad a las cercanías del satélite natural. La tripulación, conformada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, viajará en la cápsula Orion en una trayectoria orbital lunar que servirá de antesala para futuros asentamientos permanentes.

La distancia entre aquel campo de repollos en Massachusetts y la compleja misión Artemis resalta la magnitud del legado de Goddard. Los especialistas de hoy utilizan materiales que el científico ni siquiera pudo imaginar, pero los conceptos básicos de ingeniería aeroespacial siguen siendo los mismos.
Cada despegue moderno es un tributo a aquel pequeño artefacto que voló por dos segundos, demostrando que con persistencia, la fantasía de los libros puede transformarse en una realidad que nos lleva más allá de las estrellas.
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