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Quinua argentina al espacio: experimento extremo de resistencia

Lejos de los cultivos tradicionales y los invernaderos convencionales, una serie de semillas de origen argentino se prepara para un desafío fuera de la atmósfera terrestre. En un entorno donde la gravedad no rige el crecimiento y la radiación cósmica impone condiciones extremas, este material vegetal será sometido a un riguroso examen científico.

Esta iniciativa no se limita a una simple curiosidad técnica, sino que busca profundizar en la capacidad de adaptación de los cultivos y determinar qué conocimientos biológicos pueden ser aplicados posteriormente en la producción agrícola en la Tierra.

El INTA formará parte de una colaboración internacional junto a la Orion Space Generation Foundation. El proyecto consiste en el envío de granos de quinua dentro de una cápsula experimental, cuyo lanzamiento está programado para el segundo trimestre del año.

A lo largo de la travesía orbital, los dispositivos integrados recolectarán datos sobre variables ambientales, mientras que las semillas experimentarán de primera mano los efectos de la microgravedad, las oscilaciones térmicas radicales y la radiación espacial.

Quinua: su capacidad para tolerar sequía, salinidad y amplitudes térmicas, sumada a su valor nutricional, la posiciona como un modelo para estudiar respuestas biológicas en escenarios de alto estrés (INTA)

Criterios de selección y valor genético

La elección de la semilla no fue aleatoria. Se seleccionó la variedad Morrillos (Chenopodium quinoa), una estirpe desarrollada y custodiada por el INTA tras una labor de investigación que se ha extendido por más de diez años. Esta variedad posee atributos biológicos que la hacen idónea para ensayos de alta exigencia.

Entre sus características más destacadas se encuentran su resiliencia ante la sequía, su tolerancia a suelos con alta salinidad y su resistencia a marcadas amplitudes térmicas. Estas facultades, unidas a su densidad nutricional, la convierten en el espécimen perfecto para observar respuestas fisiológicas bajo escenarios de estrés agudo.

El propósito central de esta misión es generar nueva información sobre cómo operan los sistemas biológicos en el espacio, explorando soluciones para futuras expediciones interestelares y para la optimización de la agricultura terrestre.

Evolución de la investigación internacional

Este envío representa la continuación de una línea investigativa que dio sus primeros pasos en 2019, en una alianza con la Universidad de York – Lassonde School of Engineering de Canadá. En aquella etapa inicial, se estudió el efecto de la irradiación energética en laboratorio, con resultados que fueron presentados en el año 2022. La fase actual supone un salto cualitativo al involucrar un vuelo real y exposición directa al ambiente espacial.

Para garantizar la seguridad del material, se estableció un Acuerdo de Transferencia y Evaluación de Material. Este documento legal asegura que el uso de las semillas sea estrictamente científico, manteniendo la trazabilidad y el resguardo de los recursos genéticos involucrados.

Claudio Galmarini, quien se desempeña como director del Centro Regional Mendoza–San Juan del INTA, destacó que esta intervención se alinea con la vasta experiencia de la institución en el mejoramiento genético y la preservación vegetal. Según sus declaraciones, este proyecto no es solo un reto tecnológico, sino una vía para fortalecer la cooperación científica global y avanzar en el conocimiento genómico en entornos no convencionales.

El impacto de los datos espaciales en el campo

La provisión de las semillas estuvo a cargo de especialistas del INTA San Juan, entre los que destacan Lucas Guillén, Gonzalo Roqueiro y Nadia Bárcena. Esta labor se enmarca en el Proyecto de Mejoramiento Genético de Cultivos Industriales, bajo la coordinación de Paola Fontana y en trabajo conjunto con la Red Quinua.

El investigador Lucas Guillén puntualizó que el interés científico en la quinua se debe a su respuesta ante escenarios hostiles. Esta especie destaca por una resiliencia extraordinaria, lo que ofrece una base sólida para estudiar las reacciones vegetales ante factores ambientales críticos.

Este tipo de datos es de alto valor para el sector agropecuario. El espacio exterior actúa como un laboratorio donde se concentran dificultades que son complejas de replicar de forma simultánea en nuestro planeta, como la radiación elevada y la inestabilidad hídrica. El estudio de las semillas en estas condiciones permite identificar mecanismos adaptativos que pueden ser integrados en nuevos programas de desarrollo genético.

Finalmente, la coordinación del proyecto está en manos de la científica tucumana Pamela Such Stelzer, vinculada al SETI Institute y a la Universidad de San Pablo-T. Desde esta posición, se fomenta la creación de tecnologías para el aprovechamiento de recursos en la exploración del espacio, estableciendo un diálogo directo entre la ciencia de frontera y las aplicaciones productivas reales.

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