Dentro del pensamiento de Jacques Lacan, existe una premisa que, pese a su complejidad y aparente contradicción, logra sintetizar una realidad fundamental sobre los vínculos entre seres humanos:
“amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”
. Esta noción, desarrollada por el psicoanalista en sus Seminarios 5 y 8, plantea una visión del afecto que rompe con el mito romántico de la completitud. Según Lacan, el amor no surge de aquello que poseemos, sino precisamente de lo que nos hace falta. En sus palabras exactas, explica que: “…De lo que se trata para el hombre, de acuerdo con la propia definición del amor, dar lo que no se tiene, es de dar lo que no se tiene, el falo, a un ser que no lo es…”.
Más allá de ser una construcción teórica, esta idea expone la arquitectura del sentimiento amoroso. Al trasladar este concepto del ámbito privado al espacio de lo colectivo, es posible desentrañar dinámicas cruciales de la vida política: la forma en que las naciones depositan sus expectativas en figuras de poder, el origen de la ilusión social y las raíces de la decepción recurrente.
La estructura de la falta en el sujeto
Para la corriente del psicoanálisis, el punto de partida del amor no es la abundancia, sino la carencia. El ser humano está marcado por un vacío estructural que Sigmund Freud conceptualizó a través de la lógica de la castración y que Lacan denominó como el manque-à-être, o la falta en el ser. Bajo esta premisa, amar es un acto de reconocimiento de esa propia carencia que se proyecta hacia un tercero. Por lo tanto, el amor no se trata de entregar una plenitud inexistente, sino de ofrecer la propia falta como un regalo simbólico al otro.
Dado que nadie cuenta con aquello que podría satisfacer plenamente a otra persona, el sujeto enamorado actúa como si realmente pudiera otorgar ese elemento faltante. El amor se sostiene en una construcción simbólica donde quien ama entrega lo que no tiene y quien es amado recibe un valor que supera su realidad tangible. Aquí, la tesis de Lacan añade un giro fundamental: ese regalo se ofrece “a quien no lo es”. Esto significa que el objeto del amor tampoco posee esa perfección atribuida; también está marcado por su propia falta. Así, el vínculo amoroso se erige sobre una doble ficción: el amante da lo que carece y el amado es visto con una trascendencia que no posee.
Idealización y masas: La visión de Freud
Freud ya había identificado este proceso al analizar la idealización en el enamoramiento, donde el objeto amado adquiere una jerarquía de ideal, provocando que se ignoren sus defectos y limitaciones. No es un error circunstancial, sino el requisito del estado de enamoramiento. Lacan profundiza esto al señalar que amar es dotar al otro de un significado que no coincide con su realidad fáctica. Esta misma lógica opera con precisión en el lazo político.
Las sociedades, al igual que los individuos, también experimentan procesos de enamoramiento. Esto ocurre cuando proyectan en un dirigente la solución a sus carencias: sea justicia, orden, prosperidad, estabilidad o reconocimiento. Ante entornos de inseguridad o frustración, la comunidad busca un líder que personifique su ideal. Sin embargo, se trata de una operación simbólica: el pueblo ofrece su esperanza y necesidad (lo que le falta) a un líder que tampoco encarna esa totalidad. Es en ese punto donde surge el acto político central: la convicción de que una figura específica puede responder a la carencia social.
En su obra Psicología de las masas y análisis del yo, Freud observó que, en los movimientos colectivos, el líder suele ocupar el sitio del Ideal del Yo. Según el autor, en estos fenómenos “el objeto es puesto en el lugar del ideal del yo”. Esto trasciende la simple coincidencia ideológica; es un vínculo afectivo y libidinal donde los individuos depositan su propio ideal en una figura externa. Esta identificación colectiva permite que los ciudadanos se reconozcan entre sí, fortaleciendo el tejido social. Así, la política inicia frecuentemente con una etapa de idealización donde el elegido es percibido con capacidades superiores a las humanas, representando la promesa de solución al malestar general.
El líder como significante amo
El aporte de Lacan permite ver al líder como un significante amo: un eje simbólico que da sentido a la comunidad y absorbe sus demandas. A esta figura se le atribuye un saber y una capacidad resolutiva que superan cualquier posibilidad humana real. Esta es la fuente de la fuerza de un movimiento político, pero también de su extrema vulnerabilidad. Mientras la idealización mantiene la unidad, la brecha inevitable entre lo prometido y lo fáctico abre la puerta a la desilusión.
En diversos contextos históricos, el dirigente actúa como el semblante de lo que la sociedad siente extraviado. Algo del objeto causa del deseo —ese motor de la esperanza— se deposita en él. No porque el líder sea dueño de esa solución, sino porque representa momentáneamente aquello que la sociedad anhela recuperar o alcanzar, como la justicia o el progreso. Esta dinámica explica por qué ciertos personajes logran movilizar pasiones que escapan a cualquier análisis puramente racional.
Del enamoramiento al acto de amar en política
Existe una diferencia vital entre el enamoramiento y el amor real. El primero se basa en la fusión imaginaria y la negación de los defectos; el otro es visto como alguien perfecto. En cambio, el acto de amar surge cuando la ilusión se desvanece: cuando se acepta que el otro no es ese ideal imaginado y, aun así, se mantiene el compromiso. Amar es convivir con la falta del otro sin romper el vínculo.
La política experimenta un proceso idéntico. En la fase inicial de enamoramiento, el líder es visto como un salvador o refundador capaz de lo imposible. Sin embargo, siempre llega la etapa del encuentro con la realidad: las limitaciones de las instituciones, las crisis económicas, las pugnas de poder y los errores propios. El líder de carne y hueso desplaza al líder idealizado.
Ese es el momento de la verdad para el vínculo político, que puede derivar en dos caminos:
- La frustración: Si el nexo era puramente idealista, la caída de la imagen se percibe como un engaño. El líder pasa de héroe a impostor. Este ciclo de entusiasmo y rechazo es una constante en la historia política, reflejando una dinámica afectiva profunda.
- La consolidación: Un destino menos común pero más maduro, donde la sociedad atraviesa la desilusión sin destruir el proyecto colectivo. Se aceptan los límites del liderazgo sin renunciar a la apuesta común.
Desilusión frente a defraudación
Es necesario distinguir entre la frustración natural que surge cuando el ideal choca con la realidad humana —donde nadie puede ser perfecto— y la decepción causada por actos que vulneran el pacto ético. La corrupción, el engaño consciente, la traición a los principios o el transfuguismo no son caídas de la idealización, sino verdaderas defraudaciones. La madurez implica aceptar imperfecciones, pero aceptar la traición o el dolo no es política ni amor; es sometimiento.
La madurez democrática de una nación se refleja en su capacidad de mantener vínculos que trasciendan la idealización. Entender que ningún gobernante podrá resolver cada conflicto o eliminar toda desigualdad no debilita el sistema, sino que lo hace más sólido. La política no elimina la falta social; su función es gestionarla y organizarla. Exigirle perfección a la política es tan estéril como exigirla en el amor: solo conduce al fracaso.
Como señalaba Lacan, amar es dar lo que no se tiene. En la arena pública, los ciudadanos entregan su esperanza y los líderes reciben un aura de perfección que no poseen. El desafío no es suprimir la ilusión, sino aprender a transitarla. Cuando la idealización cae y el vínculo permanece, nace la verdadera construcción democrática. La política, al igual que el amor, fracasa cuando demandamos de ella lo que ningún ser humano es capaz de otorgar.
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