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El ciclista argentino que exploró Varosha, la ciudad fantasma de Chipre

Un ciclista de origen argentino recorre en solitario una calzada desierta, escoltado por estructuras en decadencia y antiguos centros hoteleros en ruinas. Esta escena, que bien podría confundirse con un escenario postapocalíptico de ficción, es la realidad que vivió Gabriel Pérez Cortez en su paso por Varosha, un sector de Famagusta en la isla de Chipre. Lo que en el pasado fue el epicentro del turismo de élite en el Mediterráneo oriental, hoy permanece como un núcleo urbano deshabitado que atrae a los entusiastas de las expediciones en ciudades abandonadas.

Desde una zona remota en Turquía, donde descansa actualmente en su carpa, Gabriel relató los pormenores de su visita:

“Desde el año pasado lo abrieron para visitas turísticas y lo visité como parte del viaje que estoy haciendo por todos los países de Europa”

, comentó el aventurero.

Una de las imágenes más características de Varosha, en Chipre (@waabbi)

El ocaso de un paraíso mediterráneo

Previo al año 1974, este rincón chipriota era un emblema de la opulencia mundial. Contaba con una infraestructura de hoteles de cinco estrellas, una vida nocturna vibrante y extensiones de playa de más de dos kilómetros que eran el refugio de figuras internacionales. No obstante, este esplendor se interrumpió abruptamente en julio de aquel año tras la invasión turca de Chipre. El conflicto bélico obligó a cerca de 39.000 habitantes a dejar sus hogares en un lapso de pocas horas, dejando la ciudad bajo un estricto cerco militar que la transformó en un paraje fantasmagórico.

A raíz de la mediación internacional, el territorio fue fragmentado por la denominada “Línea Verde”. Como resultado, Famagusta sufrió una división política y física: el sector norte quedó bajo la ocupación de las fuerzas turcas, mientras que el área sur permanece bajo la soberanía de la República de Chipre. Pérez Cortez observó de cerca estas limitaciones territoriales:

“Hay una parte, que está cercada con vallas y alambres de púas a la que no te podés acercar. Allí se ve la presencia militar turca”

, detalló.

Tras casi cinco décadas de clausura, la apertura parcial de ciertas zonas ha convertido a Varosha en un punto de referencia para el turismo de exploración urbex. Actualmente, los viajeros transitan entre muros derruidos y cristales rotos, experimentando un choque visual entre la belleza natural de sus costas y el deterioro de la arquitectura que alguna vez simbolizó la bonanza del país. Aunque las playas han vuelto a recibir bañistas, la sombra de los edificios abandonados marca una atmósfera inquietante.

Lo que queda de un bar en pleno centro de Varosha, en Chipre (@waabbi)

Con su cámara lista para documentar cada rincón, Gabriel exploró los locales comerciales y las estructuras residenciales que el tiempo ha carcomido. El ciclista describió la experiencia con una mezcla de asombro y humor:

“Se puede ver desde un banco destruido, una concesionaria de autos y hasta un hotel lujoso cerrado. Todo parece como una película de terror. Da la sensación que en cualquier momento te pueden atacar los zombis”

.

Una travesía de dos años sobre ruedas

La odisea personal de Gabriel inició hace aproximadamente dos años. En 2024, tomó la determinación de clausurar su proyecto de gastronomía en Barcelona para lanzarse a la aventura de las rutas internacionales. Respecto a su elección de transporte, señaló:

“Primero pensé en hacerlo caminando, pero cuando vi que en bicicleta no tenía que llevar la carga en la espalda me decidí por pedalear”

.

A los 18 años, el joven había dejado Argentina con destino a España para profesionalizarse en el área culinaria.

“Con mi hermano tuvimos emprendimientos en la ciudad. En un momento me cansé y decidí dejar todo”

, relató el viajero, quien ahora tiene como objetivo prioritario visitar cada nación del continente europeo. En su itinerario pendiente figuran Islandia y las islas de Gran Bretaña, destinos que planea alcanzar antes de que finalice el año 2026.

Gabriel Pérez Cortez pasó una de las noches frente al mar en una playa turca (@waabbi)

El desafío de adaptarse a la carretera

Al iniciar este periplo, Gabriel carecía de experiencia previa en ciclismo de larga distancia. La transición implicó acostumbrarse a factores externos como el viento, la proximidad de los vehículos de carga pesada y el agotamiento físico.

“La primera jornada salí de Barcelona y tenía que hacer 120 kilómetros hasta un pueblo. Ya tenía el alojamiento reservado por una app que comparten viajeros. Esa primera noche no me animé a dormir en la carpa”

, recordó sobre sus primeros pasos. En aquel entonces, su contacto con las bicicletas se limitaba a recuerdos de su niñez:

“Recuerdo usarla en la infancia y nada más”

.

Sumado a la exigencia física, el joven tuvo que aprender sobre la marcha conocimientos técnicos básicos:

“Fui aprendiendo a medida que surgían los problemas en el viaje”

, reconoció con honestidad.

Gabriel Pérez Cortez lleva 60 kilos de carga en su bicicleta (@waabbi)

Su equipo de viaje tiene un peso aproximado de 60 kilos, que incluye su tienda de campaña, vestimenta, utensilios de cocina y una provisión vital de agua.

“Casi siempre tengo unos siete litros de agua que llevo. Son indispensables cuando hay noches que paro en medio de la nada en alguna ruta a dormir”

, explicó sobre su logística de supervivencia.

Durante estos dos años, ha superado diversos percances mecánicos. Uno de los momentos críticos ocurrió al cumplir los 8.000 kilómetros, cuando un mecánico en Letonia le ayudó a reemplazar la cadena de su bicicleta. Sobre aquel episodio, Gabriel mencionó:

“Yo no tenía ni idea, pero el especialista me advirtió del riesgo de tener un accidente si se me cortaba la cadena en la ruta”

.

Conexión humana en cada destino

Pese a las inclemencias del viaje, el ciclista asegura haber gozado de excelente salud: “Ni una gripe tuve”, afirma. Además, destaca que nunca se ha sentido amenazado ni ha sufrido violencia, atribuyendo esto a la naturaleza de su medio de transporte.

“La bicicleta tiene algo que genera empatía en general. Es un poco el recuerdo de la infancia de casi todas las personas. Te abren las puertas de sus casas, directamente”

, explicó Pérez Cortez.

Las playas de Varosha eran visitadas por miles de personas durante los veranos europeos (@waabbi)

Como distintivo personal, Gabriel porta una bandera de Argentina en su bicicleta. Recordó con especial afecto su paso por Italia, donde la receptividad fue máxima:

“Fue una locura cuando recorrí Italia como me saludaban todos. Nos quieren mucho en ese país. Cuando estuve en Nápoles todos me recordaban a Maradona. Un clásico ya”

.

Uno de sus retos personales es forjar un nuevo vínculo amistoso en cada localidad que visita, una meta que hasta ahora ha cumplido con éxito.

“Vengo cumpliendo con esa premisa. Siempre se me abren todas las puertas. Por ejemplo, recuerdo un hombre que regaba las plantas y le pedí un poco de agua para llenar mi botella. Y enseguida entró a su casa y me trajo agua fresca de la heladera”

, relató con gratitud.

Tras tanto tiempo en la ruta, la actividad física se ha vuelto una segunda naturaleza para él.

“Me sale más fácil pedalear que caminar”

, bromeó. Sin embargo, el viaje también ha sido un espacio de reflexión profunda:

“Mientras voy atento a la ruta, pienso mucho en mi pasado. En ir sanando y cerrando esos problemas. También pienso en el futuro. ¿Hasta cuándo voy a seguir en las rutas?”

.

Zona comerciales que quedaron abandonadas en Varosha, Chipre (@waabbi)

Proyectos futuros y metas continentales

El plan actual de Gabriel es concluir su etapa en Europa en octubre del presente año.

“Quiero volver a Buenos Aires para el cumpleaños de mi mamá. Y también pasar en Argentina las fiestas de fin de año”

, detalló sobre su retorno temporal. No obstante, sus planes a largo plazo son ambiciosos: para 2027 proyecta recorrer el continente americano desde Ushuaia hasta Alaska, seguido por Asia, Oceanía y finalmente África.

Sobre su futuro paso por el continente asiático, el viajero expresó:

“Espero que las cosas estén más tranquilas en Medio Oriente para cuando llegue esa etapa”

.

Su rutina diaria es metódica: se levanta temprano para aprovechar las mañanas y cubrir la mayor parte del trayecto tras un desayuno energético.

“Paro a comer y a descansar un rato y a la tarde ya me dejo pocos kilómetros. Cerca de las 16 llego a mi destino planeado para ese día a descansar y editar los videos para mi redes sociales”

, explicó sobre su labor como creador de contenido.

Finalmente, al recordar su experiencia en Varosha, Gabriel reflexionó sobre el impacto visual de los edificios vacíos que alguna vez estuvieron llenos de vida: “Es muy loco porque es una ciudad balnearia muy top con hoteles y negocios de lujo que parecen abandonados. Quizás esa sea la imagen que tengan los sobrevivientes de una Tercera Guerra Nuclear”, concluyó.

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