El pasado 11 de marzo se consolidó un hito relevante para la institucionalidad de Chile con la ceremonia de transmisión de mando entre los mandatarios Gabriel Boric y José Antonio Kast. Este acontecimiento posee una importancia sustancial, pues ratifica el compromiso de la sociedad chilena con el sistema que garantiza el Estado de Derecho y el progreso en materia económica. Durante el acto, el flamante jefe de Estado manifestó:
“Estamos en un cambio de mando republicano”
.
Al ser testigo presencial de dicho protocolo en la sede del Congreso Nacional en Valparaíso, resulta evidente que este suceso trasciende las fronteras chilenas para convertirse en una lección regional. El mensaje es contundente: la estabilidad de las instituciones no debe darse por sentada, sino que representa un logro de la sociedad que requiere vigilancia y robustecimiento constante. Es la única vía para asegurar la paz democrática frente a la volatilidad del panorama actual.
Homenaje al liderazgo y la vocación de servicio
Posteriormente, en la ciudad de Santiago de Chile, la Universidad del Desarrollo inauguró la Cátedra Sebastián Piñera Echenique como un reconocimiento formal al pensamiento y la trayectoria democrática de Sebastián Piñera. En este solemne acto, que contó con la participación del presidente Kast, se resaltó la labor del fallecido líder. El mandatario enfatizó que Sebastián
“fue un servidor público que trabajó con disciplina y convicción para hacer de Chile una democracia fuerte y libre”
. Nada más apegado a la realidad.
En diversas ocasiones, Sebastián Piñera sostenía con firmeza una premisa fundamental:
“las democracias se fundamentan en la libertad”
. En diálogos compartidos, coincidíamos en que los obstáculos de América Latina no responden a una carencia de talento o recursos naturales, sino a deficiencias en el ámbito político. Durante mi participación en la apertura de la cátedra, señalé que la región padece de instituciones débiles, un populismo arraigado y una tendencia nociva hacia soluciones de corto plazo, factores que actúan como un límite para el desarrollo integral.
Para quienes defendemos los principios democráticos, es claro que el debilitamiento del Estado de derecho, la falta de autonomía en la justicia y el incremento de la corrupción generan daños directos en la ciudadanía. Esto se traduce en una caída de la inversión privada, mayor inestabilidad y el recrudecimiento de problemas como la pobreza y la desigualdad. Es imperativo entender que no existen soluciones mágicas: sin una estructura institucional sólida, el crecimiento a largo plazo es inalcanzable.

No obstante, la transformación es posible mediante la toma de decisiones determinantes. La disciplina fiscal no debe interpretarse como una medida de ajuste, sino como la base de la estabilidad macroeconómica. Asimismo, se requiere una apertura comercial inteligente que logre insertar a nuestras naciones en los flujos globales de producción. La transición hacia una industrialización moderna, apoyada en el conocimiento y la innovación, es esencial para diversificar nuestras economías y dejar atrás la dependencia de materias primas.
El eje central de este cambio reside en la educación, donde se juega realmente el destino de la región. Es urgente capacitar a ciudadanos aptos para desempeñarse con éxito en un entorno global altamente competitivo. Paralelamente, la inversión social debe considerarse una herramienta estratégica de Estado, capaz de mitigar las brechas de desigualdad y prevenir crisis de seguridad o desplazamientos migratorios. Un Estado que gestiona sus recursos eficientemente logra fortalecer su tejido social y su capacidad de gobierno.
Resulta vital que América Latina replantee su inserción internacional. Históricamente, los procesos de integración han estado trabados por sesgos ideológicos que impiden acuerdos económicos beneficiosos. La región debe girar hacia un pragmatismo inteligente enfocado en valores democráticos y objetivos compartidos que impulsen el bienestar común.
La gestión de Sebastián Piñera queda como un punto de referencia sobre cómo la apertura al exterior, la disminución de la pobreza y el respeto institucional permiten edificar sociedades más prósperas. Aunque no existan modelos infalibles, su legado demuestra que el liderazgo coherente puede generar avances significativos.
Chile ha dado muestras de que la transformación institucional es viable. El desafío ahora recae en el resto de los países latinoamericanos y su disposición para emprender este rumbo. El margen para las justificaciones se ha agotado.
* El autor de este texto se desempeñó como primer mandatario de la República del Ecuador.
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