El ámbito cinematográfico se encuentra de luto tras confirmarse este viernes 20 de marzo de 2026 el fallecimiento de uno de sus iconos más representativos. Chuck Norris, el experto en artes marciales y cinturón negro que se transformó en una superestrella global, partió dejando una trayectoria que abarcó varias décadas, múltiples franquicias y una mitología popular que se mantuvo vigente incluso en la era de los memes digitales.
Dentro de su extenso repertorio profesional, destacan dos largometrajes que vinculan su imagen con Colombia de formas muy particulares. Hoy, ante la noticia de su deceso, estas producciones cobran relevancia por su contexto histórico y la manera en que representaron al país en la pantalla grande.
La película Delta Force 2: The Colombian Connection (1990), bajo la dirección de Aaron Norris —hermano del protagonista—, constituye el nexo más directo entre el actor y la nación sudamericana.
En esta secuela, el actor retoma su papel como el coronel Scott McCoy, el mismo oficial de la entrega de 1986. Sin embargo, en esta oportunidad el conflicto no se sitúa en el Medio Oriente, sino en el sur del continente. El objetivo de McCoy es rescatar a un grupo de rehenes y agentes de la DEA que permanecen bajo el poder de Ramón Cota, un narcotraficante personificado por Billy Drago, cuya caracterización unía lo extravagante con una naturaleza despiadada.

El nombre de la cinta no dejaba espacio para dudas, aunque el libreto optó por una leve ambigüedad al situar la acción en un país imaginario llamado “San Carlos”. Esta era una técnica recurrente en la industria de Hollywood durante los años 80 y 90 para eludir tensiones diplomáticas. No obstante, los componentes del relato —la selva, la producción de cocaína, la fortaleza privada del villano y su ejército particular— hacían una referencia evidente a Colombia y a los capos que protagonizaban las noticias en aquel periodo.
Existe un dato fundamental en la historia de esta producción: el filme no se rodó en territorio colombiano. Debido a la falta de garantías de seguridad y las restricciones de las empresas de seguros de la época, las grabaciones se trasladaron a Filipinas. Lamentablemente, el rodaje estuvo marcado por la tragedia cuando un helicóptero se accidentó tras quedarse sin combustible, provocando la muerte de cinco miembros del equipo. La película fue dedicada oficialmente a estas víctimas.
La influencia del narcotráfico en el cine de acción
Previamente a esa secuela, en el año 1985, el director Andrew Davis estuvo a cargo de Código de Silencio (Code of Silence), una obra que los críticos de la época catalogaron como la pieza más sólida en la carrera de Norris, comparando su presencia escénica con la de John Wayne.
En dicha historia, el actor interpreta al Sargento Eddie Cusack, un oficial de policía en la ciudad de Chicago que termina en medio de una guerra de mafias entre grupos italianos locales y un cartel colombiano liderado por Luis Camacho, personaje interpretado por el actor Henry Silva.

En este escenario, el país no aparece como una localización geográfica, sino como el punto de origen de una amenaza externa. El grupo criminal de Camacho traslada la violencia a las avenidas de una metrópoli estadounidense, una narrativa que respondía a los miedos sociales en Estados Unidos frente al crecimiento del tráfico de sustancias ilícitas y su operatividad internacional. El desenlace del filme es recordado por una escena de gran impacto donde Cusack utiliza un avanzado tanque robotizado policial llamado “Prowler” para neutralizar a los delincuentes colombianos en un despliegue de tecnología y acción.
Una visión distorsionada de la realidad

Estas dos piezas cinematográficas comparten una visión editorial común: la representación de Colombia como una fuente constante de peligro, omitiendo la historia o la cultura de sus habitantes. En ambos casos, el país funciona como un concepto genérico asociado al caos, la ilegalidad y el narcotráfico.
Dicha estigmatización, alimentada por numerosas cintas similares durante las presidencias de Ronald Reagan y George H. W. Bush, se dio en el marco de la denominada “Guerra contra las drogas”. Este enfoque cultural tuvo repercusiones profundas en la imagen internacional de la nación que solo pudieron ser contrastadas muchos años después.
A través de sus personajes de ley y orden, Chuck Norris ofrecía una narrativa de justicia inmediata ante problemas sociales que en la realidad eran sumamente complejos. En la ficción, bastaba una maniobra de combate o una demostración de fuerza para resolver el conflicto.
Aunque su fama posterior con la serie Walker, Texas Ranger y los famosos “Chuck Norris Facts” transformaron su imagen en algo más amigable y humorístico, estas películas persisten como testimonios de la mirada que proyectaba la industria del cine estadounidense hacia el sur del continente en décadas pasadas.
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