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Sexualidad y menopausia: rompiendo el tabú del deseo tras los 50

La reconocida actriz Naomi Watts llevaba un parche hormonal adherido a su muslo y enfrentaba el dilema de cómo retirarlo sin que su pareja lo notara. Aquella era su primera velada íntima con Billy Crudup, un encuentro que ella había dilatado durante meses. No se trataba de una ausencia de ganas, sino de la carga simbólica que ese adhesivo representaba: la llegada de la menopausia, el paso del tiempo y la transformación inevitable de su fisionomía. Al final, tras una prolongada estancia en el baño, la evidencia en su piel la obligó a ser honesta.

“Estoy en la menopausia y tengo este parche”

, confesó con temor a la reacción de él. No obstante, la respuesta de Crudup fue empática:

“Tenemos la misma edad. Esto es ciencia. ¿Cómo puedo ayudar?”

. Aquella experiencia, según relata Watts en su obra Dare I Say It, resultó ser sumamente positiva.

Esta vivencia resonó globalmente al poner palabras a un sentimiento que millones de mujeres experimentan en la sombra: el pudor de envejecer en el ámbito privado. Esta sensación no es contemporánea, sino que tiene raíces históricas que vinculan el valor femenino exclusivamente a su etapa reproductiva. Lo innovador en la actualidad es que un número creciente de mujeres está denunciando este estigma para lograr su desarticulación.

Sin embargo, existe una realidad que a menudo se omite en los discursos de empoderamiento: no todas las mujeres viven su madurez de la misma forma. El nuevo imperativo social que exige mantenerse sexualmente vibrante y deseante puede llegar a ser tan abrumador como el antiguo mandato del silencio.

La ciencia detrás de los cambios corporales

Desde una perspectiva biológica, el descenso de los niveles de estrógenos durante el climaterio genera alteraciones concretas. Entre ellas se encuentran el adelgazamiento de la mucosa vaginal y la reducción de la lubricación natural, factores que pueden influir en el deseo. No obstante, investigaciones recientes sugieren que la biología no es el único factor determinante. Un análisis de la Universidad de Zúrich determinó que elementos como el estado de ánimo, la percepción de la propia imagen y el vínculo afectivo tienen un peso mayor que las fluctuaciones hormonales. Es fundamental entender que el sistema nervioso y la capacidad de fantasear no caducan con la edad.

La filósofa argentina Esther Díaz, quien a sus 85 años mantiene una vida activa y vital, sostiene que su plenitud erótica comenzó realmente al cumplir los 50 años. En diversas entrevistas, Díaz enfatiza que su descubrimiento del placer ocurrió cuando logró despojarse de las presiones y expectativas ajenas.

Por su parte, la investigadora Flora Proverbio llegó a conclusiones similares tras entrevistar a más de 70 mujeres en Latinoamérica y realizar un sondeo entre 1.150 participantes para su libro Triángulos Plateados. Su estudio revela una realidad heterogénea: mujeres que descubren el goce sexual a los 60 años, otras que han dejado de sentir interés sin que esto les cause conflicto, y quienes sufren ansiedad no por falta de libido, sino por la presión de sentir que deberían tenerla. El título de su obra hace referencia a la belleza del vello púbico con canas, reivindicando el cuerpo maduro como un territorio de deseo.

En la obra La Revolución de las Viejas, se plantea una interrogante profunda sobre la autonomía del cuerpo femenino en esta etapa: ¿Quién define realmente lo que una mujer debe sentir o proyectar después de las cinco décadas de vida?

En la cotidianidad, conviven diversas posturas. Existen grupos de amigas donde algunas exploran aplicaciones de citas como Tinder, mientras otras valoran la serenidad de una vida sin las complicaciones que a veces acarrean las relaciones interpersonales. A menudo, quienes eligen la tranquilidad son cuestionadas por su entorno, bajo la premisa de que el desorden emocional es la única prueba de estar plenamente viva.

Las mujeres llegan a la madurez con más años por delante… y la posibilidad de decidir cómo vivirlos (Imagen Ilustrativa Infobae)

El acceso limitado a tratamientos y salud vaginal

Mientras figuras públicas como Naomi Watts generan debates, en la práctica médica persiste un silencio preocupante. Muchas mujeres evitan consultar sobre la sequedad vaginal por vergüenza, y simultáneamente, hay profesionales de la salud que no abordan la vida sexual de sus pacientes mayores de 65 años, asumiendo erróneamente su inexistencia.

Es importante destacar que existen soluciones efectivas y accesibles, como óvulos y geles de estrógenos locales que no poseen efectos secundarios sistémicos. Pese a su disponibilidad, un gran sector de la población femenina los desconoce. Las autoras Ingrid Beck y Mariana Carbajal denuncian en su libro Encendidas que la falta de actualización en temas de climaterio por parte de los ginecólogos perjudica gravemente el bienestar de las mujeres.

La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La disparidad respecto a la salud masculina es evidente. Mientras que la FDA aprobó el Viagra en 1998, abriendo paso a múltiples fármacos para la disfunción eréctil, los tratamientos para el deseo femenino han enfrentado numerosos obstáculos burocráticos y científicos. La salud sexual del hombre se ha tratado históricamente como una prioridad técnica, mientras que la de la mujer se ha relegado al plano de lo emocional o complejo. Esta diferencia no es meramente médica, sino estructural y política.

Doble rasero en la percepción social del envejecimiento

Figuras públicas como Alberto Cormillot o Costantini, quienes fueron padres a los 83 y 78 años respectivamente, suelen recibir una cobertura mediática positiva que celebra su vitalidad. En contraste, mujeres como Madonna (67 años) o Brigitte Macron (quien es 24 años mayor que su esposo) enfrentan escrutinio constante y críticas por sus relaciones con hombres más jóvenes.

Este estándar desigual es evidente: un hombre mayor con una pareja joven suele asociarse con el poder y el éxito, mientras que una mujer en la misma situación es frecuentemente blanco de juicios sobre su salud mental o su apariencia. Como bien señala Esther Díaz, la sociedad tolera la asimetría de edad a favor de los hombres, pero la cuestiona cuando es la mujer quien la ejerce.

El deseo después de los 50 no es una regla ni una excepción. Es un mapa diverso que va del redescubrimiento del placer al derecho a no querer (Imagen Ilustrativa Infobae)

La contradicción de la revolución sexual

Las generaciones de mujeres conocidas como Boomers y Generación X fueron las arquitectas de la revolución sexual, luchando por el derecho al placer y la autonomía corporal. Sin embargo, ese mismo avance ha instaurado un nuevo paradigma: la obligación de ser una mujer mayor sexualmente activa y siempre «conectada».

Hoy en día, muchas mujeres experimentan angustia si no cumplen con este nuevo ideal de vitalidad constante. La cultura sex positive de décadas pasadas ha creado una norma que a veces invisibiliza a quienes prefieren la pausa o una forma de erotismo alejada del rendimiento físico. Como mencionan Beck y Carbajal en Encendidas, a la presión de transitar la menopausia se suma ahora la exigencia de hacerlo con una actitud positiva y «encendida» en todo momento.

La clave reside en la elección personal. El deseo en la madurez es valioso únicamente si la mujer lo desea. No debe ser una validación contra el envejecimiento, sino una decisión libre de presiones externas.

Un hombre mayor con una mujer joven es visto como amor, experiencia, poder bien usado mientras que una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hacia una diversidad de experiencias

Es fundamental reconocer que no existe una única forma de vivir la menopausia o el deseo en la vejez. Algunas mujeres disfrutan de una sexualidad más plena a los 70 que en su juventud; otras optan por la soltería o el celibato como una forma de independencia; y muchas otras redescubren su erotismo fuera de las estructuras tradicionales.

El movimiento impulsado por figuras como Michelle Obama, Oprah y las especialistas antes mencionadas, no busca imponer la actividad sexual, sino garantizar el derecho a elegir. Esto abarca desde decidir usar tratamientos médicos para la incomodidad física hasta optar por el silencio y la paz personal. La verdadera transformación social no consiste en demostrar que las mujeres mayores tienen sexo, sino en asegurar que cada una pueda decidir sobre su cuerpo y su tiempo con total libertad y sin necesidad de aprobaciones externas.

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