Actualmente, la supervivencia de los olivos se encuentra bajo una amenaza latente. Diversos factores de riesgo, como el cambio climático, la alarmante reducción de la variabilidad genética y la propagación de enfermedades y plagas ligadas a los sistemas de cultivo intensivos y poco diversificados, ponen en jaque este recurso milenario.
Para la comunidad investigadora internacional, la preservación del patrimonio genético de esta especie es una tarea impostergable. Esta protección abarca tanto a los ejemplares silvestres como a las variedades cultivadas tradicionales. El interés detrás de esta iniciativa no es meramente académico, sino que tiene un impacto directo y profundo en la seguridad alimentaria global.
Asegurar estos recursos a largo plazo es una medida de precaución fundamental para garantizar que las futuras generaciones cuenten con aceite de oliva y aceitunas, productos icónicos de la cuenca del Mediterráneo. En este contexto, la conservación genética se establece como una defensa estratégica ante posibles catástrofes naturales, conflictos armados o crisis de escala planetaria que puedan comprometer la agricultura.
Bajo este panorama, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard ha integrado en sus instalaciones semillas de olivo por primera vez. Este complejo es reconocido como una de las infraestructuras de mayor seguridad en el mundo para el resguardo de recursos fitogenéticos.

Situada en el archipiélago ártico perteneciente a Noruega, y denominada popularmente como la “bóveda del fin del mundo”, este búnker garantiza el almacenamiento de duplicados de semillas de diversos bancos de germoplasma globales. Su estructura está preparada para soportar desastres naturales y fallos energéticos masivos, aprovechando el permafrost para mantener las muestras a una temperatura constante de –18 °C, el nivel óptimo para su preservación por décadas o incluso siglos.
Este hito representa un avance significativo en la protección de la especie a nivel internacional, fortaleciendo las herramientas para la recuperación del olivo frente a situaciones extremas. Desde el presente invierno, las variedades más trascendentales y sus parientes silvestres descansan en las cámaras subterráneas de Svalbard, gracias a un trabajo coordinado entre entidades científicas europeas líderes en biotecnología y gestión de recursos genéticos.
Un detalle técnico relevante es que el olivo suele multiplicarse de forma vegetativa y no por semilla en la agricultura convencional. No obstante, la conservación de sus semillas es una vía extraordinaria para blindar la capacidad de adaptación de la planta ante los desafíos sanitarios y ambientales. Por ello, recurrir a una instalación internacional de este tipo se considera una decisión excepcional en la historia del cultivo.
El rol estratégico del proyecto europeo

La llegada del olivo al Ártico es resultado del proyecto europeo H2020 GEN4OLIVE, una iniciativa centrada en la valorización y caracterización de los recursos genéticos de esta especie. En el proceso ha sido clave el Banco de Germoplasma Mundial de Olivo de la Universidad de Córdoba (BGMO-UCO), una institución de prestigio que seleccionó las 50 variedades de olivo con mayor relevancia y distribución en el planeta.
Las semillas integradas en la bóveda fueron obtenidas de árboles de polinización libre que forman parte de la colección del BGMO-UCO, la cual custodia un total de 700 variedades distintas, incluyendo material genético de poblaciones silvestres.
Asimismo, la Universidad de Granada desempeñó un papel crucial al localizar y recolectar semillas de cuatro poblaciones de acebuche (el ancestro silvestre del olivo) en diversas áreas de la península ibérica y las islas Canarias. Esta labor conjunta ha permitido consolidar una muestra que representa de forma fidedigna la variabilidad genética total de la especie.
Logística y protocolos de seguridad
El proceso de recolección y tratamiento de las muestras requirió de una precisión técnica absoluta. De cada lote se obtuvieron más de 1.500 aceitunas, las cuales pasaron por etapas de despulpado, limpieza profunda de residuos orgánicos y el secado de los endocarpos, que son las estructuras que protegen la semilla internamente. Finalmente, cada muestra fue etiquetada con su código de recolección, procedencia y variedad específica.

El material fue trasladado al Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF) del INIA-CSIC. Allí se efectuaron ensayos de germinación para certificar la viabilidad de las semillas. El CRF mantendrá una copia de seguridad local y realizará inspecciones periódicas cada diez años para asegurar que las semillas conserven su capacidad de brotar.
Una fracción de estas semillas se mantiene en recipientes sellados herméticamente a –18 °C, mientras que la otra parte se resguarda en sobres especializados con metadatos que ya han sido incorporados a NordGen, la organización nórdica que administra la bóveda de Svalbard.
El traslado desde España hasta el Ártico implicó una cadena logística compleja a través de rutas terrestres y aéreas que culminaron en la ciudad de Longyearbyen. Con el depósito final en las cámaras subterráneas, el material genético del olivo queda protegido contra cualquier imprevisto global.
Un hito para la cooperación internacional
Esta es la primera ocasión en la historia en la que el olivo ingresa a esta bóveda global. El logro es un testimonio de la cooperación internacional entre universidades y centros de investigación, estableciendo una garantía de supervivencia para un cultivo que es pilar de la identidad mediterránea. De este modo, se fortalece el sistema alimentario al asegurar que el material genético necesario para el futuro esté disponible para las próximas generaciones.
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