Durante el transcurso de millones de años, los ancestros de los actuales mamíferos mantuvieron un estilo de vida predominantemente nocturno. Esta conducta estratégica les permitía eludir la amenaza de depredadores dominantes, como los dinosaurios, quienes ejercían su control sobre los ecosistemas durante las horas de luz solar.
Sin embargo, a raíz de la extinción masiva de estos colosales reptiles, ocurrida hace aproximadamente 66 millones de años, diversos linajes de mamíferos iniciaron la exploración de nichos ecológicos diurnos. Esta transición no fue trivial, pues demandó una reestructuración profunda en los mecanismos biológicos que controlan la actividad de los organismos según el ciclo diario.
En la actualidad, un equipo de especialistas del MRC Laboratory for Molecular Biology, perteneciente a la Universidad de Cambridge, ha logrado identificar el proceso celular exacto que facilitó este hito evolutivo. La investigación revela la existencia de un “interruptor” de carácter molecular sustentado en dos vías de señalización específicas: el objetivo mecanístico de la rapamicina (mTOR) y la quinasa sin lisina (WNK). Este sistema es el encargado de regular la respuesta de las células ante estímulos externos como la variación de la temperatura o la densidad de los fluidos corporales.
El estudio, que ha sido difundido a través de la prestigiosa revista Science, plantea que este entramado celular permitió que diferentes especies se adaptaran a la actividad durante el día sin necesidad de transformar el reloj biológico principal ubicado en el cerebro. En lugar de modificar el marcapasos circadiano central, el proceso evolutivo optó por ajustar la interpretación que las células realizan sobre las señales provenientes del medio ambiente.
La función crítica de mTOR y WNK en los ritmos vitales
La investigación pormenoriza que el tránsito evolutivo de la oscuridad a la luz se produjo gracias a una sofisticada adaptación en la gestión celular. Se ha observado que las células de animales nocturnos y diurnos operan de formas contrapuestas frente a factores ambientales, tales como la temperatura o la osmolaridad, que se refiere a la concentración de sustancias presentes en los líquidos celulares.
Dichas divergencias son el resultado directo de la interacción entre las rutas mTOR y WNK, las cuales supervisan funciones vitales como el metabolismo energético y la creación de proteínas. Según la manera en que estas vías procesan los estímulos externos, pueden desencadenar actividades celulares en periodos específicos de la jornada.

Para graficar este hallazgo, los científicos comparan el sistema con un interruptor que redefine el turno laboral de las células. Dependiendo de la calibración de estas rutas moleculares, las tareas celulares pueden concentrarse durante las horas de sol o, por el contrario, postergarse hasta la noche.
Se ha determinado que la actividad de mTOR es sumamente sensible a la disponibilidad de nutrientes, jugando un rol determinante. Cuando se registra una reducción en su actividad, tanto las células individuales como los organismos completos tienden a trasladar su fase de mayor actividad hacia las horas del día.
Evidencias a través de la experimentación y la genómica
Con el objetivo de validar esta premisa, el grupo de investigadores llevó a cabo ensayos con ratones, los cuales son mamíferos con hábitos naturalmente nocturnos. A través de modificaciones en su régimen alimenticio, los expertos consiguieron alterar la señalización de la vía mTOR.
Los resultados obtenidos fueron contundentes: al disminuir la influencia de esta ruta molecular, los ratones modificaron su comportamiento, adoptando patrones de actividad que se asemejan a los de las especies diurnas.
De forma complementaria, el científico Matthew Christmas, integrante de la Universidad de Uppsala, realizó un análisis comparativo de los genomas de múltiples especies. Sus hallazgos indicaron que los genes vinculados a mTOR y WNK presentaron una evolución más acelerada en los animales diurnos.
Este dato refuerza la teoría de que estos engranajes celulares han sido seleccionados por la naturaleza de manera independiente en diversos grupos taxonómicos a lo largo de la historia evolutiva.
Relevancia para la medicina y la investigación circadiana
Este descubrimiento posee implicaciones de gran calado para el ámbito de la investigación médica. En la actualidad, buena parte de los estudios preclínicos se apoyan en el uso de ratones, a pesar de que existen disparidades críticas entre los seres nocturnos y los diurnos en cuanto a cómo sus células gestionan el tiempo biológico.

Lograr una comprensión profunda de estas asimetrías es un requisito indispensable para interpretar con precisión los datos obtenidos en los entornos de laboratorio.
Es aquí donde la medicina circadiana adquiere un protagonismo esencial. Esta rama del conocimiento analiza la influencia de la hora del día en la efectividad de los fármacos y tratamientos. El hecho de sincronizar las intervenciones médicas con el ritmo natural del cuerpo humano podría potenciar su éxito terapéutico y minimizar los riesgos de efectos secundarios.
Bajo esta misma perspectiva, la investigadora Nina Rzechorzek, vinculada al Departamento de Ingeniería de la Universidad de Cambridge, detalló que los relojes internos de los seres nocturnos y diurnos reaccionan de manera muy distinta ante fluctuaciones externas como el calor. Estas disparidades están abriendo nuevas fronteras de estudio sobre el vínculo entre la salud, los ciclos biológicos y la aparición de patologías.
Desafíos ambientales y la capacidad de adaptación
El cuerpo de científicos también ha emitido una advertencia sobre cómo los mecanismos que gestionan los ritmos de actividad están estrechamente ligados a señales del entorno que son vulnerables, como el acceso a nutrientes y la temperatura global.
Bajo el actual contexto de crisis climática, cualquier alteración significativa en estos parámetros podría forzar cambios imprevistos en los ciclos de actividad de incontables especies.

Incluso las variaciones más leves en las condiciones ambientales podrían desestabilizar la armonía biológica que sostiene a los ecosistemas. Esto traería consecuencias directas en la dinámica entre depredadores y presas, así como en la gestión de los recursos naturales disponibles.
Entender el funcionamiento de estos “interruptores” moleculares no solo ayuda a reconstruir una pieza fundamental de la historia evolutiva, sino que permite prever cómo la vida podrá adaptarse a las transformaciones ambientales que depara el futuro.
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