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Fran Sánchez advierte sobre el riesgo de las parejas intermitentes

Iniciar un vínculo afectivo con alguien que despierta nuestro interés suele percibirse como una etapa emocionante y llena de posibilidades. Sin embargo, detrás de esa aparente conexión fluida, el psicólogo Fran Sánchez ha emitido una alerta contundente para quienes atraviesan estas situaciones. A través de su perfil en TikTok (@minddtalk), el especialista advirtió sobre un comportamiento específico:

“Hay que tener cuidado cuando esa persona aparece y desaparece cuando le da la gana. Este fenómeno, cada vez más común en relaciones, puede resultar mucho más dañino y adictivo de lo que uno imagina”.

En las fases iniciales, la dinámica suele transcurrir bajo parámetros de normalidad. Existe una comunicación constante, se concretan citas y el afecto parece evolucionar de manera orgánica. No obstante, este escenario se rompe cuando uno de los involucrados decide, sin previo aviso, reducir el contacto drásticamente o ausentarse por completo durante varios días. De acuerdo con Sánchez, esta conducta imprevista siembra confusión; sin embargo, al tratarse de vínculos nuevos, es habitual que la persona afectada minimice el hecho, considerándolo un incidente aislado.

La situación se complica cuando la persona regresa. Al reaparecer, suele mostrarse interesada y afectuosa, actuando como si su ausencia nunca hubiera ocurrido. En este punto, la mayoría de las personas opta por el silencio y evita cuestionar lo sucedido. Entre los motivos para no confrontar este comportamiento destacan:

  • El miedo a ser percibidos como personas «intensas» o demandantes.
  • La ilusión de que el distanciamiento no volverá a ocurrir.
  • El deseo genuino de simplemente disfrutar el tiempo compartido.

De este modo, la relación recupera su ritmo habitual, pero solo hasta que el patrón de alejamiento se manifiesta nuevamente.

La ciencia detrás del ciclo de idas y vueltas

Este comportamiento errático no es una conducta inofensiva. Cuando las ausencias y regresos se vuelven recurrentes, el vínculo se transforma en una estructura psicológica compleja y peligrosa. Fran Sánchez destaca que en estas circunstancias:

“Se crea algo muy poderoso y muy adictivo: el refuerzo intermitente”.

En esta dinámica, el individuo queda cautivo, permaneciendo a la espera de la próxima «recompensa», que en este caso es el retorno de la persona que le interesa.

El desgaste emocional se intensifica progresivamente. Lo que inicialmente era una simple duda evoluciona hacia estados de ansiedad, inquietud e introspección excesiva, donde surgen interrogantes sobre qué se hizo mal. Este ciclo de altas expectativas y profundas frustraciones se retroalimenta, incrementando el deseo de que el otro regrese con mayor intensidad cada vez.

Según la perspectiva del terapeuta, estas relaciones no solo fomentan la atracción, sino que pueden derivar en una adicción afectiva real. El refuerzo intermitente provoca que la atención recibida sea vista como un premio impredecible, lo que eleva el enganche psicológico. Es un mecanismo idéntico al que opera en los juegos de azar: la incertidumbre sobre cuándo llegará el próximo estímulo positivo mantiene a la persona emocionalmente anclada, aguardando siempre una señal, un mensaje o un encuentro.

Consecuencias y trampas de la intermitencia

Someterse a este ciclo conlleva efectos profundos en la salud mental. Sánchez señala que la primera gran consecuencia es la instauración de una relación de desigualdad absoluta.

“El otro decide casi por completo cuándo la relación existe y cuándo no. Tú empiezas a perder control y el otro empieza a concentrarlo todo”,

subraya el profesional. Esta falta de simetría obliga a una de las partes a supeditar su vida y sus tiempos a los deseos de quien aparece y desaparece a voluntad.

El psicólogo explica las trampas mentales que supone la relación intermitente. (Freepik)

Otra trampa psicológica es el estancamiento en el patrón conductual. Al saber que, eventualmente, la otra persona volverá, el individuo permanece en un estado de espera perpetua, alimentado por la esperanza de repetir momentos placenteros. Esto puede desencadenar conductas obsesivas, como el análisis exhaustivo de cada interacción o el intento desesperado por predecir cuándo será el próximo contacto.

Finalmente, este escenario deriva en una fuerte dependencia emocional y una búsqueda constante de validación. Cuando la otra persona asume esa posición de poder, su atención se percibe como un trofeo de alto valor. Si vuelve, se interpreta como un éxito personal; si se aleja, surge una profunda inseguridad sobre el propio valor. Es así como, de forma casi imperceptible, muchos terminan atrapados en el juego de la atención intermitente, una dinámica que nutre tanto la atracción como la dependencia nociva.

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