Cada comienzo de un nuevo ciclo escolar repite una dinámica similar: estudiantes de educación inicial (en salas de 2, 3, 4 y 5 años) y de los primeros grados de primaria inician su etapa académica, mientras que los adultos experimentan una mezcla de emociones intensas. Este momento, aunque desafiante, es una etapa totalmente previsible en la vida familiar.
Desde la perspectiva de la educación y el asesoramiento institucional, se observa cada año que en los exteriores de las escuelas suele concentrarse más ansiedad en los adultos que en los propios niños. En muchas ocasiones, no son los menores quienes lloran, sino los padres o representantes quienes se encuentran al límite de la emoción. Ese sentimiento se transmite inevitablemente a los pequeños.
«Cuando nuestra cabeza está llena de ‘¿estará listo?’, ‘¿y si sufre?’, ‘¿y si nadie juega con ella?’, ‘¿y si se queda solo?’, los chicos entran al aula cargando algo que no les corresponde: nuestra incertidumbre.»
A este fenómeno se lo define como la mochila invisible del primer día de clases: se trata de la inquietud del adulto que se traslada al cuerpo del niño.
La implicación emocional de los representantes
Al guiar a un niño o niña en su ingreso al jardín o a la primaria, se movilizan diversas preocupaciones internas: «¿No es muy chiquito para ir a sala de 2?», «¿Y si nadie juega con ella?», «¿Y si llora y la seño no la escucha?» o «¿Y si se queda callado todo el día?».
Estas sensaciones son normales. No obstante, el inconveniente surge cuando esos temores se transforman en una señal de alarma para los hijos. Los niños, incluso los más pequeños, poseen una percepción emocional muy aguda; observan el rostro de sus padres en la entrada para detectar si hay tranquilidad o pánico. Si perciben inseguridad, el mensaje que reciben es que el entorno escolar es peligroso.
Existen frases comunes que, pese a tener una buena intención, añaden una carga pesada a los menores:
- «Si llorás, me muero»
- «Si te sentís mal, decile a la seño que me llame YA y vengo corriendo»
- «Portate bien, por favor, no me hagas pasar vergüenza»
- «Si no te gusta, vemos si te saco»
Aunque estas palabras provienen del amor, transmiten el mensaje de que el mundo escolar es un riesgo y que los cuidadores no confían plenamente en que el niño pueda estar bien por sí mismo.
La necesidad de referentes confiables
Los infantes no precisan adultos que carezcan de sentimientos, sino figuras de apoyo que no se desmoronen ante la situación. Lo que les brinda seguridad es una premisa sencilla:
«Mis adultos confían en que puedo. Mis adultos confían en esta escuela. Mis adultos se ponen sensibles, pero vuelven. Siempre vuelven».
Cuando un niño pequeño debe consolar a su madre diciéndole «no llores», se produce una inversión de roles donde el menor siente la carga de cuidar al adulto, lo cual es excesivo para su edad.
7 recomendaciones para el acompañamiento inicial
- Organización emocional propia: Antes de dialogar con los hijos, es necesario que los adultos gestionen sus propios sentimientos. Es útil reconocer: «Es lógico que me cueste soltar», «Me da cosa dejarlo, pero sé que esto es bueno para él/ella» o «Puedo estar sensible sin dramatizar delante suyo». Si se requiere llorar, es preferible hacerlo frente a otro adulto y no en el ingreso al plantel.
- Anticipar sin dramatismo: No es necesario crear una historia compleja sobre el primer día. Ayuda explicar de forma clara: «Vas a ir a una sala con otros nenes, va a haber una seño, van a jugar, cantar, pintar», además de aclarar que «Yo te llevo, nos despedimos y después te vengo a buscar». Se deben evitar frases como «Si no te gusta, te saco» o «Si llorás, que no te vean».
- Establecer un ritual de despedida breve: Los rituales simples son los más efectivos, como un abrazo o una frase corta tipo «Te quiero, nos vemos después de la merienda». Prolongar la despedida solo incrementa la angustia de ambas partes.
- Transmitir confianza en la institución: Es fundamental hablar positivamente de la escuela y los docentes. En lugar de advertencias como «Si la seño se da cuenta de que te pasa algo…» o «Si te retan, avisame…», se debe decir: «Si te pasa algo, le contás a la seño, ella está para cuidarlos» o «Si te ponés triste, podés pedir un abrazo».
- Reducir la exposición en la entrada: El ingreso a la escuela no debe ser un espectáculo mediático. Se puede tomar una foto de recuerdo, pero sin convertir el momento en una escena dramática con promesas de regalos por no llorar. El mensaje debe ser que asistir a clase es algo natural e importante.
- Modificar el diálogo al finalizar el día: En lugar de preguntar «¿Lloraste?», «¿Te portaste bien?» o «¿Te pegaron?», es mejor optar por: «¿Qué fue lo más divertido de hoy?», «¿Hubo algo que no te gustó tanto?» o «¿Con quién jugaste?». Si el niño cuenta algo negativo, se debe validar su sentimiento sin exagerar ni minimizar.
- Respetar el tiempo de adaptación: Este es un proceso, no un evento de un solo día. Algunos niños se adaptan rápido y otros tardan más o presentan angustia días después. Ayudan frases de apoyo como: «Entiendo que te da miedo, y también sé que podés», «Yo me voy ahora y después vuelvo. Siempre vuelvo» o «Es normal extrañar un poco al principio».
El inicio de clases como preparación para la vida
El ingreso al sistema educativo es un entrenamiento temprano para retos futuros: manejar la separación, integrarse a grupos y tolerar la incertidumbre de lo nuevo. La meta no es evitar que el niño sufra, sino mostrarle qué aprende de sus padres cuando enfrenta algo difícil.
No se trata de eliminar cada obstáculo del camino, sino de asegurarles, con acciones y palabras:
«No estás solo. Esto también lo vamos a atravesar juntos«.
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